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jueves, 11 de diciembre de 2014

Una palabra, Una historia: Chocolate

Recuerdo las tardes de invierno con manteles de nubes grises y el sol brillando por su ausencia. Recuerdo el olor a chocolate y esos besos desnudos que me miraban desde la puerta. Recuerdo el aroma a jazmín y esos lirios marchitos que amenazaban con dejarse morir.
Lo recuerdo sí, y cómo no recordar si el chocolate era nuestro invitado especial acompañado siempre por el frío de enero y las mantas de terciopelo.
Recuerdo el olor a felicidad y el chocolate. Ese dulce aroma que siempre que me invade recorre mis recuerdos y se instala en mis pensamientos y yo, yo simplemente te hecho de menos.
Añoro esos besos de hielo, esas ganas de fuego y el hecho de comernos con la mirada mientras el cielo fingía ser un espectador de nuestros besos de hielo.
Sí lo recuerdo, y cómo no recordar ese aroma a vida, esa vida que desprendías entre besos y abrazos. Entre tus ganas que me comían y mis ganas que te bebían.

Y te recuerdo, te recuerdo y duele casi tanto como el chocolate en invierno. Duele y la lengua escuece y no hay quien la sane, ni besos de hielo que me acaricien. Y nada sana el hecho de que no estés y todavía te recuerde. No hay nada que no duela si pienso en ti. No hay nada porque ahora en enero el chocolate quema demasiado y las nubes ya no son mis manteles y la manta de terciopelo parece que enfría, tanto como tus besos en invierno.
Pero no estás y nada te devuelve y a mí el chocolate me recuerda a esas tardes de invierno en la que tus brazos eran mi cama y el chocolate nos daba la vida.


Y en tu ausencia procuraré que el chocolate no se vuelva amargo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Entre las ganas y el carmín.

Dos cuerpos se reconstruyen formando uno cuando el deseo aparece y gana la batalla.
Recuerdo el día en que apareció. Apareció con un vestido de flores y unos zapatos negros, pelo desordenado y el pintalabios reclamando ser borrado. Sí, recuerdo aquel manto de estrellas que recorría la noche y podría explicarte detalladamente la tinta que recorría su cuerpo y se condensaba en esos lunares que se grabaron a fuego lento en mi cabeza.

Ella y yo.
Yo y ella.
Nosotras y la noche. 
Las estrellas.
Y el incesante ajetreo de nuestras respiraciones mordiendo el placer.

Recuerdo su nombre, al menos ese que se inventó para mí. Recuerdo sus ojos, aquellas dos gotas de agua sí eran reales, tan reales como esos labios disfrazados de carmín. Y qué decir que ese cuerpo esculpido, cubierto de un puñado de harapos simulando ser un vestido. Sus piernas, sus piernas sí eran caminos por los que perderse y sus manos, sus manos eran el transporte a aquella dimensión de oscuros deseos y prohibidos placeres.

La noche que la conocí el día no era perfecto, era un día normal que pasó a ser un día singular. 
  -¿Puedo invitarte a una copa? -le pregunté con el miedo al rechazo y las ganas de huir de allí, con ella o sin ella. Quién sabía lo que pasaría por mi cabeza...
  -¿Pretendes sacarme de aquí o serás cobarde y lo dejarás en la primera rodaja? -sus ojos me miraron y entre el enredo de sus pestañas mis fuerzas ganaron la batalla contra el miedo.
  -Comencemos por el segundo y después te diré si ganan mis ganas por besarte o el impulso de salir corriendo.
Sonrió. Sonrió y me conquistó y siento ser drástica o burra o ambas cosas pero las bragas me resbalaron piernas abajo. Respiré, inhalé el aroma de la noche y me enredé en su juego.

