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viernes, 22 de noviembre de 2013

Visitando los restos de mi vida.

Miro por la ventana y no estás, es 18 de mayo y sigues sin estar, ya son cinco los meses que llevo sin ti, ya son demasiados días los que llevo recordándote, los que llevo aquí sentada cada viernes de cada semana.
Son tantos los días que llevo viviendo sin ti, que me pregunto cómo soy capaz de hacerlo, cómo puedo seguir adelante sin chocarme contra la pared invisible que me envuelve. Tengo tantas preguntas que se resumen en ti, tantas preguntas absurdas que nadie me puede responder, porque no hay respuesta lógica o al menos no ninguna que yo quiera oír. ¿Qué no estás? Eso lo sé ¿Qué es por mi culpa? Lo asumí hace tiempo y me odio por eso, por tener una vida, una vida que tendría que ser la tuya y me pregunto ¿Por qué tú y yo no? ¿Por qué si los dos íbamos en la misma moto tú tuviste que sufrir y yo no? Me pregunto tantas cosas, cosas de las que soy culpables, cosas que me transforman en asesina, porque aunque esa persona que cada miércoles intenta convencerme de que no soy la culpable de tu muerte, yo no lo creo, porque tú cuidaste de mí, pero yo no lo hice por ti. Y me mata cuando ese hombre me llama por mi nombre y me pregunta como sucedió todo.

-Estaba con él, yo iba detrás, nunca me dejaba llevar la moto, según él yo era un peligro -sonrío al recordarte-. Se giró un momento para ver si iba bien, siempre lo hacía y no me gustaba, siempre me daba miedo que dejara de mirar a la carretera, pero nunca nos había pasado nada ¿Por qué ese día tenía que ser diferente? -comienzo a sollozar-. Pero todo fue tan deprisa... Él se giró y el coche estaba sobre nosotros. Paró a tiempo y nosotros nos bajamos, me quedé cerca de la moto y él fue a disculparse cuando... -intento no recordarlo pero es imposible. La primera lágrima cae y le siguen cien más-. Sé acercó a la puerta del piloto y le pidió perdón y cuando se giró para volver, el coche pasó…
Y siempre me quedo ahí, no soy capaz de explicar que yo veía ese coche, que sabía que estaba a metros de ti y no te podía avisar, estaba congelada, porque cada vez estaba más cerca y cuando te llamé era demasiado tarde.
Nunca he contado que no moriste en el acto, tampoco he contado tus últimas palabras, porque son para mí y no quiero que nadie más las sepa. Porque soy una cobarde, para decir que lo que más me dolió fue que de tus labios saliera un te amo como última palabra, cuando tú estabas allí tirado, cuando tú estabas llorando, porque sabías que te ibas a ir y yo me quedé allí llorando sobre ti, hasta que dejaste de respirar, hasta que sonó tu último latido, el sonido más hermoso y aterrador que jamás he oído, aterrador porque ese suspiro de tu corazón significaba el sueño eterno para ti.

