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jueves, 31 de octubre de 2013

Incitando a no dormir


Relámpagos. Truenos que se pierden en alguna parte del mundo. Tormenta que no apacigua. Nubes oscuras que se comen el cielo y luna que no aparece, que se asusta y se esconde entre la oscuridad del bosque que envuelve la casa.

Tal vez esto sea un sueño, tal vez sea la nada. Tal vez nadie sea nada.

Él entró por mi ventana con la sonrisa metálica de un loco y los ojos oscuros de quien no vive. Me escondí entre las sábanas pensando que tal vez él, dueño de esos ojos huecos, no me encontraría. Me equivoqué. Aquello era un juego que yo había perdido des del principio. Un juego con olor a fuego.
Aquella noche mi habitación era oscura. Mis padres dormían dos habitaciones más allá y contra las ventanas rugía un viento que no se cansaba de llorar. La tormenta parecía no tener fin.
No se escuchaba ruido a parte de la tormenta, cuando la ventana se abrió y el viento lo atrajo hasta mí. Lo miré por debajo de la sábana y encontré aquel rostro desfigurado que me miraba con la cara ladeada. Su rostro surrealista me miraba con una sonrisa de cristal. Sus ojos vacíos me observaban como si vieran más allá de mí y con una un susurro chirriante se acercó a mí.
  -¿Quieres jugar? -preguntó mientras una risa macabra salía de sus pulmones.
Negué con la cabeza. 
  -¿Quieres jugar? -su lengua, la cual parecía ser una flecha carraspeó un crujido con el que me arrancó un grito de la garganta-. Vamos pequeña -las palabras se alargaron eternamente y yo intenté huir del castillo que era mi cama mientras las manos ásperas me cogían por los tobillos.
  -¡Suéltame! -grité mientras intentaba huir de aquellas manos de estropajo.
  -Vamos a jugar -un crujido metálico sonó y mi piel se desgarró. Intenté no mirar hacia atrás, pero me mató la curiosidad y cuando lo miré, una cara pálida, sin rostro me observaba mientras reía y clavaba la punta de un cuchillo oxidado en mi pierna-. Quiero jugar pequeña -susurró mientras una risa rasgaba su garganta.
  -¡No quiero! -grité mientras las lágrimas anegaban mis ojos-. ¡Mamá! ¡Papá! -sollocé mientras el cuchillo se adentraba en la piel y me arrancaba uno a uno los sollozos.
  -¡Vamos a jugar! -Volvió a repetir aquel rostro que se había consumido en llamas.
Aquella mano arrugada, robusta y fría encarceló mi tobillo y para cuando quise darme cuenta, su mano me atraía hasta él. Un olor a gasolina mezclado con el hedor de la muerte me invadía. El miedo me paralizó y me quedé quieta. Simulé ser una estatua. 
Él me observó desde lejos y con su mano temblorosa posó una pequeña cerrilla entre mis dedos.
  -Quiero jugar... -su sonrisa desapareció al mismo tiempo que él se volvía invisible en la oscuridad.
El frío se ocupó de llenar la habitación y el revoloteo de mi agitado corazón amenazaba con desplomarse sobre el suelo de la habitación.

...

Me levanté al día siguiente bañada en sudor. El calor había inundado la casa y todo lo pasado la noche anterior parecía un absurda pesadilla. 
  -¿Mamá? -dije mientras bajaba las escaleras y me dirigía hacía la cocina-. ¿Mamá? -volví a preguntar tras no obtener respuesta.
Mis pasos se dirigieron a la cocina y entonces el mundo se volvió oscuro.
  -Buenos días niña -dijo una voz afilada cortante como el cristal.
Delante de mí estaba la misma cara sin rostro. Una sonrisa plateada se dibujaba mientras me miraba.
  -¿Quieres jugar? -mis ojos observaron como la cerilla se encendía y como después todo desparecía.

...

  -¡Buenos días princesa! -dijo mi reflejo mirándome des del otro lado del cristal. Una cara que no parecía la mía me observaba sin rostro. La cara de quien me miraba había desaparecido entre pliegues de piel que olían a gasolina. Una sonrisa de plata me miraba con cierta ironía.
   -¡Vamos a jugar! -dijo mi reflejo mientras mi cuerpo se obligaba a bañarme en gasolina-. ¿Quieres jugar? -al otro lado del espejo seguían observándome-. ¡Yo quiero! -un escalofrío recorrió mi cuerpo-. Vamos a quemar cosas bonitas -una llama se encendió y mi vestido echó a arder entre gritos desesperados.
Los gritos se hicieron eternos mientras el fuego ganaba vida.

...

Una niña quería jugar. 
No sabía que el fuego quemaba. 
Una niña insistió en jugar.
No sabía que el fuego quemaba.
Una niña que no soñaba.
Pero sabía que el fuego quemaba.