La noche se hizo larga, y de forma inesperada en un cuarto piso las luces yacían apagadas. Dos corazones latían con ganas, se desbocaban y el tiempo perdía sentido en una noche de locura.
El tequila recorría mi cuerpo y sus manos cogieron las mías, o las raptaron. No lo recuerdo. Sólo recuerdo a una diosa ancestral con aún demasiado pintalabios y entonces mis ganas fueron soberbias y decidieron no quedar de cobardes. Mis manos, que no eran mías, que eran suyas, recorrieron su cara con sumo cuidado y bajaron lentamente por el mundo que era su cuerpo. Una vez en la cintura descansaron y mi cara cogió el relieve. Primero acortando la distancia, después haciéndola nula y finalmente unos labios se unieron y el carmín, el carmín simplemente traspasó de labios.
Dos corazones que recorren a oscuras los pasillos. Dos corazones que se desprenden de un peso que es la ropa. Dos corazones que piden vida. Dos corazones, solitarios o no, que piden vida.
Y esa vida que nace entre sábanas frías. Esa vida que comienza entre besos tímidos y caricias torpes. Caricias que se vuelven oscuras y se adentran en la oscuridad más remota de dos cuerpos. Besos que se desraman. Caricias sin sentido y la frenética sensación de que falta tiempo y sobra vida.
Yo que me hago valiente y mis besos que se vuelven osados, exploro su placer con mi lengua y la vida que se abre paso entre gemidos que la devoran a ella, entre gemidos que me devoran. 
Su cuerpo que tiembla al ritmo de su voz acompasada, cálida, casi suplicante de más y mi cuerpo que ya es un simple soldado de sus órdenes. Y entonces el más húmedo de sus placeres se contrae en un último suspiro, en un último beso. Y los papeles cambian y  yo me vuelvo sumisa y ella mi meretriz. Yo que me transformo en puras ganas y ella en puro placer, placer que recorre mi espalda despacio, que pellizca mi sed y la sacia con esos dedos. Dedos que como mínimo deben ser de pianista. Y me toca. Y rujo con las ganas de gemir una sinfonía, con las ganas de sentirla dentro. Y la siento y me derrito, me derrito sin prisas y entonces ella que me saborea y deja escapar un gruñido. Un gruñido de vida y de ganas, porque la vida son ganas.
Y la noche pasa entre estrellas y gemidos. Entre caricias y estrellas. Entre mordiscos y sábanas. Entre la humedad que nos arropa envuelta en placer.

Y yo me pierdo, sabiendo que su historia ha sido creada para mí, que mañana ya no existirá una tal Yohenne. Y yo que saldré a buscarla entre vasos de tequila, sal y limón y unos labios disfrazados de carmín. Unos labios que ¡Dios cómo follan! y sobretodo ¡Cómo besan!

No culpes al placer de devolverte la vida...



jueves, 27 de noviembre de 2014

Entre sueños de papel.

El día que la conocí el cielo parecía contento y como si de una película se tratara los pájaros cantaban, las nubes bailaban y la lluvia, la lluvia nos concedía un momento eterno.
  -Me enamoré en cuanto te vi...
  -Seguro que se lo dices a todas -una sonrisa se dibujó en sus labios al mismo tiempo que su olor conseguía asfixiarme.
  -Sólo a las importantes -le guiñé el ojo mientras me enamoraba de cada centímetro de su piel-. Eres especial. Eres jodidamente normal pero a la misma vez eres ese puto caos que me envuelve en la locura.
  -Y se supone que tengo yo la culpa de tus sinsentidos -dijo mientras reía y se tumbaba en el césped-. Eres tú quien ha querido intentarlo, yo ya te he dicho que no puedo enamorarme, que las piedras no aman.
  -Una piedra no puede tener esos labios -me encontré devorándola con la mirada y ella me enredó en el aleteo de sus pestañas-Yo... yo no sé lo que has hecho conmigo -me puse de pie y con la duda en el cielo miré las nubes blancas, ese trocito de algodón que baila de vez en cuando.
  -Eres muy dramática Naira, sólo estamos hablando -ella suspiró y sus ojos azules, grandes, eternos, me miraron a mí, sólo a mí.
  -Y realmente no sé qué hacemos hablando -el sudor comenzó su carrera y mis nervios como buenos compañeros de viaje decidieron acudir en mi ayuda-, si podrías estar besándome.
Yohenne se rió y la melodía acaparó mis oídos, mis sentidos y mis recuerdos. Ella que no existía hasta minutos antes, ella que no era nadie, acaparaba mi vida y eso me daba miedo. Tanto miedo como las ganas de besarla. Tanto miedo como sentir que la quería sin llegar a imaginarla.
  -¿Besarte? -su lengua recorrió el mapa de sus labios y mis ganas crecieron en ese segundo-. ¿Quieres que te bese? -se levantó y creí que lo haría. Quería que lo hiciera. Deseaba un momento compartido con esos labios mágicos, con esas fresas prohibidas-. Podría hacerlo ¿sabes? -su cara se acercó a la mía y el mundo comenzó a vibrar lleno de vida, lleno de ella, lleno de mis ganas, de sus sabores, de sus olores. Lleno de un todo.
  -Hazlo -la miré sin parpadear por miedo a perderme un gesto.

Y su rostro se acercó, se acercó tanto que temí su belleza. La tuve a tan pocos centímetros que creí fundirme en ella... Y esos labios... qué decir de esos labios que me atrapaban sin tocarme...
  -Podría hacerlo justamente ahora -sus labios rozaron los míos y en un intento de atrapar los míos el mundo perdió sentido o tal vez ganó demasiado y yo me quedé en poco. Sus labios sobre los míos, sin distancia que nos alejara-. Puedo hacerlo... -una sonrisa se abrió en abanico y su rostro se alejó del mío.