No espero que me perdones, es más no lo merezco y aunque no estés enfadado, yo lo estoy conmigo, porque no te dije nada, porque no hice nada. Me odio porque por mi culpa estés aquí y no sea al mismo tiempo que yo. Me odio por ser yo la que viene aquí cada domingo a sentarse al lado de ese viejo roble, si pudiera cambiaría todo, me gustaría que fuera yo la que estuviera allí en esa caja, que parece demasiado poco para ti y que fueras tú el que estuviera aquí. Porque tú eres mucho más fuerte y sé que podrías a seguir adelante, pero yo no. Me resulta imposible, porque sólo puedo seguir contigo y es imposible. Porque todo lo que quiero está inmóvil bajo mí, porque tu sonrisa sólo existe en las fotos, porque nuestros momentos son todo lo que tengo de ti. Porque todo lo que he tenido lo he perdido en un segundo.
Porque aunque intento seguir adelante me doy cuenta de que no puedo y no porque no quiera, sino porque mi cabeza se bloquea sin tu voz, porque mi vida ya no es la misma sin tus labios sobre los míos, porque no siento tus caricias, porque ha desaparecido tu aliento de mi perfume, porque he perdido tus ojos, porque todo lo que quiero y me importa de verdad se ha vuelto en un frágil cuerpo sin vida, que no va a volver a reír y te pido perdón.
Y sé que no sirve de nada, los deseos no se cumplen si no crees en ellos y tú te llevaste mi fe cuando te fuiste, en verdad te llevaste todo lo mío contigo. Pero sigo pidiendo que vuelvas conmigo en cada suspiro, que estés a mi lado en cada lágrima, que pueda volver a verte en cada pompa de jabón, que todo cambie en una estrella. Pido tantas cosas que sé que no se van a cumplir, que ya me siento estúpida, me siento tonta. Y sobre todo me siento cansada, cansada de intentar aparentar estar bien, de intentar sonreír de querer seguir adelante. Estoy enfadada, de ser capaz de levantarme por la mañana y dormir por las noches. Estoy furiosa por pensar que allí donde estés estarás bien.
Porque no me importa, quizás te parezca muy egoísta y puede que lo sea, pero es que no me conformo con creer que allí donde estés vas a cuidarme, porque te necesito a mi lado, conmigo, cerca de mí. Porque sé que sin ti no puedo, porque sé que contigo ya es imposible.

En cada pompa de jabón.



viernes, 15 de noviembre de 2013

Y acabamos cayendo...

Las culpas volaban de un lado a otro. Aquella noche las voces se convertían en furiosos rugidos que traspasaban las paredes de mi cabeza y se instalaban en ella con la idea de quedarse.
  -Llevate a Héctor a dormir -me dijo mi madre con lágrimas en los ojos mientras nos miraba con el miedo apoderándose de su rostro.
  -¿Lo acuesto conmigo? -pregunté mientras cogía al pequeño de la casa en brazos.
  -No hace falta cielo -me besó en la frente y luego descansó sus labios sobre la pequeña frente de mi hermano. Después de ésto subí las escaleras en penumbras mientras el primer golpe llegaba y algo se partía en mil trozos. Posiblemente el cuerpo de mi madre.
  -No quiero momir solito -Héctor dijo con los labios simulando un perfecto puchero y la lágrimas apoderándose de sus ojitos azules como el mar-. Quiero momir con la mami.
  -Mamá vendrá después a dormir contigo, ahora tú tienes que dormir -me agaché delante de él y le acaricié la mejilla mientras sus lágrimas comenzaban a humedecerlas
  -Pero no solito -susurró mientras con una de sus pequeñas manitas se ponía su chupete y con la otra se abrazaba a mi.
  -Sólo por esta noche -dije sabiendo que aquello sólo suponía que la paciencia del monstruo que habitaba en mi casa se perdiera una vez más.
Héctor asintió y mientras achuchaba al pequeño Eddy contra su pecho, caminaba hacia mi habitación.
Pasaron sólo unos pocos segundos hasta que Héctor cerró sus ojitos y comenzó a susurrar cortas frases en sueños.
Intenté dormir, cerrar los ojos y no oír el llanto de mi madre mientras que el monstruo la castigaba por alguna palabra dicha sin permiso.
Y entonces el sonido de miles de cristales rotos sonaron en mi cabeza, sin poder remediarlo mis pies comenzaron a caminar y a bajar escaleras.
  -¡Déjala! -dije mientras corría hacía aquel montón de mierda-. ¡Déjala! -grité con lágrimas en los ojos mientras mis manos intentaban asestar golpes a ciegas-. ¡No la toques! -Intenté respirar y el olor a Whisky barato inundó mis pulmones-. ¡No vuelvas a tocarla!
No sé cómo pasó, tampoco recuerdo ningún aviso o gesto que me lo indicara. Pero el hecho es que de alguna forma crucé el salón volando y caí sobre cristales. Cristales rotos que cortaban y se incrustaban en mi piel. Aquello dolía.
  -No la toques... -palabras brotaron de mis labios mientras miles de patadas caían sobre mi. No pude gritar, el dolor estrujaba mis pulmones e impedía que las palabras salieran de mi garganta. Pero no las lágrimas, las lágrimas seguían bañando mis mejillas.
Y de verdad que intenté moverme, de verdad que intenté luchar por levantarme para proteger a mi madre que yacía en el suelo. De verdad que quise protegerla, pero no pude, y no por las patadas, porque éstas ya habían acabado. No pude porque el dolor me enmudeció, me cegó y me asfixió hasta que los ojos se cerraron y el dolor se acentuaba.
Dolía.

