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lunes, 27 de enero de 2014

Codiciando los cielos I

Habían pasado años desde la última vez que ella había osado plantarse ante mí. Años desde que sus ojos se habían enfrentado a los míos y con una sonrisa traviesa había dejado escapar palabras al viento para que yo las recogiera.
Años habían pasado desde que sus rizos bailaban a mi alrededor haciéndome entrar en un éxtasis. Cielo lo llamaba yo, infierno fue el nombre que ella le cedió a nuestros encuentros.

Años habían pasado desde que sus labios, pequeños y jugosos se acercaban a los míos y me consumían en un beso infinito. Un beso que en noches en que las que la luna me traía de vuelta su cara extrañaba. Aquella cara de niña, envuelta en rizos cobrizos que caían por su espalda y reposaban sobre sus caderas. Esas caderas que bailaban con el viento.
Años habían pasado desde entonces. Pero ella volvía a estar frente a mí una vez más.
  -Creo haber recordado que tus últimas palabras fueron escritas en una nota que acababa con un <<Hasta nunca>> -intenté contener el veneno y para ello mis dientes mordieron mi lengua hasta que ésta comenzó a sangrar.
  -Te dije que lo nuestro no podía ser eterno -ella se apartó el flequillo de los ojos verdes esmeralda y me miró sin su típica sonrisa. Aquella sonrisa que había creído mía.
  -Creí que después de todo lo compartido, me merecía algo más que dos putas palabras que nos separaran -la miré con el odio que había acumulado en los últimos ciento veintitrés años. Un odio que había guardado en algún recoveco de mi cabeza. Odio que solía aparecer cuando empezaba a extrañarla demasiado-. ¡Perdona por querer creer que a pesar de tus advertencias, tú serías incapaz de alejarte de mí como yo era incapaz de alejarme de mí! ¡Perdona por haber sido ingenuo!
  -¡Vamos Azael los dos sabíamos que en algún momento éso llegaría a su fin -su sonrisa endemoniada pero a la vez idílica se amplió al mirarme-. Fuiste demasiado ingenuo, creyendo que ellos te dejarían estar con una humilde humana como yo -comenzó a dar pequeños pasos a mi alrededor mientras mi mirada la seguía impaciente.
  -Deja las mentiras a un lado, los dos sabemos que no eres ninguna humilde humana. Los dos sabemos que nadie te puso aprueba allí arriba -mis ojos se fueron hacia las nubes y algo en mi interior se contrajo con cierto rencor-. Los dos sabemos que los de abajo han hecho bien su trabajo Lilith.
  -No te confundas Azael -sus ojos se enfrentaron a los míos y durante un segundo vi en ellos aquella pasión abrasadora a la que yo caí. Aquella pasión que me hizo arrodillarme ante ella pidiendo clemencia por un beso. Aquella pasión que provocó mi caída. Aquella pasión que me encadenó eternamente y firmó mi sentencia final-, yo no hice nada... -su sonrisa volvió a ampliarse, esta vez un poco melancólica-. Todo el mundo ha sabido siempre lo mujeriego que eres. Ellas fueron tu debilidad y tú la suya. Pero nadie consiguió arrastrarte ¿Verdad? -un paso acortó la distancia entre nosotros y su respiración rozó la mía provocando que nuestros cuerpos se tensaran-.Yo nunca te obligué a elegirme, lo hiciste tú solito y tus encantos no sirvieron conmigo -su brazo se alargó y uno de sus blancos dedos acarició mi mejilla. Durante un segundo el tiempo se perdió-. Tú fuiste la causa de tu sentencia.
  -Te lo di todo -mantuve mi mirada firme mientras sus ojos me consumían y entraba en huracán cuyas sensaciones me asustaban-. Rechacé todo, me arriesgué con tal de tenerte y te fuiste.

