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jueves, 11 de diciembre de 2014

Una palabra, Una historia: Chocolate

Recuerdo las tardes de invierno con manteles de nubes grises y el sol brillando por su ausencia. Recuerdo el olor a chocolate y esos besos desnudos que me miraban desde la puerta. Recuerdo el aroma a jazmín y esos lirios marchitos que amenazaban con dejarse morir.
Lo recuerdo sí, y cómo no recordar si el chocolate era nuestro invitado especial acompañado siempre por el frío de enero y las mantas de terciopelo.
Recuerdo el olor a felicidad y el chocolate. Ese dulce aroma que siempre que me invade recorre mis recuerdos y se instala en mis pensamientos y yo, yo simplemente te hecho de menos.
Añoro esos besos de hielo, esas ganas de fuego y el hecho de comernos con la mirada mientras el cielo fingía ser un espectador de nuestros besos de hielo.
Sí lo recuerdo, y cómo no recordar ese aroma a vida, esa vida que desprendías entre besos y abrazos. Entre tus ganas que me comían y mis ganas que te bebían.

Y te recuerdo, te recuerdo y duele casi tanto como el chocolate en invierno. Duele y la lengua escuece y no hay quien la sane, ni besos de hielo que me acaricien. Y nada sana el hecho de que no estés y todavía te recuerde. No hay nada que no duela si pienso en ti. No hay nada porque ahora en enero el chocolate quema demasiado y las nubes ya no son mis manteles y la manta de terciopelo parece que enfría, tanto como tus besos en invierno.
Pero no estás y nada te devuelve y a mí el chocolate me recuerda a esas tardes de invierno en la que tus brazos eran mi cama y el chocolate nos daba la vida.


Y en tu ausencia procuraré que el chocolate no se vuelva amargo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Entre las ganas y el carmín.

Dos cuerpos se reconstruyen formando uno cuando el deseo aparece y gana la batalla.
Recuerdo el día en que apareció. Apareció con un vestido de flores y unos zapatos negros, pelo desordenado y el pintalabios reclamando ser borrado. Sí, recuerdo aquel manto de estrellas que recorría la noche y podría explicarte detalladamente la tinta que recorría su cuerpo y se condensaba en esos lunares que se grabaron a fuego lento en mi cabeza.

Ella y yo.
Yo y ella.
Nosotras y la noche. 
Las estrellas.
Y el incesante ajetreo de nuestras respiraciones mordiendo el placer.

Recuerdo su nombre, al menos ese que se inventó para mí. Recuerdo sus ojos, aquellas dos gotas de agua sí eran reales, tan reales como esos labios disfrazados de carmín. Y qué decir que ese cuerpo esculpido, cubierto de un puñado de harapos simulando ser un vestido. Sus piernas, sus piernas sí eran caminos por los que perderse y sus manos, sus manos eran el transporte a aquella dimensión de oscuros deseos y prohibidos placeres.

La noche que la conocí el día no era perfecto, era un día normal que pasó a ser un día singular. 
  -¿Puedo invitarte a una copa? -le pregunté con el miedo al rechazo y las ganas de huir de allí, con ella o sin ella. Quién sabía lo que pasaría por mi cabeza...
  -¿Pretendes sacarme de aquí o serás cobarde y lo dejarás en la primera rodaja? -sus ojos me miraron y entre el enredo de sus pestañas mis fuerzas ganaron la batalla contra el miedo.
  -Comencemos por el segundo y después te diré si ganan mis ganas por besarte o el impulso de salir corriendo.
Sonrió. Sonrió y me conquistó y siento ser drástica o burra o ambas cosas pero las bragas me resbalaron piernas abajo. Respiré, inhalé el aroma de la noche y me enredé en su juego.

La noche se hizo larga, y de forma inesperada en un cuarto piso las luces yacían apagadas. Dos corazones latían con ganas, se desbocaban y el tiempo perdía sentido en una noche de locura.
El tequila recorría mi cuerpo y sus manos cogieron las mías, o las raptaron. No lo recuerdo. Sólo recuerdo a una diosa ancestral con aún demasiado pintalabios y entonces mis ganas fueron soberbias y decidieron no quedar de cobardes. Mis manos, que no eran mías, que eran suyas, recorrieron su cara con sumo cuidado y bajaron lentamente por el mundo que era su cuerpo. Una vez en la cintura descansaron y mi cara cogió el relieve. Primero acortando la distancia, después haciéndola nula y finalmente unos labios se unieron y el carmín, el carmín simplemente traspasó de labios.
Dos corazones que recorren a oscuras los pasillos. Dos corazones que se desprenden de un peso que es la ropa. Dos corazones que piden vida. Dos corazones, solitarios o no, que piden vida.
Y esa vida que nace entre sábanas frías. Esa vida que comienza entre besos tímidos y caricias torpes. Caricias que se vuelven oscuras y se adentran en la oscuridad más remota de dos cuerpos. Besos que se desraman. Caricias sin sentido y la frenética sensación de que falta tiempo y sobra vida.
Yo que me hago valiente y mis besos que se vuelven osados, exploro su placer con mi lengua y la vida que se abre paso entre gemidos que la devoran a ella, entre gemidos que me devoran. 
Su cuerpo que tiembla al ritmo de su voz acompasada, cálida, casi suplicante de más y mi cuerpo que ya es un simple soldado de sus órdenes. Y entonces el más húmedo de sus placeres se contrae en un último suspiro, en un último beso. Y los papeles cambian y  yo me vuelvo sumisa y ella mi meretriz. Yo que me transformo en puras ganas y ella en puro placer, placer que recorre mi espalda despacio, que pellizca mi sed y la sacia con esos dedos. Dedos que como mínimo deben ser de pianista. Y me toca. Y rujo con las ganas de gemir una sinfonía, con las ganas de sentirla dentro. Y la siento y me derrito, me derrito sin prisas y entonces ella que me saborea y deja escapar un gruñido. Un gruñido de vida y de ganas, porque la vida son ganas.
Y la noche pasa entre estrellas y gemidos. Entre caricias y estrellas. Entre mordiscos y sábanas. Entre la humedad que nos arropa envuelta en placer.

Y yo me pierdo, sabiendo que su historia ha sido creada para mí, que mañana ya no existirá una tal Yohenne. Y yo que saldré a buscarla entre vasos de tequila, sal y limón y unos labios disfrazados de carmín. Unos labios que ¡Dios cómo follan! y sobretodo ¡Cómo besan!

No culpes al placer de devolverte la vida...