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domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo seis.


  -Tendrías que haberte quedado conmigo... -susurré mientras su cuerpo desnudo se adhería al mío y su mano exploraba mi cuerpo con caricias sin vergüenza. Tal y como había sido en un pasado-. No tendrías que haberte ido...
  -No tenía más remedio -ella suspiró y se alejó de mi para sentarse con las piernas flexionadas y la barbilla reposando sobre las rodillas. La observé mientras su mente volaba en otra dirección, quizás aquel momento en el que nuestros caminos se separaron. Aquel momento en el que ella yacía en el suelo y me pedía huir. Aquel momento donde segundos más tardes no quedaba más que el aroma de lo que un día había sido mi persona favorita en el mundo. Aquel momento en el que ella desapareció totalmente de mi mundo y se convirtió en un recuerdo al que me dirigía cada vez que no encontraba el rumbo para salir de toda esta mierda que me rodeaba. La observé después de tantos años y la seguí encontrando perfecta, su rostro tenía unas arrugas en la frente que parecían ser eternas. Las eternas arrugas del miedo, de la impotencia, pero si no se miraba nada más seguía siendo mi Suhaila-. Créeme cuando te digo que te estuve buscando, es más tú no te acuerdas -sus ojos miran a mis manos inquietas que se mueren por tocarla una vez más-, pero nos hemos visto tantas veces... Me he encontrado contigo a tan pocos metros, te he seguido en tantas ocasiones...
  -Podrías haber hablado, podrías haberte acercado -suspiré mientras el dolor se acentuaba al pensar que tal vez ella no me había echado tanto de menos como yo a ella. Al fin y al cabo después de esa noche, ella volvería a irse y yo me quedaría tal vez un poco más destrozada por haberla tenido entre mis brazos, por saber que seguía viva en alguna parte del mundo y saber que de alguna forma era inalcanzable para mí. Otra vez volvía a perderla. Otra vez tenía que conformarme con su ausencia, con su existencia en mi mente, con ella a kilómetros de mí-. No voy a poder hacerlo... no estar contigo. Me va a resultar el mismo infierno si vuelvo a perderte.
  -Tal vez no tendría que haber venido -dijo ella al mismo tiempo que se levantaba y comenzaba a vestirse-. He sido una estúpida -susurró para sí misma lo suficientemente fuerte como para que la oyera- ¿En qué estaba pensando? -se giró hacia mí mientras se ponía el jersey marrón de lana y dejaba escapar unas lágrimas que era incapaz de contener-. ¡Te estoy poniendo en peligro! -gritó en medio de un sollozo que llenó la oscuridad de la casa e hizo que el pequeño gato despareciera de mi lado-. ¿Sabes? Debes odiarme -ella escupió las palabras con odio y yo me quedé muda, esperando una respuesta a esa ilógica frase-. Naira ese que intenta matarte... Es mi padre.

Respiré varios segundos sin entender lo que realmente significaba aquella frase. A decir verdad la frase no tuvo sentido hasta que la repetí en mi cabeza y oí 'Es mi padre'. Después de eso mi cabeza se volvió frenética intentando recordar si Suhaila en algún momento había hecho mención de un padre psicópata. No, no había hecho mención. Es más siempre había hablado de que llevaba años sola, de que desde hacía siglos ella vagaba sola por el mundo. Suspiré y un click sonó en mi cabeza. Realmente ella dijo que vagaba sola, no que estuviera sola en el mundo. Una pieza encajó en un puzzle que no entendía. La observé mirarme, ella lloraba, yo incapaz de reaccionar pensaba en todos los momentos en que aquel ser, Dámian, lo había llamado ella momentos antes, había aparecido en mi vida. Siempre con sed de sangre, deseando acabar conmigo. Seguí mis recuerdos hasta el primer momento y sin darme cuenta mi mente viajó a un momento que jamás había sido capaz de recordar, tal vez porque la inmensidad de la mente a veces es incapaz de llegar a esos extremos en los que eres únicamente algo que depende de  otro algo (un bebé).