Sus ojos se cerraron mientras un suspiro se escapaba de sus labios y se unía al vaho del aire. Cuando volvió a abrir los ojos, éstos no me miraban a mí.
  -Jamás te pedí nada.
  -Quise dártelo.
  -Y así te fue Azael -sus ojos volvieron a mirarme esta vez vidriosos. Vidriosos como en aquellas discusiones donde ella intentaba hacerme entender que nosotros jamás podríamos estar juntos. Cuando me explicaba que lo nuestro no estaba en las estrellas, cuando gritaba una y otra vez que aquellos encuentros eran su condena perpetua. Por entonces creí que se refería al infierno. Creí que sus temores venían dados por aquellos pecados que si bien no eran imperdonables para ella sí lo eran para mí. No me importó. Me arriesgué a amarla y creo que en algún momento ella me amó a mí-. El amor no está hecho para nosotros Azael, ni para ti ni para mí. No somos humanos y nuestros sentimientos no pueden hacerse físicos -se acercó a mí y su rostro se frunció en lo que parecía ser una mueca de dolor-. Yo me fui de allí por mi pie propio, aceptando que aún así mi vida no consistiría en amar a alguien para toda la vida negó con la cabeza-. Queremos creer que la eternidad está hecha para nosotros. Pero la verdad es que no -su frente fría se pegó a la mía y nuestras narices se tocaron durante dos segundos fugaces. El tiempo suficiente para el odio acumulado se escapara y mis impulsos me pusieran evidencia.


Me permití el lujo de no ser un ángel para arriesgar y amarte.

Delirios de una mente perturbada.

sábado, 18 de enero de 2014

De negro y blanco fuimos gris.

De negro y blanco se tiñe el día. De negro y de blanco tu sonrisa. De negro y de blanco un Te amo. De negro y de blanco todo está acabado...

No sé si recuerdas que habíamos sido algo en un pasado. No sé si recuerdas que en un momento de nuestras vidas, nuestros caminos se cruzaron y fuimos una sola persona que compartía las noches de negro y los días de blanco.
Sí, en algún momento nosotros parecíamos felices y más que parecerlo, lo éramos, ¿No recuerdas aquellas sonrisas hasta altas horas de la madrugada? ¿Esos sueños con expectativas? ¿Esas vidas que eran nuestras? ¿Esas vidas que eran una?

No, parece que tú no acabas de recordarlo. Que hay otros labios que se encargan de hacerte olvidar esos momentos que nos conducían hasta el éxtasis de la plenitud. Parece que ya no recuerdas que fuimos algo único, que como dos caras de una moneda, éramos una sola cosa, un sólo ser. Porque éramos tú y yo. Pero más que tú y yo independientes, éramos nosotras, el día y la noche conviviendo juntos. La lujuria y la calma luchando la una por la otra.

Pero ya no somos nosotras, ya ni siquiera somos tú y yo. Somos dos desconocidas que a veces se miran y sonríen sin complicidad. Somos dos pares de ojos que ya no se buscan en la noche, somos dos mitades que se han perdido en un mar de gente. Somos algo, pero no juntas. Porque hubo un momento en el que nos perdimos y dejamos ser una, dejamos de ser gris y ahora estoy aquí bañada de negro en la tortura que son tus labios lejos. Ahora estoy aquí en la oscuridad del lamento que supone perderte. Y tú estás allí, estás en ese halo blanco que parece hacerte feliz. Estás envuelta de luz de vida.

Ahora no somos nada, porque parece que el olvido te ha llevado lejos.
Nadando entre la mierda que pretende ser olvido, me sumerjo en el negro de tus ojos.

Y el frío del invierno me obligó a olvidar tus labios y el negro de tus ojos...

Por María del Mar, escritora. Club Literario Vidas de Tinta y Papel

lunes, 13 de enero de 2014

En las dos caras del espejo.

(En una cara del espejo, algún tiempo antes)

Luces embriagadoras y el alcohol que recorre mi cuerpo llegando a través de mis venas hasta el último recoveco de mi cuerpo. La música taladra mis oídos y hace zumbar a mi cuerpo de una lado a otro entre un mar de personas que ignoran al mundo. 
Yo que intento no pensar, yo que debo disfrutar el momento tal y como ella está haciendo en alguna parte de España. No debo pensarla, ella no me piensa y posiblemente ni se acuerde de mí al besar otros labios. Pero soy fuerte, porque sabía que ésto pasaría. Sabía que ésto no sería para siempre y aunque alguna de las noches en las que ella dormía a mi lado llegué a pensarlo, ya no lo hago. Ella volverá y nuestras vidas seguirán de forma igual a cómo seguían antes de sentarnos en esas escaleras (Calle de La Desesperación)
Ella no me piensa. Y si ella no lo hace, yo debo olvidarla...