No recuerdo que fue primero, si el pecho de mi madre inmóvil o los golpes en la puerta. No recuerdo si Héctor bajó los escalones luchando por no caer o continuó durmiendo hasta que aquellos hombres vestidos de uniforme echaron la puerta abajo y entrabraron con la vecina al frente.
No recuerdo en qué momento el dolor fue tan intenso que mis ojos se cerraron y perdí el conocimiento. No recuerdo cuando dejé de sentir el dolor. Sólo recuerdo que al abrir los ojos, mi abuela lloraba en una silla junto a mi cama.
No recuerdo si me explicaron algo en aquel momento.
No recuerdo.
Sólo lo entiendo ahora cuando despierto entre sudor y lágrimas que amenazan con asfixiarme y no dejarme despertar. Sólo lo entiendo ahora cuando Héctor me abraza en las noches y su vocecita intenta hablar mientras las lágrimas me ahogan. Sólo lo entiendo ahora mamá.
Hay historias donde los buenos pierden.

A veces pienso que de no haber cerrado los ojos, tú estarías conmigo. Otras veces no puedo pensar. Sólo te extraño.



Porque final que tiñen de oscuridad sonrisas.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Palabras que desgarran.

¿Soy una asesina? Debo serlo. Debo serlo porque hay gente que me señala con el dedo, hay gente que  me mira con desprecio y grita a los cuatro vientos ¡ASESINA!

Demasiado tiempo ha pasado desde que el cuchillo caía de mi mano al suelo y chocaba contra unas baldosas blancas y frías que se teñían poco a poco de sangre. Muchos años han pasado desde que él, aquella gloriosa torre, caía frente a mí sin apartar los ojos de mi mirada.
¿Soy una asesina? Debo serlo...

Recuerdo perfectamente la noche en la que aquello ocurrió.
Su cena se enfriaba mientras yo hablaba con mi hermana Alejandra en el sofá .
  -¡Hace siglos que no te dejas ver! -me miró con una sonrisa un tanto preocupada-. Parece que te tenga encarcelada...
  -¡No! -me apresuré en decir mientras mis pulsaciones aumentaban y mi cerebro comenzaba a trabajar-. Sa-sabes que no tengo tiempo...
  -Llevas diciendo eso medio año -su sonrisa se desdibujó y yo cerré los ojos mientras pensaba en la última vez que mis amigas me habían cogido del brazo por la calle y habíamos pasado la tarde en alguna calle de Madrid.
Abrí los ojos y miré el reloj que había sobre la chimenea, las once y media. Suspiré y miré a Alejandra con un gesto amable. Hacía meses que no veía a mi hermana a solas, pero aquel no era el mejor momento. No si no se lo había comunicado antes a Damián.
  -Creo que deberías irte -la observé mirarme.
  -Sólo son las once -Alejandra dejó escapar un suspiro y se levantó a duras penas.
  -Tengo mil cosas que hacer -fingí una sonrisa y me levanté al mismo tiempo que ella-. Debería fregar los platos, barrer el salón y recalentar la comida de Damián -la acompañé hasta la puerta.
  -Puedo ayudarte... -ella sugirió mientras yo le abría la puerta.
  -No, a Damián le gusta que las cosas de casa las haga yo -me pegué una bofetada mental mientras ella traspasaba el umbral de la puerta y me daba dos besos con disgusto.
  -Espero poder verte antes de que se acabe el año -me abrazó con ternura y siguió pasillo abajo-, parece que más que mi hermana, seas una desconocida.
Segundos después me metía en la cocina para fregar los platos de una cena que Damián nunca conocería.