Estaba tirada en el suelo, hacía frío y yo me acurrucaba contra mi madre. Ella intentaba abrazarme mientras respiraba con dificultad. Aún así luchaba por mantenerse con vida, por darme un poco más de tiempo, para no morir de frío. Olía a hierba húmeda, los animales pululaban alrededor pero sin acercarse. Y entonces aparecía alguien, algo, oscuro. El bosque se calló y mi madre hizo el intento de arroparme, esconderme bajo ella. Pero era imposible no oler a la muerte, porque siempre que ésta se presenta aparece con un olor característico, un olor que años después sería capaz de reconocer en cualquier parte del mundo. Mi pequeña nariz, siendo todavía tan pequeña, comenzaba a funcionar deprisa. A decir verdad, cualquier persona habría creído que tenía varios meses de vida, pues en nuestra especie se nace totalmente alerta, todos los sentidos trabajan y el crecimiento va por hora, tal vez sea eso lo que mata a nuestras madres. 
Una vez me explicaron que las de mi especie (únicamente existimos mujeres) crecen por horas hasta tener la apariencia de una niña de dos años, sólo por instinto. Nuestras madres mueren tan repentinamente en el parto, que con el tiempo  -según dicen es evolución, yo digo que es magia-, nuestras especie se obliga a crecer hasta una edad en la que es capaz de comenzar a valerse por sí misma. Mis veinticuatro primeras horas de vida, suponen los dos primeros años de vida de cualquier humano. Con la diferencia de que en nuestro caso estamos solas des del momento cero.
Pues bien, la respiración de mi madre se volvió bruta, grave, hasta que llegó un momento en el que el latir de su corazón se volvió pesado y minutos más tardes este calló para siempre, mientras yo, intentaba pegarme al calor que poco a poco desaparecía de mi ya muerta madre. Lo siguiente que acude a mi mente es la cara de una niña. Un rostro angelical me observa con cierta diversión, en mi mente lo confundo con un ángel.
  -¡Mátala! -pronuncia una voz abrupta que interrumpe el canto que aquella niña me dedica. Sus ojos turquesas me observan fascinada. Miro a Suhaila y encuentro los mismos ojos. El mundo se para y mi mente sigue trabajando.
  -Padre es tan pequeña... -ella sonríe con la sonrisa más dulce del mundo y gira la cabeza en busca de ese olor a putrefacción que arruga mi nariz-. ¿No podemos quedárnosla? -ella pronuncia con inocencia mientras vuelve a mirarme. El silencio se hace presente durante un segundo, mis pequeños pero atentos ojos se quedan con cada pequeña fracción de aquella cara. La nariz respingona, los labios con forma de fresa, el suave toque rosa que inunda sus mejillas. Su olor exquisito. Para nada como el del supuesto padre.
  -Te he dicho que la mates.
  -No puedo -vuelve a girar la cabeza en busca de alguien-, es tan pequeña y huele tan bien... -dice con toda la inocencia del mundo.
Segundos más tarde el olor a muerte me invade, la sonrisa de la niña desaparece y segundos más tarde estoy envuelta en una manta cerca de un árbol. Unos labios que me besan tiernamente la mejilla. Y después nada.