El mundo se detuvo y mis ganas de detenerla superaron el deseo de permanecer quieta ante semejante diosa. Alargué mi fuerza y cogí su brazo. Giró su cara y acortó mi tortura, durante un segundo, luego se prologó.
  -Lo haré cuando dejes de pedírmelo en sueños -su sonrisa se desvaneció y el latido de mi corazón o tal vez el despertador, no lo recuerdo bien, me invadió.

La cama estaba fría, las sábanas empapadas, mis ganas en aumento y a un día de distancia esos besos que noche tras noches prologaban mi desvelo.

Eres ese sinsentido que acuna mis ganas de amar...

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Lluvia de vida

Llovía, llovía como aquel día en la estación. Aquel primer día de muchas primeras veces que siguieron a un "¿Eres tú?" "Soy yo"
Llovía y la tarde siguió en su sitio y nuestros cuerpos tocaron el cielo, ese cielo demasiado simple entre tus besos.
Llovía como la primera vez que te vi, como el primer amanecer de mi vida, como esas ganas tuyas de volar. Llovía y no paró, no paró, pero tampoco importó, porque recuerdo bien que tu eras mi paraguas y yo aquel toque de color que falta en los días de lluvia.

Sí, amor mío, cuando nos conocimos llovía y ahora sólo oigo la lluvia que repiquetea en la ventana. Y llueve, sigue lloviendo, como si hubieras abierto un grifo inagotable de lluvia, de vida. Porque la lluvia es vida y tú eres lluvia. Y me das vida.
Y me das vida al mirarme porque tus ojos me recuerdan a la lluvia. Y me das aire de tus alas, de esas alas imaginarias en las que me envuelves y me haces volar. Sí, vida mía llueve. Llueve y mil te amos caen esta tarde en la que llueve de todo, de todo menos dolor.

Llueve en tus ojos y mil te amo se derraman. Y ya sólo te siento a ti, en esta tarde de lluvia.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Entre flores marchitas.

Ocurre que cierras los ojos y entonces todo se pierde. Ocurre que cierras los ojos y entonces te desvaneces...
Pero también ocurre que al abrirlos la luz es blanca y los sueños se rompen con el doble filo de la realidad. Yohenne era así, una cuchilla oxidada, un juguete viejo, un trapo antiguo del que cuesta desprenderse. Era todo, pero también era nada. Era un mundo, era mi mundo, y mi mundo se desvanecía entre sueños rotos.
El día que Yohenne se fue, el silencio ganó importancia y el ruido pasó a ser sordo.
Recuerdo bien que el cielo se tiñó y los colores murieron en el fondo de una boca oscura, en el fondo del miedo. 

De ese día también recuerdo su sonrisa, una sonrisa rota pintada de color carmín. Lo recuerdo, y cómo no recordarlo si el mundo se detuvo en aquella sonrisa olvidada. En aquella sonrisa rota, en aquellos sueños perdidos que quedaron a medio camino.
Aquel día... aquel día todo se detuvo.
  -Creo que se ha acabado -dijo ella con esa voz de terciopelo que acariciaba espectros.
  -¿Crees que se ha acabado? -pregunté indecisa.
  -La vida... -sus ojos me miraron y el tiempo se detuvo en un segundo infinito.
En aquel momento las palabras adquirieron sentido, pero el sentido se perdió entre sus pestañas infinitas, entre sus besos ausentes, entre la felicidad marchita. En aquel momento Yohenne desapareció, el mundo se quedó vacío aunque su cuerpo seguía conmigo. Delante. Cerca. Casi acariciándome. 
Temí, temí su valentía, temí su coraje, las ganas de desaparecer. La temí a ella porque no era la misma, porque estaba hermosa, pero la muerte también es hermosa y no precede nada bueno. Así era Yohenne, dulce, buena, bondadosa y con el infierno escondido entre su mirada. Dulce pero temible, así era ella y así lo dejó firmado en el tiempo. 
Recuerdo su última sonrisa, ella me miraba a mi, pero no era a mí a quien observaba y eso dolió porque aunque su adiós era una despedida, también era un reencuentro y no conmigo.
Ella se fue entre niebla y al sonreír desapareció el tiempo. Mi mundo se paralizó en un instante, en un gesto, en un intento de seguir que fracasó en su muerte.
Su muerte ganó a la vida y Yohenne perdió la batalla. A su lado, entre las sábanas teñidas de miedo, la muerte se abría paso y ganaba la batalla.