Porque el fuego traspasa las noches de tormenta.
¿Vamos a jugar?

lunes, 28 de octubre de 2013

Traspasando los límites del miedo.

Aquella noche pasó lo que pasó. No estoy loca. No aunque intenten hacerme creerme que sí. No estoy loca porque no creo posible que mi mente guarde tanto detalle de tanto horror. No, ellos quieren hacerme creer que lo estoy. Pero lo que pasó aquella noche, lo que ocurrió aquella noche, eso sí fue real.

Aquella noche Andrea, Diego, Daniel y yo -Julia-, habíamos decidido acampar en la casa de Daniel. Una vieja casa de campo, que sólo se usaba en verano y específicamente para ocasiones especiales.  Una casa prácticamente abandonada pero con ese típico aspecto familiar que caracterizan las casas donde se han vivido grandes momentos. Los colores de las paredes eran claros y la luz del día entraba por todas las ventana de la pequeña casa. Pero se hizo de noche. Y entonces sólo quedamos nosotros y la oscuridad. Nosotros y la luz de las lámparas. Nosotros con ganas de no dormir.

  -¿Qué tal si nos dedicamos a contar historias de miedo? -dijo Daniel con cierto retintín al mirarnos a Andrea y a mí.
  -No tenemos diez años -reproché mientras lo miraba-. No nos vamos a asustar como entonces.
  -Razón de más para hacerlo -dijo Diego mientras me abrazaba y dejaba un tierno beso en mi mejilla.
  -Yo no sé si quiero oírlas -susurró Andrea. Andrea la eterna niña de ojos claros y trenzas infinitas. La eterna muñeca a la que todos adorábamos. Esa que siempre está aquí. La que te cede un abrazo cuando no quedan fuerzas. La que te mira y te arregla el mundo. Esa era Andrea.
  -¡Yo te defenderé si los monstruos atacan! -Gritó Daniel mientras saltaba del sofá al suelo y luchaba contra el aire-. Nada te pasará bella dama -le dijo mientras depositaba un beso en la pálida mano de Andrea y ésta dejaba escapar una melódica risa que inundó la casa.

Primero comenzó Andrea, quien no pasó de las tres primeras palabras, porque sólo de imaginarlo el corazón se le ponía a mil. Le siguió Daniel, quién contó la historia de un perro que cada noche le lamía la mano a su dueña, la que era una niña. Casualmente el día que la dejan sola, un loco se escapa del manicomio. Esa noche todo es igual, la niña se va a dormir, el perro le lame los dedos y a la mañana siguiente se encuentra con el perro muerto en el suelo y en el espejo escrito con sangre, una nota absurda: "Los locos también sabemos chupar".
Y luego llegó Diego. Diego que siempre quería ser el mejor, el mejor en todo. El más listo. El que necesitaba hacernos sentir unas hormigas para ser alguien importante. Diego quién erizaba mi piel con sus labios, quién cuidaba de mí y me abrazaba en las noches de tormentas. Ese Diego. 
Aquella noche me abrazaba. Pero dejó de hacerlo cuando su turno llegó. Entonces apagó las luces, encendió varias velas y nos miró a todos tras aclararse la garganta.
  -Mi historia es verídica -susurró con un tono ronco-. Pasó hace ya algún tiempo en Londres. Tal vez la conozcáis... Yo os hablaré de Jack el destripador -el silencio se hizo y mi cuerpo se erizó tras escuchar el sonido de ese nombre. Mil historias se habían contado sobre él. Mil películas se habían hecho y realmente lo tomaba más como un mito que como un misterio, pero aquella noche fue diferente. Diego sólo se centró el asesinato de una joven muchacha llamada Annie Chapman. No fue nada del otro mundo, pero su forma de contarlo nos congeló a todos la sangre. El miedo se palpaba y éste no dejó de existir, cuando Daniel dijo nuestra sentencia.
  -¿Qué tal si jugamos a la Güija? -el miedo continuó congelándonos y aunque Andrea y yo nos negamos rotundamente, Diego y Daniel sacaron un tablero de una mochila y apagaron la mayoría de las velas.
  -No tienes que nada temer -me dijo Diego mientras me abrazaba-. Si no crees no puede pasar nada.
Asentí y Andrea asustada me dio la mano.

