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sábado, 1 de febrero de 2014

Codiciando los cielos II


Mis brazos fueron al encuentro de sus caderas, aquellas caderas que tantas veces había saboreado. Mis labios fueron más osados y atraparon sus labios. Aquellos labios que supusieron un pecado para mí, aquellos labios que aún arrojando mi vida a los más oscuro de las tinieblas y a la más sola de las soledades había extrañado por tanto tiempo. Volvía a caer en la tentación, en el pecado de sus labios y en la locura que su cuerpo me concedía. Volvía a arrastrarme por ella, volvía a pedir clemencia por un beso que esa vez decidió entregarme.
Sus labios fueron reacios al principio, pero con el paso de los segundos, el recelo desapareció y sus labios se abrieron para dejar una vez más paso a mi lengua. Volví a rozar el cielo y entendí que no me hacía falta tener alas si ella caminaba a mi lado. Entendí que no me importaba vivir sobre nubes, sobre suelo firme o en las tinieblas si era con ella. Entendí que ser lo que era no venía dado por mi naturaleza, sino por ella. Lilith aquella diosa que había decidido apartarse de su camino. Aquella diosa que decidió ser lo suficiente para valerse por si misma. Lilith, rostro angelical que escondía codicia. Esa Lilith, era la que yo amaba. Por la que yo me había rendido y había aceptado la expulsión del paraíso. Lilith aquella que desapareció una noche y volvía a encontrarse frente a mí, era la reina de mis pesadillas. Reina del mundo sobre el que caminaba, reina de todos los que caían a sus pies. Mujer que hacía dichoso a cada hombre que miraba. Lilith mujer sin principios. Lilith, mi Lilith volvía a caer ante mí como había hecho años atrás. Lilith, mi Lilith volvía a hacerme dichoso y me entregaba a ella rechazando la opción a perdón por tenerla un segundo entre sus brazos.
  -Te echaba tanto de menos -mis labios grabaron palabras inconsciente en sus labios mientras su lengua intentaba hacerse paso entre mis labios-. Ahora sí.
Y de pronto algo cambió, su cuerpo se tensó y sus pasos abrieron una distancia, un abismo entre nosotros.
  -No lo entiendes -su cara se crispó en una mueca de odio y sus ojos me fulminaron. El fuego pareció quemar mi piel y yo sin embargo sólo podía extrañarla-. ¡No eres capaz de entenderlo! -una risa grotesca escapó de sus labios y entonces el desconcierto se apoderó de mí-. ¡Sigues siendo tan ingenuo como siempre! No te culpo -sonrió mientras me miraba.
  -No entiendo lo que quieres decir -tartamudeé.
  -Lo nuestro no está escrito en las estrellas -palabras que ya había oído en un pasado volvían a taladrarme mientras mi cabeza se negaban a aceptarlas.
  -No quiero creerlo -negué con fuerza y volví a mirarla-. Si no tuviéramos nada que hacer nuestros caminos no volverían a encontrarse.
  -Dos caminos se encuentran si los caminantes quieren encontrarse -un cierta nota de ironía llenaba la frase y sus ojos se estrechaban como los ojos de una pantera frente a su presa.
  -Si querías encontrarme era por algo -susurré sin apartar la mirada de ella esperando una explicación.
  -Quería ver que tal estaba mi querido amigo Azael -una sonrisa dañina atravesó mi cuerpo y entendí que aquello no era sino otra forma de torturarme-. Hacía tanto tiempo, que pensé que sería bueno saber de ti. Los caminos de por aquí no se parecen a los que tu has caminado.
  -No creo que me hayas buscado para eso... -fue todo lo que pude decir.
  -Realmente no -Lilith me miró con el rostro infantil de una niña traviesa. En sus labios se dibujaba una sonrisa mientras que sus ojos felinos me observaban sin darme tregua. Sus manos fueron al encuentro de uno de sus rizos y comenzó a jugar con él mientras sus dientes atrapaban su labio inferior y después volvía a soltarlo-. Todo el mundo sabe que todo ángel tiene una segunda oportunidad -sus palabras fueron como dardos que empezaron a rebotar contra una coraza que no tenía. Sus palabras fueron dardos que dieron de pleno en mi alma y entonces poco a poco todo tuvo un poco de coherencia-. Y bueno ya sabes que siempre hay filtraciones -se acercó hasta mi con paso lento y con el dedo con el que le dio juego a sus rizos acarició mi rostro una y otra vez-. Pues bueno, he oído por ahí que estabas en periodo de pruebas -sus ojos se ampliaron y una sonrisa se amplió en sus labios.
No hizo falta que dijera nada más.
  -Podría haber vuelto... -las palabras encajaron como piezas de un puzzles.
  -Ya no lo creo -besó la comisura de mis labios y mi cuerpo se erizó al entrar en contacto con el suyo-. No creo que te perdonen este error otra vez -sonrió mientras su boca resbalaba sobre la mía y el roce mandaba oleadas de placer acompañadas de latigazos a mi cuerpo-. Pero no te preocupes querido, por aquí abajo tampoco se está tan mal -con delicadeza se apartó de mí y me observó juguetona-, o sino obsérvalo por ti mismo -la miré sin poder moverme, sin poder reaccionar y entonces la poca tela que había formado el vestido negro que llevaba cayó al suelo y sus ojos se apoderaron de mí como la fiera que alcanza a su presa-. Soy tuya si quieres tomarme.

