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viernes, 27 de diciembre de 2013

Una palabra, Una historia: Corazón


Image and video hosting by TinyPicMiraba a lo lejos cuando algo pareció revocarme al pasado. La sensación de vivir. El sentimiento de volver a sentir. Las ganas, sobretodo las ganas.

Pero ya sólo eran ganas, eran ganas de volver al pasado y cambiar ese momento en el que esto llamado corazón latía. Porque entonces latía y era una parte de mí, una parte que vivía y se desbocaba al verla. Solía enloquecer, ella lo sabía. Y él -corazón- lo intuía, porque era sólo verla y comenzar a cantar, comenzar a volar y sentir que los imposibles no existían, que no había algo con lo que no pudiera. Yo podía, podía si estaba con ella y el corazón se embalaba y el tiempo desparecía.

Sí, en algún momento del lejano pasado mi coran vivía, latía y cantaba. Se emocionaba con su contacto. Lloraba en despedidas y se ahogaba entre suspiros, entre gemidos que no cesaban. Entre palabras que eran suyas, entre su corazón que era mío. Su corazón, el mío. Los nuestros. Sólo uno.

Y ahora la veo en la parada de bus, ella no viene a verme y el corazón no vive. Porque ella  no viene a verme. Porque nuestros momentos se desvanecen entre recuerdos.

La miro, la observo. Ella baja, mira a todas partes. Sus ojos brillan. Mi corazón que parece latir. Mi corazón que muere cuando sus labios son atrapados, cuando ella no me ve. Cuando ella no mira.

Y entonces ocurre, su pelo que cruza vuela a centímetros, su olor me invade. Yo que soy débil.
  -Annia -mi labio susurra su nombre. Su rostro se gira. Una sonrisa se ensancha al verse. Mi corazón que late. Que parece hacerlo. Mi corazón que muere. Ella que se va.

Y mueres cuando empiezas a entender que todo lo que hubo yace entre cenizas. Entre recuerdos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Doce y vuelta a empezar.

Los años pasan como suspiros que se agotan. No somos nada, tampoco pudimos serlo. Todo se quedó en la nada y ahora sólo puedo recordarte.
Los años pasan y ahora sólo soy yo. Ahora soy yo en este presente y ahora eres tú en nuestro pasado. Pasado acabado. Pero ya no somos nada. Nunca fuimos nada más que un montón de mentiras. Fuimos mentiras y algunos besos. Besos y mil mentiras.
Pero eso ya no importa. Porque el tiempo pasa y te quedas lejos. Porque ya no te pienso, porque ya no eres protagonista de mi vida, porque poco a poco nuestros recuerdos se esfuman entre el humo de tus cigarros. 

El tiempo pasa. Cinco años exactamente.
Y ahora, a segundos de comer las uvas, recuerdo expectante aquellas navidades. Aquellas sorpresas que tenían mi nombre y esa sonrisa tuya que se abría entre papeles de regalos.
Muchas lágrimas han inundado mis sueños desde entonces. Muchos suspiros han barrido tus labios y ahora, aunque intento no pensarte, quedan segundos para que un año termine. Para que sean séis y no cinco, los años que nos separan.

No estás. Te fuiste. Te fuiste hace tanto tiempo que ya no duele, porque no debe doler. Lo dicen todos. No debo recordarte, porque ya sólo eres mía en sueños. Sueños que se escapan al amanecer. Sueños que se acaban entre lágrimas cuando tu ausencia se hace inminente.

¿Qué no estás? Que lo sé. ¿Qué no volverás? Lo presiento. ¿Que fuimos tú y yo? Eso queda claro. ¿Qué no somos nada? Obvio.

Y te pienso, y no queda nada y comienzan las campanadas. Intento ser feliz. Empezar el año con una sonrisa. Con esos miles de planes que se quedaron en sueños. Con esas últimas uvas que no fueron contigo. Con esas últimas navidades que no son nada, que fueron algo cuando fuimos tú y yo. Nosotras.
Y ahora te pienso. Sé que estás en alguna parte sonriendo, mientras yo intento no atragantarme con sueños que se desvanecen.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, séis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce.

Última campanada. Año nuevo. Sonrisas nuevas. Miles de sueños rotos otra vez.

Y pensé que sería diferente, pero cuando la última campanada sonó,
mi año comenzó contigo en mis recuerdo...


viernes, 13 de diciembre de 2013

Tinieblas.

La noche había caído sobre mí arrebatándome la calidez de la tarde. Ya no había luz en el cielo y el dorado de las hojas había sido arrebatado por la intensidad de la noche.
Ya no quedaba nada. Sólo estaba yo. Yo y el silencio que se oía tras mis pasos. Yo y el frío que se instalaba en mí. Sólo estaba yo, como siempre.