  -¿Jack estás ahí? -Daniel formuló la primera pregunta y nada ocurrió. No ocurrió nada hasta pasado los diez primeros segundos en los cuales las velas se apagaron. Luego silencio.
  -¡No hace gracia! -dije yo mientras me levantaba furiosa y encendía la luz. Miré hacia adelante y sólo vi la ausencia de Dani, estábamos todos presentes mirándonos unos a otros, excepto Dani, no había rastro de Daniel-. ¿Dani? -llamé varias veces sin que nadie respondiera.
  -¡Venga seguro que se está riendo de nosotros! -Diego me miró con los ojos fijos y yo lo creí. Era la casa de Daniel y nadie mejor que él conocía aquella casa-. Apaga las luces que entonces no tiene gracia.
  -Enciende las velas antes -dijo Andrea que se acurrucaba contra sí misma. Y así lo hice, encendí las velas y apagué la luz-. ¿Puedo hacer una pregunta? -Andrea puso el dedo sobre el vaso y Diego y yo la observamos sin acabar de creérnoslo-. ¿Estás aquí Jack?
El silencio volvió a hacerse, pero esta vez las velas no se apagaron y cuando miré a Andrea, ésta miraba  o al menos lo había hecho, hacia el frente. Sus ojos estaban teñidos de rojo. En su frente un destornillador marcaba el centro y de su boca bajaba un hilo de sangre que goteaba contra el suelo. 
Un grito de horror salió de mi boca. Diego se apresuró en encender las luces y se acercó a Andrea para averiguar si aquello seguía siendo parte de una broma absurda. Supe que no lo era cuando me cogió de la mano y me dijo "¡Corre!".

Corrimos por los pasillos a oscuras, hasta que tropecé y él me soltó de la mano. El sueño se apoderó de mí. Un sueño acompañado de un frío que congeló mis huesos. El grito ahogado intentando escapar de la garganta de Diego fue lo último que escuché.
Me levanté lo que me pareció una eternidad después. Abrí los ojos con cuidado y todo seguía a oscuras. Mi cabeza parecía estar siendo taladrada cuando me pegué contra la pared en busca de algún interruptor. Lo encontré a los pocos segundos y la luz volvió a la casa. 
Ante mí un charco de sangre inundaba el pasillo y llegaba hasta mis pies. Mis manos sofocaron un grito cuando mis ojos observaron el cuerpo de Diego bañado en su propia muerte. Corrí hacia él y lo giré con el mayo cuidado posible. Las náuseas se apoderaron de mí cuando observé las cuencas vacías de los que habían sido sus preciosos ojos muertos. Una nada había reemplazado al mar que tenía por ojos y la sangre brotaba de ellos cayendo mejilla abajo. Le acaricié el rostro con delicadeza y entonces vi que lo peor no era eso. Su barriga había sido perforada y de él salía un collar de vísceras que se esparcían en el suelo en un mar rojo que teñía la moqueta.

Me levanté a duras a penas, con los ojos anegados en lágrimas y siendo perseguida por un olor nauseabundo que me esperaba en cada esquina de la casa. Corrí por el pasillo hasta la puerta principal y entonces la contestación a la primera pregunta se hizo visible. 
Daniel colgaba de la pared. El palo para mover la leña de la chimenea había atravesado su cráneo y lo incrustaba a la pared. La sangre resbalaba pared a bajo y un charco se formaba bajo a él. Miré hacía todos lados y entonces lo vi. Un escarlata que parecía vivir pintaba las paredes de toda la entrada con una respuesta que yo había sido la última en ver "Sí".
Miré hacia el espejo que había a mi derecha y pude ver esa sonrisa metálica que me ha perseguido hasta entonces. Una sonrisa fugaz que desapareció en cuanto mis ojos se cerraron.

Abrí los ojos días después, éstos dolían y pesaban como el plomo. Cuando miré a mi alrededor, paredes acolchadas me envolvían. Todo era blanco y esterilizado. Creía que seguía en mi propia pesadilla e intenté salir corriendo pero mis brazos no se movían y cuando lo hacían rozaban con lo que parecían ser  grilletes. Me miré en un espejo que había frente a mí, estaba pálida, el pelo caía sobre mi cara, la que solía ser mi cara. Mi cuerpo estaba atado en una camisa de fuerza y la sonrisa. Esa sonrisa que había acabado con todos ellos y me había respondido me miraba des del otro lado del espejo. 
El juego no había acabado.

Sonrisas bañadas en sangre. Sonrisas con respuestas.


jueves, 24 de octubre de 2013

Capítulo ocho.


El alcohol se había apoderado de mi cuerpo. Corría por mis venas y me cedía esa seguridad que nunca nadie me había brindado. La confianza del poder. De poder hacer todo lo que rondaba por mi cabeza. Me sentía alguien diferente, poderosa y aunque sabía que eso sólo era un estado pasajero, preferí arriesgar y arrasar con todo. No más penas durante una noche, no más lágrimas. No más extrañar. Sólo disfrutar. Sólo yo en cualquier bar. Sólo yo en cualquier cama, con cualquier boca que no hablara, que sólo besara. Los lamentos ya vendrán después. Esa noche era mía.