Pero eso no ocurrió. La suerte no estaba de mi parte aquella noche y no pasaron demasiados segundos antes de que una llave sonara y la puerta se cerrara tras ella. Mis oídos se acentuaron mientras el maletín era puesto sobre el sofá. Los zapatos se quedaban en el salón y sus pasos llegaban hasta mí.
  -¿Has estado con alguien? -dijo su voz que no pasó del umbral de la cocina.
  -No -evité mirarlo mientras seguía quitando con tenacidad las manchas de los platos.
  -He visto a tu hermana Alejandra -sus pasos se acercaron a mí y sus brazos me encarcelaron mientras dejaba un beso en mi mejilla. Un escalofrío me recorrió la columna.
  -¿Ah-Ah sí? -pregunté con voz trémula mientras su respiración se acunaba en mi nunca.
  -Sabes que puedes contármelo -su voz fue suave como el terciopelo.
  -La echaba de menos... -intenté acurrucarme en mí misma y noté como sus manos iban a mi pelo y tiraban de él con fuerza.
  -No te he dado permiso -su voz fue contundente y yo ahogué un grito en mi garganta.
  -No-no-no sabía que iba a venir... -susurré mientras cerraba los ojos.
  -¿Por eso friegas los platos? -el tirón se acentuó-. ¿Me lo ibas a esconder? ¿Crees que puedes ocultarme algo en mi casa?
  -No quería mentirte -el apretón de pelo se acentuó y Damián me dio la vuelta para empotrarme contra la pared más cercana-. Simplemente no quería dejar los platos sucios... -bajé la mirada y él me obligó a mirarle agarrándome por el mentón.
  -Mírame cuando te hablo -evité el contacto visual y seguí mirando al suelo cuando la primera bofetada cruzó mi mejilla y quemó como el fuego-. ¡QUÉ ME MIRES CUANDO TE HABLO!
Levanté la vista intentando evitar, esconder, las lágrimas que querían brotar.
  -Lo-lo siento -me mordí el labio inferior mientras el fuego se apaciguaba en sus ojos.
  -Voy a ducharme y quiero la cena puesta.
Damián se perdió por el pasillo y metí el plato ya frío en el microondas.