No lo pensé dos veces y me abalancé sobre ella, sabiendo que realmente mi prueba no había finalizado. Sabiendo que de beber de su cuerpo todo estaría perdido para mí, mis alas no me serían devueltas jamás y las puertas se me cerrarían eternamente. No me importó. La quería a ella en ese momento y volví a rechazar todo lo que había tenido con tal de tenerla. 

Miento si digo que el miedo no me inundó al pensar que a la mañana siguiente ella podría no estar a mi lado.
Miento si digo que me arrepiento de alguna de las decisiones que he tomado. Miento si digo que la odio, al igual que miento si digo que ésto ha sido culpa suya. 
Todavía hoy, después de más de cinco siglos me miro al espejo intentando reconocer algo en mí. Algo de lo que fui allí arriba. Pero no hay nada de ángel, o al menos no de ese ángel que fui. No hay nada en mí que me recuerde a ese paraíso por el que solía caminar antes de conocerla. Sin embargo es verla a ella y entonces encuentro mi camino. Un camino que sólo existe cuando la luna gobierna el cielo. Un camino que se abre paso entre sábanas. Un camino donde el pecado se vuelve mi meta y me vuelvo avaricioso. Avaricioso por retenerla y recorrerla una y otra vez. Pero no puedo. Ella sólo es mía por las noches, el resto del tiempo vaga por el suelo como una “humilde humana” que atrapa a los hombres y los devora para obtener recompensas que la satisfacen.
Miento si digo que no me molesta no ser el único. Miento si digo que no creo que éste fuera mi camino. Miento, miento cuando me miro al espejo, pero entonces llega ella, como una pequeña libélula que entra por mi ventana. Entra con sus alas magistrales aleteando el aire y dando sentido a las cosas. Es entonces cuando entra envuelta de sus alas negras, que lo entiendo todo.
El amor es un pecado si reniegas a todo por él. El amor es un pecado o tal vez una virtud que nos hace débiles. Es un pecado para un ángel y posiblemente, es el pecado que nos atrapa en este mundo. Tal vez porque el amor corrompe, no nos dejan amar. Tal vez porque prefiero amarla me dejo corromper hasta que ella besa mis labios al alba dejando un pluma negra sobre la almohada que promete que volverá.
  -Buenas noches ángel mío -susurra ella antes de marcharse. Y es entonces cuando entiendo que todo fue una prueba. Una prueba que pasé y por la que me gané un cielo idílico entre sus labios. Es entonces cuando de nada me importa vagar entre humanos por la eternidad.

Es entonces cuando entiendo que las estrellas y el destino tienen poco que ver en el amor si se trata de Lilith, ángel de los ángeles caído. Mi ángel.

Y es que a veces se basa en amar.
Simplemente en amar.