Levanto mi cabeza y la observo. Ella está sentada, es obvio que se ha introducido en mi cabeza a pesar de saber que odio que ande merodeando por mis lugares privados.
  -No me gusta que lo hagas -la escruto con la mirada con recelo.
  -No hablabas -ella me observa con cansancio, saliendo de mi mente.
  -Recordaba la primera vez que te vi -dije como si fuera algo tan obvio como lógico para mí.
  -Eras tan pequeña... -una sonrisa se dibujó en su rostro y durante un segundo sentí que podría perdornarla. Me obligué a no hacerlo-. Tan bonita. Me enamoré en ese instante ¿sabes? Yo quería tenerte conmigo siempre, pero no pude -suspiró y agachó la cabeza-. Le hice prometer a mi padre que jamás te haría daño. Pero Naira yo no soy como tú, no del todo -me observó con los labios entre abiertos-. Pero tú no eres capaz de olerte... Hay algo en ti -sus ojos se cerraron mientras respiraba profundamente-, Hay algo en ti que no existe en ninguna más de tu especie... Tú sangre es diferente.
  -¿Qué soy? ¿Qué eres? -mi voz perdió fuerza al carraspear esas palabras.
  -Soy mitad demonio mitad ninfa -escondió su rostro entre su larga melena-. Mi madre murió en el parto como la tuya... -la miré con odio y ella retrocedió en sus palabras-, como la mayoría. Mi padre ya sabes quien es...
  -¿Qué soy? -volví a preguntar esperando a que me aclarara todo lo que ahora alborotaba mi mente y me hacía más rara de lo que ya era.
  -Mi padre opina que eres hija de una ninfa, pero no creemos que seas humana, tú olor no existe en este planeta. No hay un olor parecido al tuyo. Los humanos son demasiado vulgares para haberte dado ese olor... Creo que tienes algo de ángel.
Exploté en una risa y segundos más tarde lloraba como una niña que acaba de perder a su madre, como una niña a la que habían arrebatado todo. Como una niña que se perdía en un mundo sin sentido al que realmente temía. 
Suhaila se acercó a mí y me abrazó,al principio fui reacia, pero al oler su olor y recordar como realmente me había salvado aquella vez, entendí que ella me quería. Me había querido, me había buscado y me seguía buscando a escondidas.
  -No estás sola... -sus labios dejaron un tierno beso en mis mejillas y mis labios salados fueron al encuentro de sus labios. Me besó. La besé. Eramos las mismas, tal vez no. Pero seguíamos siendo nosotras.
  -Quiero seguir oyendo -me sequé las lágrimas con cierto odio y ella se separó de mí.
  -No sé nada más -se hundió de brazos-. Mi padre se obsesionó contigo, con tu olor y se dedicó años a estudiarte. Todavía cree que no has sacado todo lo que tienes dentro -masculló con cierto odio y suspiró-. Ahora simplemente se está guiando por su instinto. Creo que tiene una teoría pero no quiere compartirla conmigo -apretó los puños-. A veces me gustaría verlo muerto -sus labios se aprietan en una tensa línea y yo le acaricio la mano con suavidad, esperando a que vuelva a hablar-. Me separé de él, cuándo me dijo que había pensado rastrearte y matarte. Me fui sin decir nada y me dediqué a buscarte -una sonrisa fugaz apareció en su rostro-. Te encontré en aquel lago desnuda y supe que te había encontrado, que te había estado amando desde aquel momento. Tú tenías veintitrés años, yo treinta y cinco, luego sabes lo que viene...
  -¿Por qué tanto empeño en mí? ¿Por qué te fuiste? -la observé exasperada y cansada.
  -Te juro que no lo sé, no quiere compartirlo, supongo que sabe que en cualquier caso podría matarlo si llega a tocarte -cerró los ojos-. Sé como controlarlo. Me quiere, no desea que vuelva a irme de su lado y eso lo que te mantiene con vida Naira.
  -Entonces no quiero vivir -las palabras salieron como una verdad irrefutable. Si no podía tenerla, no quería estar en ese mundo.
  -Dame tiempo.
  -¿Más? -me tiré sobre la cama y ella se sentó sobre mí para poder mirarme.
  -¿Tienes prisa? -una sonrisa traviesa atravesó su cara y en sus ojos se encendió una pequeña llama de algo prohibido. 
  -La tengo ahora -farfullé mientras me levantaba y le quitaba la poca ropa que tenía-. Porque te quiero ahora.