Y entonces ella, lo que yo consideré un parásito, que aparece ante mí. Sé que le gusto o al menos eso dice. Sé que tengo vía libre con ella, que ella me corresponderá. Mis sentidos que se confunden, se aclaran durante un segundo... Ella ya lo habrá hecho. Así que se joda.
Los labios del parásito se acercan y yo olvido que es un parásito. Lo olvido porque realmente esta noche me gusta. Me gusta y tengo vía libre.  Y entonces hay un encontronazo entre nuestros labios y la culpa se aparta dejando paso al éxtasis. Y el beso se prologa. El parásito que deja de ser parásito. Y nuestros labios que se funden en un momento en el que mi mente se aclara y sé que no hay culpa porque realmente lo quiero. Y esa noche de feria acaba ahí entre besos con dueña y una persona que se olvida en algún lugar del norte.

Pasan los días y ella me ha olvidado o al menos parece haberlo hecho. Posiblemente ella cuando vuelva me deja y entonces yo no tendré que sentirme culpable. Posiblemente ella me deje y admita que ha estado besando otros labios y entonces cuando lo admita, ella no podrá echarme nada en cara. Porque hemos hecho lo mismo. La diferencia es que yo la pienso. La diferencia es que yo la amo. La diferencia es que beso otros labios por rabia. La diferencia es que ella me ha olvidado y yo la recuerdo.

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(Al otro lado del espejo, algún tiempo después)

Ella dice que me ha amado siempre, que olvide el daño y recuerde el tiempo que hemos estado bien. Ella dice que jamás la quiso, que sus labios rozaron al parásito por rabia. Pensando que yo ya la había olvidado, que al volver todo sería diferente. Ella dice que no sentía nada, pero el mes y medio que duraron sus besos significan algo para mí. Ella dice que no, que fue un error, pero yo creo que quien no siente no besa, al menos no durante tanto tiempo. Ella dice que no la quiso, que ni siquiera le gustó. Pero yo opino que si hubo besos entre ellas, aún estando yo a su lado, es porque algo significó. Ella dice que no. Y a veces la creo. Pero otras veces la pienso y nada tiene sentido. Nada tiene sentido porque sus besos fueron de otra durante más de un verano. Porque su primer Te amo, fue estando yo allí (en algún lugar de España), y ella estando aquí. Porque su primer Te amo, fue después de haber besado otros labios. Ella dice que el parásito nunca fue nada, pero la verdad es que después de haber vuelto seguían habiendo besos entre ellas, seguían viéndose a escondidas (a escondidas de mí, porque todos lo sabían)
Si no habían sentimientos entonces algo parecido debía existir. La verdad de todo es que aún estando yo aquí, ella siguió con ella y sus labios siguieron siendo de las dos  (míos y del parásito).
Ella dice que nunca sintió nada, pero entonces ella lo admite... Hubo un momento en el que no supo si estar conmigo o con ella. Hubo un momento en el que de su boca salió un, Al besarte he sentido lo que nunca he sentido, y no fue para mí. Ella dice que no hubieron sentimientos, que sólo hubo rabia. Pero a veces lo pienso y aún doliendo creo que realmente hubieron sentimientos y que yo fui olvidada durante un tiempo...

Y a veces aprovecho la oscuridad para torturarme imaginado vuestros besos.




sábado, 4 de enero de 2014

Susurros como balas


Apareció ella, Nora, bella como siempre. Tan despierta como una flor en primavera. Tan natural como cuando había sido el eje de mi universo. Años habían pasado desde la última vez que la había tenido tan cerca como para respirar de ella. 
La última vez. Una última vez en la que ella había pedido espacio, tiempo para recapacitar. El principio de mi pozo. Ese día, en el que ella había roto el lazo que nos unía, mi mundo se vino a bajo y yo simplemente me quedé pequeña. 
Ella continuó con su vida. Porque yo no fui eso, yo no fui su vida,  fui algo pasajero. Una mancha que se quedó en el pasado, sólo fui un pasatiempo, mientras que Nora fue mi vida. Mi momento. Esa obsesión que ocupó mi cabeza durante más de mil noches antes de conseguirla y todos los segundos y minutos que le prosiguieron a ese beso. Porque yo seguí amándola aún cuando todo se quedó en nada. Porque yo nunca la he olvidado pero ella parece que sí.