"La muerte es más fácil" -fue su despedida.


sábado, 1 de febrero de 2014

Codiciando los cielos II


Mis brazos fueron al encuentro de sus caderas, aquellas caderas que tantas veces había saboreado. Mis labios fueron más osados y atraparon sus labios. Aquellos labios que supusieron un pecado para mí, aquellos labios que aún arrojando mi vida a los más oscuro de las tinieblas y a la más sola de las soledades había extrañado por tanto tiempo. Volvía a caer en la tentación, en el pecado de sus labios y en la locura que su cuerpo me concedía. Volvía a arrastrarme por ella, volvía a pedir clemencia por un beso que esa vez decidió entregarme.
Sus labios fueron reacios al principio, pero con el paso de los segundos, el recelo desapareció y sus labios se abrieron para dejar una vez más paso a mi lengua. Volví a rozar el cielo y entendí que no me hacía falta tener alas si ella caminaba a mi lado. Entendí que no me importaba vivir sobre nubes, sobre suelo firme o en las tinieblas si era con ella. Entendí que ser lo que era no venía dado por mi naturaleza, sino por ella. Lilith aquella diosa que había decidido apartarse de su camino. Aquella diosa que decidió ser lo suficiente para valerse por si misma. Lilith, rostro angelical que escondía codicia. Esa Lilith, era la que yo amaba. Por la que yo me había rendido y había aceptado la expulsión del paraíso. Lilith aquella que desapareció una noche y volvía a encontrarse frente a mí, era la reina de mis pesadillas. Reina del mundo sobre el que caminaba, reina de todos los que caían a sus pies. Mujer que hacía dichoso a cada hombre que miraba. Lilith mujer sin principios. Lilith, mi Lilith volvía a caer ante mí como había hecho años atrás. Lilith, mi Lilith volvía a hacerme dichoso y me entregaba a ella rechazando la opción a perdón por tenerla un segundo entre sus brazos.
  -Te echaba tanto de menos -mis labios grabaron palabras inconsciente en sus labios mientras su lengua intentaba hacerse paso entre mis labios-. Ahora sí.
Y de pronto algo cambió, su cuerpo se tensó y sus pasos abrieron una distancia, un abismo entre nosotros.
  -No lo entiendes -su cara se crispó en una mueca de odio y sus ojos me fulminaron. El fuego pareció quemar mi piel y yo sin embargo sólo podía extrañarla-. ¡No eres capaz de entenderlo! -una risa grotesca escapó de sus labios y entonces el desconcierto se apoderó de mí-. ¡Sigues siendo tan ingenuo como siempre! No te culpo -sonrió mientras me miraba.
  -No entiendo lo que quieres decir -tartamudeé.
  -Lo nuestro no está escrito en las estrellas -palabras que ya había oído en un pasado volvían a taladrarme mientras mi cabeza se negaban a aceptarlas.
  -No quiero creerlo -negué con fuerza y volví a mirarla-. Si no tuviéramos nada que hacer nuestros caminos no volverían a encontrarse.
  -Dos caminos se encuentran si los caminantes quieren encontrarse -un cierta nota de ironía llenaba la frase y sus ojos se estrechaban como los ojos de una pantera frente a su presa.
  -Si querías encontrarme era por algo -susurré sin apartar la mirada de ella esperando una explicación.
  -Quería ver que tal estaba mi querido amigo Azael -una sonrisa dañina atravesó mi cuerpo y entendí que aquello no era sino otra forma de torturarme-. Hacía tanto tiempo, que pensé que sería bueno saber de ti. Los caminos de por aquí no se parecen a los que tu has caminado.
  -No creo que me hayas buscado para eso... -fue todo lo que pude decir.
  -Realmente no -Lilith me miró con el rostro infantil de una niña traviesa. En sus labios se dibujaba una sonrisa mientras que sus ojos felinos me observaban sin darme tregua. Sus manos fueron al encuentro de uno de sus rizos y comenzó a jugar con él mientras sus dientes atrapaban su labio inferior y después volvía a soltarlo-. Todo el mundo sabe que todo ángel tiene una segunda oportunidad -sus palabras fueron como dardos que empezaron a rebotar contra una coraza que no tenía. Sus palabras fueron dardos que dieron de pleno en mi alma y entonces poco a poco todo tuvo un poco de coherencia-. Y bueno ya sabes que siempre hay filtraciones -se acercó hasta mi con paso lento y con el dedo con el que le dio juego a sus rizos acarició mi rostro una y otra vez-. Pues bueno, he oído por ahí que estabas en periodo de pruebas -sus ojos se ampliaron y una sonrisa se amplió en sus labios.
No hizo falta que dijera nada más.
  -Podría haber vuelto... -las palabras encajaron como piezas de un puzzles.
  -Ya no lo creo -besó la comisura de mis labios y mi cuerpo se erizó al entrar en contacto con el suyo-. No creo que te perdonen este error otra vez -sonrió mientras su boca resbalaba sobre la mía y el roce mandaba oleadas de placer acompañadas de latigazos a mi cuerpo-. Pero no te preocupes querido, por aquí abajo tampoco se está tan mal -con delicadeza se apartó de mí y me observó juguetona-, o sino obsérvalo por ti mismo -la miré sin poder moverme, sin poder reaccionar y entonces la poca tela que había formado el vestido negro que llevaba cayó al suelo y sus ojos se apoderaron de mí como la fiera que alcanza a su presa-. Soy tuya si quieres tomarme.