Y así fue. La noche era oscura y la gente no paseaba por las calles. Sólo había un desierto. Desierto de nada, donde el frío azotaba y acariciaba mi piel con garras de acero. En los bares las situaciones eran amenas, casi siempre parecidas. Iluminación tenue, gente en los rincones, barras llenas de vasos vacíos. Botellas que se abrían llenas, botellas que se perdían en un mar de humo que aquella noche no parecía asfixiarme. Era yo de noche. En una noche que no quería acabar bien. Una noche que me cedía la oportunidad de perder el título a la mayor gilipollas del mundo.  
Entré en el primer bar y me acerqué a la barra. En ella un chico moreno de ojos oscuros intentaba deletrear el nombre de algún ron que el camarero no conocía. El tono de la conversación parecía crecer y como niños pequeños se enfrentaban en una pelea de quien puede más. Pude yo. 
Me acerqué segura de mí misma impidiendo que los quince centímetros que llevaba de más aquella noche me dejaran en ridículo. No aquella noche. 
Y no por aquellos palurdos que me miraban como a una diosa, sino por la chica del fondo con ojos negros que me miraba de reojo desde la oscuridad.
  -Lo más fuerte que tenga -intenté coordinar las palabras ya que éstas intentaban brotar desesperadas.
El camarero siguió a mis labios con tanta fidelidad que tuve que repetirle la frase para que éste entrara de nuevo en el mundo y me trajera una copa de whisky. Respiré el olor del vaso medio lleno y mi cuerpo se estremeció. Era aquello lo que buscaba aquella noche. Sentirme yo, ser como una persona. Guiarme por mis instinto, sin tener seguro que siempre sería, que jamás dejaría de existir.

No pasaron dos segundos cuando el chico moreno se levantó de la silla y se escapó al baño con la rubia que me había observado. Entonces entendí que su mirada sólo había sido la de otra fiera que ansiaba una noche con premio. Una cazadora que había obtenido su presa.
Los miré marchar hasta que la puerta se cerró tras ellos. No conté el tiempo, pero para cuando me cansé de mirar ellos seguían dentro y el resto que quedaba en mi vaso bajó por mi garganta abrasando mis cuerdas vocales.
  -¿Cuánto es? -pregunté al camarero que me observaba desde lo lejos.
  -Estas dos las paga la casa -me guiñó un ojo y algo se revolvió en mi interior. Tuve que respirar dos veces, aguantar la respiración y fingir una sonrisa amable para no vomitar el último trago-. Buenas noches.

Salí de aquel antro con expectativas de algo más. Con ganas de perderme entre la multitud que aquella noche no abrasaba las calles. Quería algo que no había conseguido y mis pasos dubitativos me llevaron hasta otro lugar. Un lugar que me parecía familiar, familiar como todo en aquella noche. 
Empujé la puerta y entré intentando controlar mis sentidos que cada vez patinaban sobre capas de hielo más finas.
La poca gente que había estaba en grupos, reían y hablaban de temas convencionales. Sólo un par de borrachos se escondían en la oscuridad y vaciaban botellas y botellas del vino más barato. 
La duda me abarcó, ¿Me veo como ellos? ¿Estoy haciendo lo mismo que ellos? ¿Me estoy rebajando a este nivel? ¡No! Yo no era como ellos yo no quería morir en una de aquellas mesas entre botellas de un licor barato. Yo quería olvidar los problemas y perderme en la cama de una cualquiera que estuviera lo suficientemente ebria para no saber qué querer aquella noche. Yo no era como aquellos borrachos, porque ellos eran las presas de sus miedos y yo era la fiera que acababa con ellos.