No sé si pasaron horas. Creo que tuvieron que pasarlas porque de no haber pasado tanto tiempo el plato no se habría vuelto a enfriar.
Secaba los platos cuando mi marido apareció ya metido en su pijama y se sentó a cenar.
  -Vente conmigo -me miró con una sonrisa tierna y unos ojos sinceros. Los ojos de quien me había enamorado-. Quiero saber qué tal ha ido tu noche con Alejandra.
Me senté mientras llenaba su vaso con agua y me regañaba duramente por hacer que ese hombre tan bueno se enfadara conmigo.
Soy una mala esposa. Por eso se enfada.
  -Estaba haciendo la cena cuando ella llegó -me senté en la silla de enfrente y lo miré sin cansarme de sus ojos. Él me miraba enamorado. Debía estarlo para preocuparse tanto por mí-. No supe como echarla y cuando me senté a comer ella seguía aquí...
  -Así me gusta -Damián alargó su mano, arropó las mías entre las suyas y me sentí a salvo durante un segundo-. Me gusta que seas cortés con la gente -sonrió-. Pero no debes mentirme Alba, sabes que no me gusta que lo hagas.
  -Per-perdón -agaché la vista mientras apartaba la mano de las suyas y me recogía un pelo rebelde de la cara-. No quería que te enfadaras.
  -Si me enfado sabes que es por que me preocupo por ti -frunció el ceño y revoloteó la lasaña durante cinco minutos. Una lasaña que había estado preparando durante horas. Su plato favorito. Quería darle una sorpresa cuando llegara cansado de trabajar, sin embargo sólo había conseguido que se enfadara.
Tiene razón, la gente sólo consigue separarnos. Yo debo estar siempre con él, aquí en casa cuidando de él, haciendo que esté cómodo, que sea feliz. La gente sólo consigue separarnos. 
Lo observaba mirar la lasaña con cariño cuando se llevó el tenedor a la boca y su rostro cambió de la tranquilidad al desagrado.
  -¡Está frío! -gritó mientras se levantaba y se acercaba hasta mí-. ¿Lo has probado? -Me metió el resto de lo que quedaba en el tenedor en la boca y me cogió por los hombros-. ¿Qué has estado haciendo mientras me duchaba? -su voz iba aumentando-. ¡Eres una puta vaga! ¡Sólo te he pedido que me calentaras el puto plato y ni eso sabes! -esperé con paciencia a que Damián se relajara, pero sus gritos no cesaban y mi corazón cogía carrerilla mientras el miedo me paralizaba. Y entonces el plató se estrelló contra el suelo partiéndose en miles de trocitos que volaron por toda la cocina-. ¡Sólo piensas en  zorrear! ¡En perder el tiempo!
Ignoré su voz en mi cabeza, la bloqueé y me arrodillé en el suelo a recoger los trozos grandes a la espera que sus pies descalzos no se cortaran.
Sólo tenías que calentar el plato, ¡Ni eso haces bien! Él llega cansado y tú sólo tienes que ponerle un plato de comida y ya ni eso sabes hacer... Es tan lógico que se enfade contigo. No te lo mereces, el es tan bueno y tú, tú sólo eres una puta aprovechada.
Recogía los trozos de plato al mismo tiempo que mi mente se castigaba por ser la peor esposa del mundo y de fondo se escuchaba la sintonía de gritos que me recordaban lo poco que valía por hacerlo todo mal.
Aquello era mi culpa y yo lo sabía. Yo le hacía portarse así. Recogí algunos de los trozos más grande cuando un golpe azotó mis costillas y me estrelló contra el pico de la nevera. El golpe dolía, pero no dolía tanto como sus gritos frenéticos recordándome lo mucho que me daba y poco que recibía. El primer golpe no dolió, al menos no tanto, pero entonces llegó el segundo. Una patada descargó su fuerza sobre mi abdomen y la respiración pareció cortarse. El aire no llegaba a los pulmones, las lágrimas no afloraban aunque el dolor empezaba a ser incesante.
Pasaron tres, tal vez cinco minutos en los que los cristales del plato se incrustaban en mi piel y las patadas me venían de todas partes. Cinco minutos en los que sus ojos parecían el mismo infierno y mis pulmones adoloridos luchaban por respirar.
  -¡Eres una puta! -Damián dejó caer la última patada. Una patada  que fue que a dar con mi nariz. Ésta comenzó a sangran violentamente, mientras mis manos se abrazaban a mi barriga-. ¡Mira que te doy oportunidades! Pero tú, tú Alba, no sabes apreciarlas -se pasó la mano por los pelos y se perdió en el salón lo que a mi me pareció una eternidad.