No lo pensé dos veces y me abalancé sobre ella, sabiendo que realmente mi prueba no había finalizado. Sabiendo que de beber de su cuerpo todo estaría perdido para mí, mis alas no me serían devueltas jamás y las puertas se me cerrarían eternamente. No me importó. La quería a ella en ese momento y volví a rechazar todo lo que había tenido con tal de tenerla. 

Miento si digo que el miedo no me inundó al pensar que a la mañana siguiente ella podría no estar a mi lado.
Miento si digo que me arrepiento de alguna de las decisiones que he tomado. Miento si digo que la odio, al igual que miento si digo que ésto ha sido culpa suya. 
Todavía hoy, después de más de cinco siglos me miro al espejo intentando reconocer algo en mí. Algo de lo que fui allí arriba. Pero no hay nada de ángel, o al menos no de ese ángel que fui. No hay nada en mí que me recuerde a ese paraíso por el que solía caminar antes de conocerla. Sin embargo es verla a ella y entonces encuentro mi camino. Un camino que sólo existe cuando la luna gobierna el cielo. Un camino que se abre paso entre sábanas. Un camino donde el pecado se vuelve mi meta y me vuelvo avaricioso. Avaricioso por retenerla y recorrerla una y otra vez. Pero no puedo. Ella sólo es mía por las noches, el resto del tiempo vaga por el suelo como una “humilde humana” que atrapa a los hombres y los devora para obtener recompensas que la satisfacen.
Miento si digo que no me molesta no ser el único. Miento si digo que no creo que éste fuera mi camino. Miento, miento cuando me miro al espejo, pero entonces llega ella, como una pequeña libélula que entra por mi ventana. Entra con sus alas magistrales aleteando el aire y dando sentido a las cosas. Es entonces cuando entra envuelta de sus alas negras, que lo entiendo todo.
El amor es un pecado si reniegas a todo por él. El amor es un pecado o tal vez una virtud que nos hace débiles. Es un pecado para un ángel y posiblemente, es el pecado que nos atrapa en este mundo. Tal vez porque el amor corrompe, no nos dejan amar. Tal vez porque prefiero amarla me dejo corromper hasta que ella besa mis labios al alba dejando un pluma negra sobre la almohada que promete que volverá.
  -Buenas noches ángel mío -susurra ella antes de marcharse. Y es entonces cuando entiendo que todo fue una prueba. Una prueba que pasé y por la que me gané un cielo idílico entre sus labios. Es entonces cuando de nada me importa vagar entre humanos por la eternidad.

Es entonces cuando entiendo que las estrellas y el destino tienen poco que ver en el amor si se trata de Lilith, ángel de los ángeles caído. Mi ángel.

Y es que a veces se basa en amar.
Simplemente en amar.

lunes, 27 de enero de 2014

Codiciando los cielos I

Habían pasado años desde la última vez que ella había osado plantarse ante mí. Años desde que sus ojos se habían enfrentado a los míos y con una sonrisa traviesa había dejado escapar palabras al viento para que yo las recogiera.
Años habían pasado desde que sus rizos bailaban a mi alrededor haciéndome entrar en un éxtasis. Cielo lo llamaba yo, infierno fue el nombre que ella le cedió a nuestros encuentros.