Me senté una vez más en la barra. Esta vez, la barra estaba limpia y tras ella había una mujer de unos cuarenta y tantos. Tenía en pelo oscuro y caía desordenado sobre sus hombros desnudos. Sus ojos claros parecían cansados, su cuerpo exhausto, pero la sonrisa permanecía y cuando me acerqué no fue distinto.
  -Buenas noches -dijeron sus labios delgados al mismo tiempo que daba un trago a lo que fuera que llenaba su vaso.
Asentí con la cabeza y miré las botellas que habían a su espalda. Vodka, Cacique, Ron, Whisky, Vinos,  Tequila, y licores de frutas adornaban una estantería bajo otra. Y muy estúpido habría que ser para no reconocer que las botellas estaban pulcramente ordenadas por colores. Que en el suelo no había una sola mancha, que la gente estaba cenando comida y no basura. Que la música que sonaba era agradable y que la sonrisa que había en los labios de aquella mujer. Era la sonrisa de quien ayuda a los demás, de la que escucha mil historias e intenta apartarte la copa cuando ésta cree que ya no era necesario acabarla.
Le sonreí al instante y pensé durante dos segundos. En aquella noche todos los rostros me habían parecido tristes, enfermos, pero realmente sólo había estado buscando lugares donde no desencajar.
  -¿Va a tomar algo? -la camarera me preguntó con dulzura mientras dejaba su vaso vacío sobre la barra. Respiré con profundidad y olí ese sabor dulzón que caracteriza a la Coca-Cola. La cabeza pareció explotarme.
  -Lo más fuerte que tenga -repetí automáticamente.
Ella me miró con sus ojos y sentí que me abrazaba, que me brindaba la mano. La ignoré y esta vez procuré hablar más claro.
  -Lo más fuerte que tenga -me reafirmé y ella obedeció. Al fin y al cabo yo era la clienta, yo mandaba y ella obedecía. 
La observé girarse en un giro gracioso. Un hombre corpulento salió de la cocina y entonces ella lo miró, él la miró y con una sonrisa se acercó a ella y le dejó un casto beso en los labios. Un patético y absurdo beso que odié. Un beso que envidié, que deseé. Ella con más alegría cogió una botella de tequila y sacó dos pequeños vasos del lavavajillas. Los miró a contraluz y con un trapo verde quitó tres pequeñas motas de polvo que bailaban en él. Me miró sonrió y llenó los vasos a la mitad. Uno me lo acercó a mí, otro lo dejó cerca de ella.
  -Gracias -dije sin poder reprimir una sonrisa amable. Cogí el vaso, pero antes de poder llevármelo a los labios, ella cogió mi mano y volvió a dejarlo sobre la barra de mármol blanco.
  -Con el limón el sabor se rebaja mucho, siempre intento convencer a mis clientes de que lo tomen, porque así el sabor no es tan margo. Y no creo que necesiten más amargura en esas noches -la escuché atenta-. Realmente tomarlo con sal y limón no es más que un ritual porque anteriormente el tequila era de muy mala calidad -la camarera sonreía mientras cortaba finas rodajas de limón-. Yo personalmente no puedo tomármelo solo, posiblemente sea eso. Que si yo no puedo tomármelo solo, no me gusta que lo demás sí puedan -me miró y me sonrió mientras me entregaba una rodaja del cítrico amarillo y me esparcía sal en la misma mano-. Puro egoísmo y orgullo -me guiñó un ojo y luego cogió su vaso-. ¿Quieres que brindemos por algo? -negué por la cabeza, lamí la sal, me tragué mi vaso y mordí el limón mientras el tequila arrasaba con mi garganta a medida que bajaba por ella-. Yo sí, por ti -después de eso, ella siguió el ritual y se limpió la boca con la mano libre-. Delicioso.
  -¿Puedo pedir otro? -la observé con un poco de desconfianza-. Como este último.
Ella sonrió y volvió a preparar otro. Se bebió dos más conmigo, luego tuvo que atender algunas mesas y llevar platos de comida que olían deliciosos a mesas nuevas. Sin darme cuenta el bar se había ido llenando de gente que cenaba y familias que venían a disfrutar de un lugar agradable. Yo no encajaba allí, yo no tenía nada y si lo tenía no era conocido.
Miré el reloj que había en la pared sobre las estanterías llenas de botellas. Sólo eran las diez y media y sin embargo hacía horas que había anochecido. Horas que el cielo había perdido toda luz.
Esperé a que la camarera se acercara y dejé un par de billetes sobre la barra.
  -Ha sido un placer -sonreí confusa.
  -El placer ha sido mío -dijo devolviéndome el dinero-. Espero volver a verte por aquí... A ser posible con una sonrisa -me sonrió y yo me marché dejando el dinero sobre el frío mármol.

Caminé dirección a la puerta, no quería desentonar, no ahora, cuando había gente normal con una vida perfecta. No quería hacer el papel ahora cuando había gente disfrutando. Caminaba hacia la puerta, cuando ésta se abrió y ella entró. Una muñeca de porcelana caminaba hacia mí con una sonrisa amplia. Una muñeca que me parecía familiar. Una muñeca con la que me parecía haber jugado.


(El capítulo continuará)

lunes, 21 de octubre de 2013

Una palabra, una historia: Realidad

Duele, la verdad es que duele y mucho. Intento no pensarlo porque si lo pienso hay algo, una brecha, una pequeña herida que se abre y deja que el daño fluya. Permite que las pesadillas se apoderen de mí. Que el miedo me paralice y me impida avanzar.
No avanzo. No puedo, ¿Cómo hacerlo? ¿Se puede avanzar cuando el miedo te paraliza? ¿Cuándo prefieres dormir porque la realidad te asusta? ¿Cómo sigo? ¿Tengo opción? ¿Me quedaré siempre sumergida en este pozo? ¿Siempre seré la presa? ¿Cuál es mi camino? ¿Qué dirección coger?
Miles de preguntas retumban en mi cabeza, suenan como relámpagos y explotan como bombas. La realidad. Eso es lo que ocurre, temo a la realidad. Esta realidad que es de plomo. Esta realidad que parecía perfecta. De cristal.