Y ahora la miro desde lo lejos. Siempre a metros de ella. A escondidas.
Su vida sigue igual. Sigue siendo feliz. Ha encontrado a otra persona que parece llenarla. Alguien que sí está a su nivel. Alguien de quien no se esconde. A quien besa en público. A quien presenta como su novia. Ese alguien parece no ser muy diferente a mí, es una chica como yo. De pelo rubio como yo. De ojos oscuros como yo. Pero debe serlo, debe ser diferente para que Nora se haya arriesgado y camine con esa chica, no tan diferente a mí, de la mano por la calle.

Observo hacia adelante.
Como cada lunes Nora sigue viniendo a la chocolatería. A la misma hora. Pero ya no viene para verse conmigo a escondidas. Ahora viene con ella, la otra, de la mano. Sonriendo. Es feliz con otra mujer y no se esconde. Sigo observándola y noto como algo se quema dentro de mí, los nervios se pierden y cuando me quiero dar cuenta la pistola pesa en mis manos. 
Lloro mientras la observo, Nora me mira con miedo, ¡Claro que me mira con miedo! Ella cree que sigo estando loca. Lo que no sabe es el motivo de mi locura. Lo estoy por ella. Porque cuando alguien pierde la cordura está perdido y yo la perdí cuando ella se fue.
  -Dejo eso Laura -ella pronuncia mi nombre acariciándolo con la voz mientras suelta a la otra de la mano y corre hacia mí con el espanto como rostro.
Todos me miran y yo lo sé. Todos se creen víctimas. Pero no saben que yo no soy más que otra. Víctima de quien sufre por amor.
La miro con lágrimas en los ojos, ella me mira. El temor se instalaba en sus ojos. Parece preocuparse por mí pero no es suficiente. Cierro los ojos.

(El gatillo se disparó).

Porque somos fuertes hasta que cruzamos el límite.
Porque somos fuertes y a la vez vulnerables y a la muerte eso le encanta.



miércoles, 1 de enero de 2014

En los fríos brazos de la perdición.

Y se dice que la conoció por casualidad, que se encariñó con ella aunque a veces la temía, que en la proximidad la evitaba. Vente comino mas no me atosigues, suelo agobiarme rápidamente.
Sin embargo algo existía. La amaba. Ya en su infancia a veces la buscó, a escondidas para que nadie sospechara de que poco a poco se estaba enamorando, a tientas se había encarcelado y había comprendido cual era su destino.
Te quiero. Decía ella.
Vente. Respondió la otra.
Pero no ocurría. Jamás el encuentro se hacía largo, nunca se prolongaba, aunque su vida, su mundo se llenaba entre sus brazos, ésta brilla por ausencia de luz, resplandecía tétricamente. Y a pesar de desearla, de amarla, de conocer el camino, saber el modo. Ella creció, lejos de ella, con ella en la mente, apareciendo cada pocos días, furiosa cuando le negaba la mano, la cama, la ducha y su cuerpo.

Todo cambió, el tiempo se detuvo y las cosas cambiaron. No puedo, sus mejillas rosadas se perdieron, sus manos se rindieron. El orgullo murió y la brecha se abrió.

Te amo, la amo, la muerte me miró sin armas en las manos, con sus brazos abiertos, sus manos tocándome. Ven, te quiero, sus ojos no existen, la idea me gusta, me dejo atrapar, el frío me abriga y la eternidad es mía.
A mis pies la última imagen, el mundo no es para mí, mi sangre, mi sueño es tuyo.
Ámame por siempre, mi dulce, dulce muerte.

Porque ella prometió que sería para siempre.
Se le olvidó decir que el siempre es relativo.