Años habían pasado desde que sus labios, pequeños y jugosos se acercaban a los míos y me consumían en un beso infinito. Un beso que en noches en que las que la luna me traía de vuelta su cara extrañaba. Aquella cara de niña, envuelta en rizos cobrizos que caían por su espalda y reposaban sobre sus caderas. Esas caderas que bailaban con el viento.
Años habían pasado desde entonces. Pero ella volvía a estar frente a mí una vez más.
  -Creo haber recordado que tus últimas palabras fueron escritas en una nota que acababa con un <<Hasta nunca>> -intenté contener el veneno y para ello mis dientes mordieron mi lengua hasta que ésta comenzó a sangrar.
  -Te dije que lo nuestro no podía ser eterno -ella se apartó el flequillo de los ojos verdes esmeralda y me miró sin su típica sonrisa. Aquella sonrisa que había creído mía.
  -Creí que después de todo lo compartido, me merecía algo más que dos putas palabras que nos separaran -la miré con el odio que había acumulado en los últimos ciento veintitrés años. Un odio que había guardado en algún recoveco de mi cabeza. Odio que solía aparecer cuando empezaba a extrañarla demasiado-. ¡Perdona por querer creer que a pesar de tus advertencias, tú serías incapaz de alejarte de mí como yo era incapaz de alejarme de mí! ¡Perdona por haber sido ingenuo!
  -¡Vamos Azael los dos sabíamos que en algún momento éso llegaría a su fin -su sonrisa endemoniada pero a la vez idílica se amplió al mirarme-. Fuiste demasiado ingenuo, creyendo que ellos te dejarían estar con una humilde humana como yo -comenzó a dar pequeños pasos a mi alrededor mientras mi mirada la seguía impaciente.
  -Deja las mentiras a un lado, los dos sabemos que no eres ninguna humilde humana. Los dos sabemos que nadie te puso aprueba allí arriba -mis ojos se fueron hacia las nubes y algo en mi interior se contrajo con cierto rencor-. Los dos sabemos que los de abajo han hecho bien su trabajo Lilith.
  -No te confundas Azael -sus ojos se enfrentaron a los míos y durante un segundo vi en ellos aquella pasión abrasadora a la que yo caí. Aquella pasión que me hizo arrodillarme ante ella pidiendo clemencia por un beso. Aquella pasión que provocó mi caída. Aquella pasión que me encadenó eternamente y firmó mi sentencia final-, yo no hice nada... -su sonrisa volvió a ampliarse, esta vez un poco melancólica-. Todo el mundo ha sabido siempre lo mujeriego que eres. Ellas fueron tu debilidad y tú la suya. Pero nadie consiguió arrastrarte ¿Verdad? -un paso acortó la distancia entre nosotros y su respiración rozó la mía provocando que nuestros cuerpos se tensaran-.Yo nunca te obligué a elegirme, lo hiciste tú solito y tus encantos no sirvieron conmigo -su brazo se alargó y uno de sus blancos dedos acarició mi mejilla. Durante un segundo el tiempo se perdió-. Tú fuiste la causa de tu sentencia.
  -Te lo di todo -mantuve mi mirada firme mientras sus ojos me consumían y entraba en huracán cuyas sensaciones me asustaban-. Rechacé todo, me arriesgué con tal de tenerte y te fuiste.

Sus ojos se cerraron mientras un suspiro se escapaba de sus labios y se unía al vaho del aire. Cuando volvió a abrir los ojos, éstos no me miraban a mí.
  -Jamás te pedí nada.
  -Quise dártelo.
  -Y así te fue Azael -sus ojos volvieron a mirarme esta vez vidriosos. Vidriosos como en aquellas discusiones donde ella intentaba hacerme entender que nosotros jamás podríamos estar juntos. Cuando me explicaba que lo nuestro no estaba en las estrellas, cuando gritaba una y otra vez que aquellos encuentros eran su condena perpetua. Por entonces creí que se refería al infierno. Creí que sus temores venían dados por aquellos pecados que si bien no eran imperdonables para ella sí lo eran para mí. No me importó. Me arriesgué a amarla y creo que en algún momento ella me amó a mí-. El amor no está hecho para nosotros Azael, ni para ti ni para mí. No somos humanos y nuestros sentimientos no pueden hacerse físicos -se acercó a mí y su rostro se frunció en lo que parecía ser una mueca de dolor-. Yo me fui de allí por mi pie propio, aceptando que aún así mi vida no consistiría en amar a alguien para toda la vida negó con la cabeza-. Queremos creer que la eternidad está hecha para nosotros. Pero la verdad es que no -su frente fría se pegó a la mía y nuestras narices se tocaron durante dos segundos fugaces. El tiempo suficiente para el odio acumulado se escapara y mis impulsos me pusieran evidencia.


Me permití el lujo de no ser un ángel para arriesgar y amarte.

Delirios de una mente perturbada.

sábado, 18 de enero de 2014

De negro y blanco fuimos gris.

De negro y blanco se tiñe el día. De negro y de blanco tu sonrisa. De negro y de blanco un Te amo. De negro y de blanco todo está acabado...

No sé si recuerdas que habíamos sido algo en un pasado. No sé si recuerdas que en un momento de nuestras vidas, nuestros caminos se cruzaron y fuimos una sola persona que compartía las noches de negro y los días de blanco.
Sí, en algún momento nosotros parecíamos felices y más que parecerlo, lo éramos, ¿No recuerdas aquellas sonrisas hasta altas horas de la madrugada? ¿Esos sueños con expectativas? ¿Esas vidas que eran nuestras? ¿Esas vidas que eran una?

No, parece que tú no acabas de recordarlo. Que hay otros labios que se encargan de hacerte olvidar esos momentos que nos conducían hasta el éxtasis de la plenitud. Parece que ya no recuerdas que fuimos algo único, que como dos caras de una moneda, éramos una sola cosa, un sólo ser. Porque éramos tú y yo. Pero más que tú y yo independientes, éramos nosotras, el día y la noche conviviendo juntos. La lujuria y la calma luchando la una por la otra.