Aquella noche ni siquiera las estrellas me acompañaban. No había ninguna pequeña mota de luz en el cielo y la luna se escondía bajo tenebrosas nubes que amenazaban con su oscuridad. Sólo la luz de una viejas farolas caminaban a mi paso. Unas farolas que titubeaban como mis pasos, ¿A dónde vas Leu? una voz sonó en mis adentros y mi cerebro la ignoró.
  -¿A dónde vas pequeña? -la voz se hizo real y al mirar mis pies, otros pies invadían mi espacio-. ¿A dónde vas Leu?
Mis ojos miraron hacia el frente y sólo me encontré con una camiseta negra que me absorvia por completo. Negra como la noche, negra como el día. Negra como todo. Porque todo era negro. Porque ya nada tenía color. Porque todo era oscuro y yo vivía en la oscuridad de la verdad.
  -Te dije que me iba -suspiré y al levantar el rostro, unos ojos rojos como la sangre me miraban a centímetros-. Te dije que no podía seguir con esto... -mis labios dudaron las palabras, pero el torrente de voz invadió mi garganta y los labios articularon sonidos.
  -No tienes opción -una sonrisa se ensanchó en sus labios. Unos labios a los que temía. Unos labios que había deseado, unos labios que me habían convertido en aquello que era-. Sabías que al entrar en mi mundo, tú mundo se desvanecería.
  -Yo no quise entrar en tu mundo -mi boca escupió las palabras con un sabor agrio-. Tú no me diste opción Eric.
  -Pudiste ignorarme -él se acercó a mí y yo me alejé de él. No, aquello no podía ocurrir una vez más. Yo si era dueña de mi vida. Yo podía decir no, sólo debía quererlo.
  -¿Cómo ignorarte dime? -lo miré con rencor. Con el rencor que me abordaba al recordar que realmente aquello sólo había sido un juego macabra. Un juego donde una víctima había caído y dos "reyes" se coronaban con su muerte-. ¿Querías que simplemente no me fijara en ti? ¡No haberte cruzado en mi camino! -las palabras sonaron como una súplica, una súplica que ya no valía. Que no tenía sentido-. ¡Pero no fue tan fácil no! ¡TÚ HICISTE BIEN TU TRABAJO! ¡¿Y AHORA QUÉ?! -las lágrimas salieron con fuerza y tuve que luchar contra ellas para que éstas no me vencieran.
  -Hemos ganado pequeña -su mano blanca, fría como el mármol acarició mi mejilla. Cálida como aquella tarde de otoño-. Ahora somos nosotros.
  -No a costa de ésto -saqué las manos de los bolsillos y las manchas de sangre me devolvieron a aquel momento en que todo empezó.


  -Toma un poco, pero sólo un poco -Eric rasgó su cuello con una pequeña cuchilla y la sangre brotó con fuerza. Roja como la vida. Impaciente como la de los vivos. Pero Eric no estaba vivo. Nunca lo había estado, al menos eso contaba él-. No te sacies conmigo -dijo con cierta ironía mientras acercaba su cuello a mi boca.
  -No entiendo por qué tengo que hacerlo -mascullé mientras mis labios entraban en contacto con su fría piel-. Me tienes aquí -lo miré mientras el líquido lleno de vida invadía mi boca y se instalaba por todo mi cuerpo.
  -Porque me gusta cuando bebes de mí -con cuidado me apartó de su cuello y depositó un corto y casto beso sobre mis labios húmedos, con la punta de la lengua limpió los restos de aquel preciado líquido que corría, parecía correr, por sus venas. 

Y de pronto el mundo que cambia de tonalidades, los ruidos que se hacen intensos, los sonidos que son melodías. Su rostro que es el de un ángel. Sus labios que están esculpidos. Y todo parece mejor. Porque durante un segundo yo soy como él. Estoy hecha de él y eso me llena.
Pero todo acaba cuando mis ojos se abren y mis dientes muerden con fuerza la muñeca de alguien. Me alejo horrorizada deseando que aquel brazo sea de Eric. No lo es, no puede serlo, el cuerpo todavía está caliente. Me alejó de él con miedo y cuando lo veo en la distancia, reconozco el rostro del pequeño Bryan en el suelo. Sus ojos me miran. Están muertos.

  -No puedo volver a hacerlo -lo miro y me hundo en su mirada con una especie de súplica-. No quiero ser esto. No quiero ser tú.
  -Pero estábamos luchando para que fueras como yo, para que pudiéramos estar juntos al fin -sus ojos me observan con algo que no es limpio y el miedo durante un momento se apodera de mí.
  -No de esta forma -aparto mis ojos de él y echo a caminar-. No sí soy como tú.



Abro los ojos y nada me rodea. Parece que estoy muerta y entonces la muerte se presenta ante mí.
  -Buenos días princesa, has tardado mucho en despertar -la sonrisa de Eric brilla en la oscuridad, mi corazón que no late intenta luchar. Las tinieblas me invaden y entonces lo entiendo...

Eric, ángel caído. Vagabundo de noche. Creador de sueños. Eric, dueño de la muerte. Muerto en vida.
Estoy condenada a las tinieblas de por vida.


Porque las tinieblas no matan.
Matas tú por salir de ellas. Creo.