Y ahora lo pienso, o mejor dicho, lo recuerdo. Recuerdo aquellos labios que me prometían el cielo. Una vida eterna a su lado. Recuerdo esos sentimientos de cristal. Unos sentimientos tan frágiles que se rompieron. Unos sentimientos que nunca existieron. O sí, sólo en mi cabeza.
Y la pienso, ¡Claro que la pienso! Es como si ella se hubiera apoderado de mi cabeza. Su rostro aparece cada pocos segundos con cara de niña y sus labios traicioneros. Unos labios que me dicen que me quieren. Unos labios que escupen veneno entre palabras. Pero unos labios que al hablar me devuelven la vida y apaciguan al dolor que lucha por invadirme.

No, no es cierto. Ella no me quiere. Lo sé, ella no me quiere. Nada es real porque abro los ojos y veo mi reflejo. Esto es el mundo. Esto es la verdad. La realidad. El mundo tal cual. Duele. Duele que ella no esté. Duele que la sangre fluya y yo no la pueda detener.


Y es que en la realidad las flores se deshojan.

sábado, 19 de octubre de 2013

Metamorfoseando hacia la nada.


Ella siempre hacía lo mismo. Justificaba que la rutina le gustaba, porque permanecer siempre en el mismo lugar, a la misma hora no la mareaba. Pero no hacía falta ser muy lista para entender que tras aquellas gafas de sol oscuras se ocultaban unos ojos que ocultaban la infelicidad de una eterna tortura. El miedo a los cambios era tan sólo una excusa.
Pero hacía tiempo que la conocía, tanto tiempo que mi cabeza siempre nos asociaba juntas pero distintas, porque mi Yohenne se había visto obligada a metamorfosear hacia alguien invisible. Hacia la nada.

Si me dirijo a mis primeros recuerdos con ella, encuentro colores que ya no existen, sonrisas que se han perdido. Sonrisa, un gesto que ya no parece tener sentido para ella. También palabras han dejado de existir en su vocabulario, los sentimientos están tachados con carbón y la felicidad es algo que carece de sentido.
Mientras avanzo por ese baúl, sus sonrisas empiezan a menguar, sus ojos acaban por apagarse haciendo que aquella pequeña oruga, se estanque en un gusano que no acaba de crecer.
Aparece la infelicidad, el cielo eternamente gris y las ganas de intentar huir de este mundo donde parece no haber un lugar para ella.

Pero sé que todo es miedo cuando la miro, con su pelo infinito azabache, sus incoloros ojos detrás de unas eternas y viejas gafas de sol mientras intenta fumarse unas preocupaciones que no acaban de incinerarse. Mientras le da caladas a una paz que nunca acaba de llegar, que no existe.
La miro y veo a una persona que conozco de toda la vida, una persona que ha tenido que adaptarse a un mundo que no la ha sabido tratar. Una pequeña mariposa intentando hacerse un hueco entre gusanos rodeados de desechos, de sentimientos podridos.

Hay veces en que la miro durante horas. Veces en las que ella está durmiendo y su pecho baila al ritmo de su respiración. La miro y soy feliz mientras su rostro parece despreocupado y relajado. Pero entonces comienzan las pesadillas, gritos eternos que no cesan hasta que mi voz la trae a, la también, dura realidad.

La última vez que la vi, vestía un jersey negro y pantalones grises. El cielo parecía querer llorar, querer consumirse entre las cenizas muertas de algún viejo cenicero. Ella se fumaba un cigarro, su último cigarro, mientras miraba al horizonte. Parecía ser la misma de siempre. Pero algo cambió en su mirada y supe que se había rendido cuando una sonrisa fugaz apareció en su rostro.
Horas después el cuerpo de mi querida Yohenne aparecía desnudo en una cama que no era la mía, la cama del monstruo que vivía con ella, el monstruo de sus pesadillas la había vencido, o tal vez ella se había dejado ganar. 
Su cuerpo frágil se había roto en manos de su propia pesadilla.

Y quiso crecer, pero se quedó estancada en un mundo de mierda que le impedía avanzar.




Relato (un poco modificado, porque el límite de palabras eran pocas) para un concurso  del que nunca dieron resultados.

jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo siete.