Pero ya no somos nosotras, ya ni siquiera somos tú y yo. Somos dos desconocidas que a veces se miran y sonríen sin complicidad. Somos dos pares de ojos que ya no se buscan en la noche, somos dos mitades que se han perdido en un mar de gente. Somos algo, pero no juntas. Porque hubo un momento en el que nos perdimos y dejamos ser una, dejamos de ser gris y ahora estoy aquí bañada de negro en la tortura que son tus labios lejos. Ahora estoy aquí en la oscuridad del lamento que supone perderte. Y tú estás allí, estás en ese halo blanco que parece hacerte feliz. Estás envuelta de luz de vida.

Ahora no somos nada, porque parece que el olvido te ha llevado lejos.
Nadando entre la mierda que pretende ser olvido, me sumerjo en el negro de tus ojos.

Y el frío del invierno me obligó a olvidar tus labios y el negro de tus ojos...

Por María del Mar, escritora. Club Literario Vidas de Tinta y Papel

lunes, 13 de enero de 2014

En las dos caras del espejo.

(En una cara del espejo, algún tiempo antes)

Luces embriagadoras y el alcohol que recorre mi cuerpo llegando a través de mis venas hasta el último recoveco de mi cuerpo. La música taladra mis oídos y hace zumbar a mi cuerpo de una lado a otro entre un mar de personas que ignoran al mundo. 
Yo que intento no pensar, yo que debo disfrutar el momento tal y como ella está haciendo en alguna parte de España. No debo pensarla, ella no me piensa y posiblemente ni se acuerde de mí al besar otros labios. Pero soy fuerte, porque sabía que ésto pasaría. Sabía que ésto no sería para siempre y aunque alguna de las noches en las que ella dormía a mi lado llegué a pensarlo, ya no lo hago. Ella volverá y nuestras vidas seguirán de forma igual a cómo seguían antes de sentarnos en esas escaleras (Calle de La Desesperación)
Ella no me piensa. Y si ella no lo hace, yo debo olvidarla...

Y entonces ella, lo que yo consideré un parásito, que aparece ante mí. Sé que le gusto o al menos eso dice. Sé que tengo vía libre con ella, que ella me corresponderá. Mis sentidos que se confunden, se aclaran durante un segundo... Ella ya lo habrá hecho. Así que se joda.
Los labios del parásito se acercan y yo olvido que es un parásito. Lo olvido porque realmente esta noche me gusta. Me gusta y tengo vía libre.  Y entonces hay un encontronazo entre nuestros labios y la culpa se aparta dejando paso al éxtasis. Y el beso se prologa. El parásito que deja de ser parásito. Y nuestros labios que se funden en un momento en el que mi mente se aclara y sé que no hay culpa porque realmente lo quiero. Y esa noche de feria acaba ahí entre besos con dueña y una persona que se olvida en algún lugar del norte.

Pasan los días y ella me ha olvidado o al menos parece haberlo hecho. Posiblemente ella cuando vuelva me deja y entonces yo no tendré que sentirme culpable. Posiblemente ella me deje y admita que ha estado besando otros labios y entonces cuando lo admita, ella no podrá echarme nada en cara. Porque hemos hecho lo mismo. La diferencia es que yo la pienso. La diferencia es que yo la amo. La diferencia es que beso otros labios por rabia. La diferencia es que ella me ha olvidado y yo la recuerdo.

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(Al otro lado del espejo, algún tiempo después)

Ella dice que me ha amado siempre, que olvide el daño y recuerde el tiempo que hemos estado bien. Ella dice que jamás la quiso, que sus labios rozaron al parásito por rabia. Pensando que yo ya la había olvidado, que al volver todo sería diferente. Ella dice que no sentía nada, pero el mes y medio que duraron sus besos significan algo para mí. Ella dice que no, que fue un error, pero yo creo que quien no siente no besa, al menos no durante tanto tiempo. Ella dice que no la quiso, que ni siquiera le gustó. Pero yo opino que si hubo besos entre ellas, aún estando yo a su lado, es porque algo significó. Ella dice que no. Y a veces la creo. Pero otras veces la pienso y nada tiene sentido. Nada tiene sentido porque sus besos fueron de otra durante más de un verano. Porque su primer Te amo, fue estando yo allí (en algún lugar de España), y ella estando aquí. Porque su primer Te amo, fue después de haber besado otros labios. Ella dice que el parásito nunca fue nada, pero la verdad es que después de haber vuelto seguían habiendo besos entre ellas, seguían viéndose a escondidas (a escondidas de mí, porque todos lo sabían)
Si no habían sentimientos entonces algo parecido debía existir. La verdad de todo es que aún estando yo aquí, ella siguió con ella y sus labios siguieron siendo de las dos  (míos y del parásito).
Ella dice que nunca sintió nada, pero entonces ella lo admite... Hubo un momento en el que no supo si estar conmigo o con ella. Hubo un momento en el que de su boca salió un, Al besarte he sentido lo que nunca he sentido, y no fue para mí. Ella dice que no hubieron sentimientos, que sólo hubo rabia. Pero a veces lo pienso y aún doliendo creo que realmente hubieron sentimientos y que yo fui olvidada durante un tiempo...