En aquel instante mi mente se olvidó de todo lo hablado, su cuerpo parecía ahora un motivo más importante. Mis labios me urgían besarla, mis manos iban al encuentro de su piel desnuda aferradas al deseo de redescubrir aquellos lugares ocultos que ya había profanado en un pasado. Las respiraciones se volvieron superficiales y caóticas a la misma vez que se compenetraban. Mi cuerpo la ansiaba a la misma vez que ella me buscaba. Me dejé encontrar en una cama deshecha, me dejé encontrar sin ropa, ardiente. Deseando que sus labios rozaran cada parte de mi cuerpo que una vez más volvía a ser suyo. Encontré un lugar en el cielo cuando sus manos comenzaron a investigar esos lugares oscuros que se humedecían por segundos con sus caricias. Me instalé en el cielo, cuando mis labios habían recorrido todo su cuerpo y se hicieron con su sabor. Aquel sabor salado que me daba entre gemidos que se intensificaban con cada segundo hasta que su cuerpo se contoneó desesperado y se entregó entera a mí. 

Cerré los ojos y me dejé caer en el cansancio mientras sus manos seguían acariciando mi cuerpo y este recibía oleadas de placer que me impedían dormir.
Sin embargo en algún momento de la noche mis ojos se cansaron, mi cuerpo siguió estremeciéndose pero yo me quedé dormida en los brazos de Suhaila mientras ella cantaba alguna canción. Aquella noche ella, se convirtió en la protagonista de mis sueños y sus caricias se prologaron durante toda la noche adentrándose en mis sueños. No había más que ella.
Desperté a la mañana siguiente, la cama estaba vacía, sólo estaba yo y el pequeño gato que dormía ajeno a todo lo ocurrido en la noche. La cocina olía a café.
Me vestí con una camiseta larga y fui al encuentro de aquella mujer que me había traído con ella el caos, que me había devuelto la vida. No estaba. En su lugar, el café caliente me esperaba, una taza ya utilizada estaba sobre la encimera. Pegada a la cafetera había una nota.
'Prometo volver. No me olvides'.
Me sentí frustada un segundo. Al segundo vertí el humeante café en la taza donde Suhaila había posado sus labios, busqué su olor y bebí de allí donde sus labios habían dejado una señal. Me imaginé besándola, pero segundos más tardes todo lo dicho la noche anterior se apoderó de la mente y el caos dejó de hacerme feliz.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Una pequeña dosis de color para conseguir la liberación.

Hay gente que dice que la vida es fugaz. Que cuando te das cuenta de este hecho, cuelgan más años en tu espaldas de los que ya te quedan.
Yo no soy de ese grupo, yo soy más bien de los que piensan que la vida es demasiado larga. Que llega un punto en el que no hay nada que hacer, es como una pausa. Que llega un momento en el que vivimos en un letargo del que nos es imposible salir. Sí, creo que ya no me queda nada en lo que creer. Ya no me queda nada más que hacer. Ya no hay absolutamente nada que me saque una sonrisa o me haga gritar de emoción. Vivo en un punto en el que soy yo en un montón de recuerdos que no puedo guardar. Soy yo viviendo entre despojos del pasado que me atosigan y me persiguen cuando me despierto, cuando el tiempo pasa y cuando cierro los ojos en sueños.
Pero hubo un tiempo, un tiempo en el que no había límites, donde deseaba que los segundos no pasaran. Un momento en el que era feliz, al menos así creo que se llamaba esa palabra que designa un conjunto de palabras como satisfacción, gusto, contento, suerte...
Sí, hubo un momento en el que yo no podía parar, un momento en el que el tiempo se me escurría entre los dedos y yo luchaba por retenerlo.

Hubo un momento en el que fui muy feliz. En el que lo tenía todo, un momento en el que yo fui el centro de un pequeño universo. El mundo de alguien, al menos eso entendí entre líneas.
En ese tiempo, recuerdo muy bien que todo lo que giraba a mi alrededor tenía unos colores que ya no existen en mi gama de grises. Había unas palabras que ahora no me llenan. Unos gestos -abrazos, besos, sonrisas-, que me gustaban, que hacían que el tiempo volara todavía más deprisa. Por entonces yo era la reina y ella mi mundo. Un mundo al que sólo Nadia le daba significado.