El mundo parecía caótico por no decir desconcertante o absurdo. La noche anterior ahora parecía un sueño difuso que carecía de sentido. Una noche llena de verdades que se camuflaban en una cama desecha entre los brazos desnudos de un demonio con cara de ángel. Una noche llena de caricias que me habían hecho olvidar las verdades, pero una noche llena de verdades que nadie podía negarme.
Mi cabeza había entrado en un huracán donde yo intentaba asimilar la historia, las verdades que los labios de Suhaila habían dejado escapar en la oscuridad.
Mi cabeza intentaba no pensar, intentaba dejar todo en un baúl cerrado con una llave que no tenía. Quería dejarlo a un lado como había hecho con tantas cosas.
No podía, no aquella vez, porque tal vez mi madre podría haber seguido viva si no hubiera sido por ese maldito demonio. Porque en mi vida había podido acostumbrarme a la soledad, a ser lo que era y ahora había un mundo paralelo que desperdigaba en mi mente todo lo conocido.

Me dejé caer en el sofá y el pequeño gato se paseó a mis pies con ganas de mimos. Lo odié durante un segundo, un segundo lo suficientemente largo como para entender que no había nada de mi vida que conociera. Un momento en el que el caos se desató totalmente y me sumergí en la oscuridad más absoluta. Una oscuridad que además caía en picado hasta lo desconocido y se estancaba entre los desechos de una vida que nunca había sido real, ¿O lo había sido? Tal vez Suhaila podría haberme descifrado aquella pregunta. Pero Suhaila no estaba, se había ido una vez más, esta vez dejándome el mundo patas arribas. Esta vez se había ido sin mentiras, pero se había ido, había huido y se había alejado de mi dejándome sola entre aquellas paredes frías donde las verdades retumbaban unas contra otras y me ataladraban los oídos. Entré en coma, o tal vez no, tal vez me dejé caer en un estado mental donde nada existía, donde mi mente recordaba a mi madre sin respiración. Donde mi mente recordaba mis primeros llantos debidos a la falta de comida. Mi mente me estaba obligando a recordar, tal vez para poder saber la verdad de todo lo que me había llevado hasta aquí.
  No te conoces, no sabes nada de tu vida. Tal vez todo ha estado planeado. Tal vez tu eres el plan de alguien, ¿De tu padre? Porque tal vez tu padre no esté muerto. Tal vez estés sola, pero porque te han abandonado. Tal y como Suhaila lo ha hecho. Siempre te abandona. Estás sola y siempre lo estarás...

Me derrumbé, lloré, porque las verdades dolían, porque más que doler estaba enfadada con el puto mundo en el que me había tocado vivir. Estaba dolida, furiosa y deseaba enfrentarme a la mierda que me había venido. Deseaba gritar y acabar con todo. Pero no quería ser débil como siempre. No quería darme por vencida. Porque siempre me había conformado y ahora tenía la oportunidad de que eso cambiara.
No lo hice. Pasé la tarde entre botellas de tequila y vodka. El sabor amargo ardía en mi garganta y ésta comenzaba a quemar tanto que la habitación comenzaba a sofocarme y asfixiarme. No paré, todo parecía menos real si las botellas se gastaban. Todo parecía mejor si las botellas explotaban. Todo mejoraba si mis mejillas ardían y la garganta dolía. destruí la última botella cuando la última gota de tequila bajó abrasando mi garganta y produciendo que mis manos se cerraran al rededor del cuello de la botella.
  Eres una inútil. No sirves. Estás sola. Siempre lo has estado. Ni siquiera le has importado a Suhaila. Todo ha sido una mentira. Vives una mentira y siempre lo vas a hacer. Ya no sirves. Nunca has servido y ésto es lo que te espera.
Las lágrimas amanecieron e intentando olvidar el dolor, me levanté con fuerza. Lo que hizo que mi mundo se tambaleara durante medio segundo antes de recobrar la compostura y que mi mundo se basara sólo en girar a una gran velocidad. Me limpié las lágrimas intentando recordar que era una estúpida. Mi cara quemaba y me odié por ser débil. Con amargura e intentando hacerme daño sequé las lágrimas y miré a lo lejos. El dolor me asfixiaba y luché por no ahogarme en él, logré no hacerlo cuando mi mano libre agarró mis pelos y tiró de ellos llevándose un puñado de viejos pelos que crecían y crecían y que siempre iban a crecer. El cuero cabelludo escocía, pero no demasiado, podía con ello. La mano libre se aferró a la botella y la estrelló contra la pared gris. Los cristales volaron por la habitación y yo deseé que éstos me agujerearan, que acabaran conmigo. No lo hicieron. Seguía viva.

