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jueves, 27 de noviembre de 2014

Entre sueños de papel.

El día que la conocí el cielo parecía contento y como si de una película se tratara los pájaros cantaban, las nubes bailaban y la lluvia, la lluvia nos concedía un momento eterno.
  -Me enamoré en cuanto te vi...
  -Seguro que se lo dices a todas -una sonrisa se dibujó en sus labios al mismo tiempo que su olor conseguía asfixiarme.
  -Sólo a las importantes -le guiñé el ojo mientras me enamoraba de cada centímetro de su piel-. Eres especial. Eres jodidamente normal pero a la misma vez eres ese puto caos que me envuelve en la locura.
  -Y se supone que tengo yo la culpa de tus sinsentidos -dijo mientras reía y se tumbaba en el césped-. Eres tú quien ha querido intentarlo, yo ya te he dicho que no puedo enamorarme, que las piedras no aman.
  -Una piedra no puede tener esos labios -me encontré devorándola con la mirada y ella me enredó en el aleteo de sus pestañas-Yo... yo no sé lo que has hecho conmigo -me puse de pie y con la duda en el cielo miré las nubes blancas, ese trocito de algodón que baila de vez en cuando.
  -Eres muy dramática Naira, sólo estamos hablando -ella suspiró y sus ojos azules, grandes, eternos, me miraron a mí, sólo a mí.
  -Y realmente no sé qué hacemos hablando -el sudor comenzó su carrera y mis nervios como buenos compañeros de viaje decidieron acudir en mi ayuda-, si podrías estar besándome.
Yohenne se rió y la melodía acaparó mis oídos, mis sentidos y mis recuerdos. Ella que no existía hasta minutos antes, ella que no era nadie, acaparaba mi vida y eso me daba miedo. Tanto miedo como las ganas de besarla. Tanto miedo como sentir que la quería sin llegar a imaginarla.
  -¿Besarte? -su lengua recorrió el mapa de sus labios y mis ganas crecieron en ese segundo-. ¿Quieres que te bese? -se levantó y creí que lo haría. Quería que lo hiciera. Deseaba un momento compartido con esos labios mágicos, con esas fresas prohibidas-. Podría hacerlo ¿sabes? -su cara se acercó a la mía y el mundo comenzó a vibrar lleno de vida, lleno de ella, lleno de mis ganas, de sus sabores, de sus olores. Lleno de un todo.
  -Hazlo -la miré sin parpadear por miedo a perderme un gesto.

Y su rostro se acercó, se acercó tanto que temí su belleza. La tuve a tan pocos centímetros que creí fundirme en ella... Y esos labios... qué decir de esos labios que me atrapaban sin tocarme...
  -Podría hacerlo justamente ahora -sus labios rozaron los míos y en un intento de atrapar los míos el mundo perdió sentido o tal vez ganó demasiado y yo me quedé en poco. Sus labios sobre los míos, sin distancia que nos alejara-. Puedo hacerlo... -una sonrisa se abrió en abanico y su rostro se alejó del mío.

El mundo se detuvo y mis ganas de detenerla superaron el deseo de permanecer quieta ante semejante diosa. Alargué mi fuerza y cogí su brazo. Giró su cara y acortó mi tortura, durante un segundo, luego se prologó.
  -Lo haré cuando dejes de pedírmelo en sueños -su sonrisa se desvaneció y el latido de mi corazón o tal vez el despertador, no lo recuerdo bien, me invadió.

La cama estaba fría, las sábanas empapadas, mis ganas en aumento y a un día de distancia esos besos que noche tras noches prologaban mi desvelo.

Eres ese sinsentido que acuna mis ganas de amar...

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Lluvia de vida

Llovía, llovía como aquel día en la estación. Aquel primer día de muchas primeras veces que siguieron a un "¿Eres tú?" "Soy yo"
Llovía y la tarde siguió en su sitio y nuestros cuerpos tocaron el cielo, ese cielo demasiado simple entre tus besos.
Llovía como la primera vez que te vi, como el primer amanecer de mi vida, como esas ganas tuyas de volar. Llovía y no paró, no paró, pero tampoco importó, porque recuerdo bien que tu eras mi paraguas y yo aquel toque de color que falta en los días de lluvia.

Sí, amor mío, cuando nos conocimos llovía y ahora sólo oigo la lluvia que repiquetea en la ventana. Y llueve, sigue lloviendo, como si hubieras abierto un grifo inagotable de lluvia, de vida. Porque la lluvia es vida y tú eres lluvia. Y me das vida.
Y me das vida al mirarme porque tus ojos me recuerdan a la lluvia. Y me das aire de tus alas, de esas alas imaginarias en las que me envuelves y me haces volar. Sí, vida mía llueve. Llueve y mil te amos caen esta tarde en la que llueve de todo, de todo menos dolor.

Llueve en tus ojos y mil te amo se derraman. Y ya sólo te siento a ti, en esta tarde de lluvia.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Entre flores marchitas.

Ocurre que cierras los ojos y entonces todo se pierde. Ocurre que cierras los ojos y entonces te desvaneces...
Pero también ocurre que al abrirlos la luz es blanca y los sueños se rompen con el doble filo de la realidad. Yohenne era así, una cuchilla oxidada, un juguete viejo, un trapo antiguo del que cuesta desprenderse. Era todo, pero también era nada. Era un mundo, era mi mundo, y mi mundo se desvanecía entre sueños rotos.
El día que Yohenne se fue, el silencio ganó importancia y el ruido pasó a ser sordo.
Recuerdo bien que el cielo se tiñó y los colores murieron en el fondo de una boca oscura, en el fondo del miedo. 

De ese día también recuerdo su sonrisa, una sonrisa rota pintada de color carmín. Lo recuerdo, y cómo no recordarlo si el mundo se detuvo en aquella sonrisa olvidada. En aquella sonrisa rota, en aquellos sueños perdidos que quedaron a medio camino.
Aquel día... aquel día todo se detuvo.
  -Creo que se ha acabado -dijo ella con esa voz de terciopelo que acariciaba espectros.
  -¿Crees que se ha acabado? -pregunté indecisa.
  -La vida... -sus ojos me miraron y el tiempo se detuvo en un segundo infinito.
En aquel momento las palabras adquirieron sentido, pero el sentido se perdió entre sus pestañas infinitas, entre sus besos ausentes, entre la felicidad marchita. En aquel momento Yohenne desapareció, el mundo se quedó vacío aunque su cuerpo seguía conmigo. Delante. Cerca. Casi acariciándome. 
Temí, temí su valentía, temí su coraje, las ganas de desaparecer. La temí a ella porque no era la misma, porque estaba hermosa, pero la muerte también es hermosa y no precede nada bueno. Así era Yohenne, dulce, buena, bondadosa y con el infierno escondido entre su mirada. Dulce pero temible, así era ella y así lo dejó firmado en el tiempo. 
Recuerdo su última sonrisa, ella me miraba a mi, pero no era a mí a quien observaba y eso dolió porque aunque su adiós era una despedida, también era un reencuentro y no conmigo.
Ella se fue entre niebla y al sonreír desapareció el tiempo. Mi mundo se paralizó en un instante, en un gesto, en un intento de seguir que fracasó en su muerte.
Su muerte ganó a la vida y Yohenne perdió la batalla. A su lado, entre las sábanas teñidas de miedo, la muerte se abría paso y ganaba la batalla.


"La muerte es más fácil" -fue su despedida.