Me quedé allí en el suelo, sentía como mi cuerpo recibía oleadas de dolor que me recorrían de arriba abajo. Notaba como la sangre no paraba de fluir y se formaba a mi alrededor un pequeño charco procedente de la última patada asestada en la nariz. Tuve que cerrar los ojos durante varios segundos para conseguir controlar la respiración, pero aún así, ésta saltaba de intervalos tranquilos a intervalos frenéticos. Abrí los ojos con lágrimas en ellos y observé los miles de cristales que cubrían el suelo.
Al otro lado de la cocina. Procedentes del salón, se escuchaban los pasos de Damián de un lado a otro. Su respiración comenzaba a calmarse y cuando conseguía hacerlo, comenzaba a maldecirme en voz alta.
Estaba decidida a dejarme en manos de la muerte cuando un recuerdo afloró en mi mente.
  -Los hombres se creen que tienen el poder de manipularnos -dijo mi madre mientras hacía la comida-. Pero eso no es verdad -ella dejó escapar una carcajada-. Ya ves Alba, yo he sido madre soltera y nunca he necesitado ningún hombre para nada -se giró y apoyó su cintura contra el mármol-. Nosotras podemos con todo. Somos tan o incluso más fuertes que ellos, pero debemos creérnoslo para poder demostrarlo.
  -Pero mamá, hay cosas que tú no puedes arreglar -le dije yo recordando que la semana pasada había venido un fontanero a arreglar el grifo atascado.
  -Sólo los necesitamos para las cosas secundarias -dijo mientras se acercaba a mí y se arrodillaba frente a mí-. Nunca te enamores Alba y si lo haces no dejes que te pisoteen.

Las lágrimas afloraron en mis ojos y un escozor acudió a ellos. Damián decía que me quería, pero no debía hacerlo si me había dejado allí tirada. Mamá me había dicho en algún momento que cuando dos personas se aman son incapaces de hacerse daño. Que el amor conlleva un respeto en ambas direcciones.

  -¿Todavía estás ahí? -Damián apareció en la cocina con un cigarro en los labios y el rostro un poco más sereno. Más sereno hasta que miró a su alrededor y la furia de un loco volvió a sus ojos-. ¡¿No has limpiado esto todavía?! -Se agachó a mi lado y me cogió por el pelo obligándome a levantar-. ¿Alba tanto te gusta que me enfade? -me tiró sobre la mesa y mis costillas crujieron al entrar en contacto con la esquina de la mesa-. Me estoy cansando Alba -su voz resonaba en mi cabeza una y otra vez. Un eco que no cesaba.
  -Necesito un descanso... -dejé escapar en un susurro lastimero.
  -¿Un descanso? -me miró con mofa-. ¿Y tú haces algo? Dime Alba -cogió mi pelo en una cola enredada alrededor de su mano y tiró de mi cabeza hasta tenerla en su cuello-. ¿Qué haces?
En ese momento comprendí que era él o yo. Que aquello no era amor, que aquello era una relación de sumisión en la que se me castigaba por ser inferior, por ser mujer. No había perdón que valiera. No había un "lo siento" más tarde que me fuera a quitar los moratones. Aquella noche tal vez acababa conmigo.
Pero el chip realmente no se activó hasta su dedo pasó por mi cuello y se adentró en mi sujetador. Su risa se hizo más profunda.
  -Realmente sí que hay algo que se te da bien -me besó la mejilla y el asco se apoderó de mí-. Eres muy buena puta.
  -No me toques -susurré.
  -¿Qué dices? -su voz fue contundente-. Tú no me dices lo que hacer -el volumen aumentó-. ¡Voy a hacer lo que me de la gana porque eres mi mujer! ¡Y ahora quiero que te desnudes! ¡Haz tu trabajo puta!
  -No -mascullé entre dientes mientras intentaba luchar por alejarme de él-. Esto se acaba Damián. Déjame.
  -¿Qué te deje? -Me soltó del pelo y aplastó mi cara contra la mesa-. No lo voy a hacer amor -apagó su cigarro en mi espalda y un grito escapó de mis pulmones mientras subía y rasgaba mi garganta para huir por mis labios. No hubo pausa, sus manos se habían adentrado por debajo de mi falda y echaron las bragas al suelo-. Ahora te voy a follar y tú me vas a poner contento.
  -¡Déjame por favor! -ahogué un intento de controlar mis lágrimas mientras miles de punzadas de dolor se mezclaban con el miedo.
  -No lo voy a hacer -dijo mientras sus pantalones caían y la primera embestida llegaba-. Así me gusta zorra, que quieras hacerme feliz.
Las lágrimas caían mientras sus embestidas llegaban con fuerza. Él se regocijaba mientras de mis labios se escapaban gemidos de dolor.
Prefería estar muerta.