Pero ella ya no está y el tiempo se paró en una frase 'No quiero estar sin ti, pero tal vez estemos mejor solas...' No entendí el significado de esa frase hasta que días después ella se comía a besos a algún rostro que no recuerdo. Entendí que cuando ella había dicho 'Tal vez estemos mejor solas' no se refería al significado literal de la palabra "sola" sino que el trozo de camino que compartíamos se difurcaba y dejaba de ser uno. 
Fue en ese momento en el que el tiempo se congeló, se paralizó y me sumergí en un perpetuo invierno del que sólo salgo de vez en cuando, cuando el dolor que me atosiga por dentro de abre paso entre mis venas.

Miento si digo que la he olvidado, miento si digo que no la extraño, miento si digo que no la quiero, que sin ella puedo avanzar, que sigo siendo la misma. Miento, siempre miento, pero no soy capaz de hacerlo cuando me miro al espejo y éste me devuelve el reflejo de un fantasma, el fantasma de alguien que ya no existe. Que murió en el pasado y que de volver a morir nadie se percataría.

Me miro al espejo, observo que no queda nada de la niña que solía ser. En su lugar, un cuerpo demacrado lleno de heridas que no se ven me observa con desdén. Aunque más que desdén, es miedo, ansia, deseo, dolor. Observo que necesita algo, algo que le ceda un poco de color. Algo que esté cargado de cualquier sentimiento que me regrese a la vida, que me haga persona. Que me saque de este saco de huesos que no siente ni padece exceptuando estos momentos. Estos momentos en los que mi reflejo me mira:
  -La última vez, te lo prometo -dice él. Aquel fantasma que murió un día de verano años atrás.
  -Dijiste que sería la última vez -yo susurro sin ser capaz de mirarme a mí misma.
  -Necesitas ésto -él me recuerda mientras aquella pequeña dosis de vida es acunada entre sus manos-. Te prometo que después no habrá sufrimiento.

Dejándome engatusar cojo aquella cuchilla oxidada de la que nadie se acuerda. Aquella que alguien un día dejó en el armario y no echó de menos. Una pequeña porción de algo, algo que ya no sirve. Algo inútil como yo. Paso el dedo por el filo, un filo de metal frío que se ha enmohecido con los años. Un filo que rasga la piel de mi dedo y deja que la sangre brote. Con cuidado me lo llevo a los labios y lamo la pequeña herida.
Mi reflejo me mira, espera algo de mí. Algo que yo temo. Algo que anhelo, pero de lo que no estoy segura.
  -No seas cobarde -él clava sus ojos sobre mí y sonríe cuando mi mano derecha desliza el filo de la cuchilla por mi brazo izquierdo. Primero despacio y la sonrisa de mi reflejo es pequeña, pero a la vez que la sangre empieza a brotar su sonrisa se ensancha y entonces pienso que ya no puedo. Que el mundo es demasiado, que siempre va a ser una condena en la que ella sólo va a formar parte de mis recuerdos. 
Cierro los ojos mientras entierro el filo de metal en el brazo, la carne cede y se rasga al mismo tiempo que la sangre brota con fuerza para recorrer mi brazo y caer hasta el frío suelo blanco. Observo al espejo. A través de él hay una persona que antes era yo, ahora sólo veo la sed de algo. Una insistencia, tal vez una súplica para que acabe con algo. 
Busco entre recuerdos la fuerza que me falta, algo que acabe por condenarme. Y entonces lo veo claro. Un momento clave de mi vida se abre camino en mi cabeza. Nadia besando a aquella chica, una chica morena de pelo largo. Nadia que se gira. Nadie que me ve. Nadia que gira la cara y vuelve a besarla. Nadia que horas más tarde dice con tono lastimero 'No quiero estar sin ti, pero tal vez estemos mejor solas...' El mundo que pierde sentido. El dolor que finalmente consigue una vía de escape y se escapa entre los cortes que la afilada cuchilla ha hecho en mi piel. 
  -Sabía que lo entenderías -dice mi reflejo con una sonrisa. Una liberación, se abre a mí y mientras mi mente se vuelve difusa, hago el último esfuerzo. Un último corte que vuelve la habitación gris, en una oscuridad infinita.
Ya no hay dolor.