Y a veces aprovecho la oscuridad para torturarme imaginado vuestros besos.




sábado, 4 de enero de 2014

Susurros como balas


Apareció ella, Nora, bella como siempre. Tan despierta como una flor en primavera. Tan natural como cuando había sido el eje de mi universo. Años habían pasado desde la última vez que la había tenido tan cerca como para respirar de ella. 
La última vez. Una última vez en la que ella había pedido espacio, tiempo para recapacitar. El principio de mi pozo. Ese día, en el que ella había roto el lazo que nos unía, mi mundo se vino a bajo y yo simplemente me quedé pequeña. 
Ella continuó con su vida. Porque yo no fui eso, yo no fui su vida,  fui algo pasajero. Una mancha que se quedó en el pasado, sólo fui un pasatiempo, mientras que Nora fue mi vida. Mi momento. Esa obsesión que ocupó mi cabeza durante más de mil noches antes de conseguirla y todos los segundos y minutos que le prosiguieron a ese beso. Porque yo seguí amándola aún cuando todo se quedó en nada. Porque yo nunca la he olvidado pero ella parece que sí.

Y ahora la miro desde lo lejos. Siempre a metros de ella. A escondidas.
Su vida sigue igual. Sigue siendo feliz. Ha encontrado a otra persona que parece llenarla. Alguien que sí está a su nivel. Alguien de quien no se esconde. A quien besa en público. A quien presenta como su novia. Ese alguien parece no ser muy diferente a mí, es una chica como yo. De pelo rubio como yo. De ojos oscuros como yo. Pero debe serlo, debe ser diferente para que Nora se haya arriesgado y camine con esa chica, no tan diferente a mí, de la mano por la calle.

Observo hacia adelante.
Como cada lunes Nora sigue viniendo a la chocolatería. A la misma hora. Pero ya no viene para verse conmigo a escondidas. Ahora viene con ella, la otra, de la mano. Sonriendo. Es feliz con otra mujer y no se esconde. Sigo observándola y noto como algo se quema dentro de mí, los nervios se pierden y cuando me quiero dar cuenta la pistola pesa en mis manos. 
Lloro mientras la observo, Nora me mira con miedo, ¡Claro que me mira con miedo! Ella cree que sigo estando loca. Lo que no sabe es el motivo de mi locura. Lo estoy por ella. Porque cuando alguien pierde la cordura está perdido y yo la perdí cuando ella se fue.
  -Dejo eso Laura -ella pronuncia mi nombre acariciándolo con la voz mientras suelta a la otra de la mano y corre hacia mí con el espanto como rostro.
Todos me miran y yo lo sé. Todos se creen víctimas. Pero no saben que yo no soy más que otra. Víctima de quien sufre por amor.
La miro con lágrimas en los ojos, ella me mira. El temor se instalaba en sus ojos. Parece preocuparse por mí pero no es suficiente. Cierro los ojos.

(El gatillo se disparó).

Porque somos fuertes hasta que cruzamos el límite.
Porque somos fuertes y a la vez vulnerables y a la muerte eso le encanta.



miércoles, 1 de enero de 2014

En los fríos brazos de la perdición.

Y se dice que la conoció por casualidad, que se encariñó con ella aunque a veces la temía, que en la proximidad la evitaba. Vente comino mas no me atosigues, suelo agobiarme rápidamente.
Sin embargo algo existía. La amaba. Ya en su infancia a veces la buscó, a escondidas para que nadie sospechara de que poco a poco se estaba enamorando, a tientas se había encarcelado y había comprendido cual era su destino.
Te quiero. Decía ella.
Vente. Respondió la otra.
Pero no ocurría. Jamás el encuentro se hacía largo, nunca se prolongaba, aunque su vida, su mundo se llenaba entre sus brazos, ésta brilla por ausencia de luz, resplandecía tétricamente. Y a pesar de desearla, de amarla, de conocer el camino, saber el modo. Ella creció, lejos de ella, con ella en la mente, apareciendo cada pocos días, furiosa cuando le negaba la mano, la cama, la ducha y su cuerpo.

Todo cambió, el tiempo se detuvo y las cosas cambiaron. No puedo, sus mejillas rosadas se perdieron, sus manos se rindieron. El orgullo murió y la brecha se abrió.

Te amo, la amo, la muerte me miró sin armas en las manos, con sus brazos abiertos, sus manos tocándome. Ven, te quiero, sus ojos no existen, la idea me gusta, me dejo atrapar, el frío me abriga y la eternidad es mía.
A mis pies la última imagen, el mundo no es para mí, mi sangre, mi sueño es tuyo.
Ámame por siempre, mi dulce, dulce muerte.

Porque ella prometió que sería para siempre.
Se le olvidó decir que el siempre es relativo.