Lo siguiente que recuerdo viene en pequeñas porciones difusas bañadas en oleadas de rabia y miedo.
Damián me miraba como un ganador. Él había ganado aquella noche. Había marcado su territorio.
Me desnudaba cuando me dejó de ir una bofetada.
  -¡Más despacio puta!
Me apoyé contra la mesa para recuperar el equilibrio cuando mi mano se encontró con el frío filo del cuchillo. Lo cogí con mano temblorosa y lo puse aumentando la distancia que nos separaba.
  -¿Qué me vas a hacer? -su rostro parecía confuso y la ira volvió a inundarlo-. Deja eso Alba.
No lo hice. Él se acercó con la idea de que yo bajaría aquel cuchillo que nos separaba. Pensó que me escondería como tantas veces lo había hecho. Pero no lo hice. La ira aumentó y antes de que su mano volviera a cruzar mi mejilla, la punta de metal se clavaba en el pecho de Damián que me miraba con los ojos abiertos y un eterno gesto de confusión.
Su cuerpo cayó al suelo y la sangre pronto tiñó los azulejos blancos de un rojo escarlata. Me dejé caer al suelo junto a él y comencé a llorar cuando entendí que lo que estaba abrazando era el cuerpo inerte de mi marido.
  -¿Damían? -zarandeé su cuerpo mientras besaba sus labios-. ¡Vuelve conmigo! Por favor perdóname...

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando mis ojos se abrieron estaba en una cama de hospital. Mi hermana Alejandra me miraba desde una silla junto a mí.
  -¿Dónde está Damián?
  -Ese hijo de puta ha muerto cielo -las lágrimas afloraron en mis ojos mientras gritaba su nombre.
  -¡No! -intenté levantarme de la cama mientras latigazos de dolor azotaban mi cuerpo-. ¿Dónde está? ¡¿DAMIÁN?! -grité varias veces sin respuesta.

Años han pasado desde entonces. Los primeros meses fueron dolorosos, la cara de Damián me perseguía en sueños y los moratones que coloreaban mi cuerpo me recordaban que aquella noche había sido real. Me sentí una asesina durante meses. Él había hecho tanto por mí...
La culpa se apoderó de mí hasta que mi ginecólogo me confirmó que Daniela venía en camino. Entonces mi mente recordó cada una de las humillaciones que había sufrido. Mi mente recordó aquel aislamiento en el que viví. Aquellos golpes que me recordaban lo inútil que era. Aquellas noches en las que él me trataba como a una puta. Recordé durante semanas una a una las bofetadas, los gritos, los insultos, las lágrimas y los miles de perdones que le proseguían. Lo recordé porque debía ser fuerte. Porque ahora éramos dos y yo debía ser la madre y padre de Daniela. Debía ser fuerte porque ya yo no sólo luchaba por mí, luchaba por ella, por nosotras.

¿Soy una asesina? Todavía hay gente que lo cree. Hay gente que me mira y grita que yo maté a Damián. Hay quien llora a Damián y me odia, pero mi cuerpo relata una historia que pocas personas conocen. Fui presa del miedo, pero acabé con él.



¿Soy una asesina? Sólo de mi propio miedo.







Perdón por desaparecer, he tenido algunos problemas con la administración de Blogger pero ya está todo arreglado.