El mundo seguía girando pero mis pies eran firmes y conseguí el tiempo suficiente para vestirme frente al espejo. Mi cara irradiaba rabia y mis lágrimas se anudaban en los ojos en un intento de aflorar. No las dejé. En su lugar, cogí de mi armario los pantalones más ajustados y la camiseta más escotada. Cogí los únicos zapatos de tacón e intenté mantenerme firme sobre ellos y lo conseguí. Los pantalones grises se ajustaban a mis piernas y se estrechaban a medida que bajaba lo que parecía hacerme más alta. La camiseta negra se abría en escote por delante dejando al descubierto mi sujetador rojo de encaje que pedía ser devorado, la espalda quedaba al descubierto y dejé que mi pelo cayera desordenado sobre ella. Cogí el rímel y cepillé las pestañas en un intento de hacerlas infinitas. Perfilé los ojos de negro y me encontré con una pantera sedienta de algo que acallara su interior. Del mármol frío cogí el pintalabios carmín y lo dejé correr sobre mis labios.
El resultado me dio miedo. Era yo, al menos lo parecía. Pero era ese parecido lo que temía. Era yo, alguien que buscaba algo. Alguien que esperaba encontrar una presa entre las calles de aquella ciudad. No estaba dispuesta a volver sola, aquella noche sería yo la dueña. Sería yo la fuerte. Sería yo la mentirosa y no los demás. Esa noche era la mía y en las calles se escondía mi pesa.

Sentí que era presa del miedo. Y antes de dejarme morder decidí arrasar con mi presa.
(Esta noche no me permití ser presa del miedo. Presa de nada)

Nueva iniciativa: Club Literario de "Vidas de Tinta y Papel"

Pues bien hoy vengo con una nueva entrada que la verdad me hace ilusión. He pertenecido con anterioridad a otros clubs literarios, pero siempre se me hacían diferentes y presiento que esta vez va a ser diferente con el club de Vidas de Tinta y Papel, un club que pretende unir a nosotros, estos bloggeros que tanto leemos como escribimos. Porque de alguna forma estamos conectados, al menos eso creo. Ya que en mi caso, sin libros no habría comenzado a escribir y no habría creado este mundo tan especial para mí. 
La iniciativa realmente es original y estoy deseando que empiecen las actividades para darle a este blog (mi pequeño mundo) un poco más de vida a parte de mis historias y mis cosas.

Os dejo el enlace de las bases aquí

domingo, 6 de octubre de 2013

Una palabra, Una historia: Años (La mitad de nada)

Y realmente no sabía lo que estaba ocurriendo. Por entonces no entendí porque el silencio reinaba en la casa y nadie mencionaba su nombre. Era como si Julia hubiera desaparecido de nuestras vidas. Como si ya nadie se acordara de ella. Cómo si sólo fuera un recuerdo con el que jugaba de vez en cuando.
Y pasaron los días, a los que le siguieron las semanas. El tiempo siguió y Julia nunca volvió, jamás se oyó su risa corretear, tampoco se vio su pelo dorado revoloteando. Julia se esfumó y todos lloraban de vez en cuando.


Fue con los años, cuando entendí lo que ocurría. Fue con el tiempo que comprendí que Julia, aquella niña de ojos azules. Aquella parte de mí, mi alma gemela, se había desvanecido entre las sábanas de su cama aquella última noche que me miró con el rostro sudoroso y la voz trémula. Estaba cansada, agotada, pero no dejaba de sonreír. Ella me cogía de la mano y me pedía que no me fuera. Yo no lo hice, no podía dejarla allí e irme a jugar si no era con ella.
Fue aquella noche, el momento en que Julia despareció de mi vida al menos físicamente, porque hubo un lugar de mi mente donde ella jugaba conmigo en las tardes largas y dormía conmigo en las noches oscuras. Julia se quedó conmigo al mirarme en el espejo. Julia se fue pero se quedó conmigo porque era mi alma gemela, era esa mitad de mí que había crecido conjuntamente conmigo en el vientre de mamá.

Ella desapareció pero no lo entendí hasta que pasaron los años, tal vez no quise entenderlo. Tal vez prefería jugar con un fantasma a aceptar que Julia, mi propio reflejo, había desaparecido y ahora era la mitad de nada en un mundo sin sentido. 
Julia se fue, dejó de jugar conmigo, ya no cantaba, sus tirabuzones no caían sobre la espalda y los vestidos dejaron de inundar la casa. Sus zapatos no repiqueteaban y yo me quedé vacía. Vacía sin Julia, porque Julia ya sólo era fantasma, un retazo de mi vida que aparece de vez en cuando, cuando me siento en el sillón y la lloro. Cuando me acuerdo de que ya son años y no meses. Cuando me doy cuenta de que han pasado años desde que ella se quedó fría y pálida con una sonrisa en aquella cama. 

Ella aparece delante del espejo sí, pero no es ella, sólo soy yo que me parezco. Tal vez por eso mamá y papá no me quieren. Porque mirarme a mí es aceptar que ya no somos dos, que sólo soy y que yo nunca he podido ser lo que fue ella. Perfecta.

Todos tenemos ese alma gemela. Algunos nacemos con ella....
Pero yo la perdí hace Años desde que no está. Y ahora sólo soy la mitad de nada.