Intenté luchar, pero el miedo es un adversario cruel.
Me superó

domingo, 22 de septiembre de 2013

Capítulo cinco.


Cuando mis ojos se abrieron, éstos pesaban como persianas de plomo y la poca luz del sol que se había escurrido entre las nubes durante la mañana se había esfumado totalmente del cielo. En su lugar, las nubes, menos avariciosas, intentaban ocultar una luna que luchaba por dejarse ver. Era de noche y el gato que había recogido horas antes en el portal dormía enroscado a mis pies formando una enorme bola de pelos negros.
Me levanté con cuidado envuelta en la misma manta en la que me había envuelto nada más llegar.
Segundos más tardes el pequeño felino se desperezaba para darme los buenos días o las buenas noches. 
  -¡Pequeño! -lo cogí en brazos mientras éste ronroneaba y dejaba su olor impregnado en mi piel-. ¿Me he quedado dormida? -el gato me miró con los ojos bien abiertos y en él pude ver mi propio reflejo. Estaba horrible. Pero si ese hubiera sido el único problema, no habría pasado por mi mente quejarme. Pero no era así. Cuando intenté estirar los brazos, un crujido acudió a mis huesos y mis músculos agarrotados me recordaron que dormir bajo el frío de la incesante lluvia no era precisamente una de mis mejores ideas. 
Intenté esconder un aullido y me dispuse a levantarme, cuando vi una sombra sentada en el sofá. En ese mismo instante, mi cerebro luchó por despertarse e intentar hacer una lista de las posibles personas que podían estar sentadas allí: Él, el dueño del gato, El casero y Julia. Taché inmediatamente a Julia, el dueño del gato y al casero. Dado que la primera no sabía nada de mí. El segundo quizás no me conocía y el tercero no solía pasarse por la habitación.
Lo pensé más detenidamente mientras mi respiración se aceleraba y encontraba que el oxígeno de aquella habitación no era suficiente para mantenerme consciente. Las pulsaciones cogieron velocidad y mis músculos se quedaron paralizados hasta el momento en que una voz llegó a mí.
  -No pensé que fueras a darme la bienvenida de esa forma -perdí el conocimiento durante un segundo. El segundo más caótico de mi vida y mientras reconstruía en mi mente la frase que acaba de escuchar y la asociaba a aquella dulce melodía que sonaba ausente, mi cuerpo respondió a un impulso que no identifiqué y se abalanzó hacia el sofá donde Suhaila me esperaba a oscuras. Alumbrada con la tenue luz de la luna.

El silencio se hizo mientras yo asimilaba la idea. Suhaila había venido hasta mí de nuevo. Ya no tenía que echarla de menos, porque había decidido recorrer los recovecos de mi mente una vez más.  
Mis brazos fueron al encuentro de su cuello y mi nariz se adueñó de un olor. Un olor que no me era familiar. Mi mente había recopilado cada uno de sus olores, formando millones de fragancias para mí. Cada una para un momento determinado. Cada una, única y sólo mía. Podría haber reconocido cualquier olor que emanara de ella, pero no aquel. Aquel olor no rondaba por ninguna esquina de mi cabeza. Y en ese determinado momento el olor llegó a mi a través de un recuerdo no muy lejano, "Nunca he jugado limpio", dijeron aquellos ojos que no alcancé a ver. 
  -Estás viva -mis labios pronunciaron unas palabras que no entendí hasta que ella se levantó y me abrazó sumergiendo su tez pálida entre mi pelo todavía húmedo y apoyando el peso de su cabeza sobre mi hombro-. Esto no es un sueño, esto no es una alucinación. Mi mente no te ha creado -dije finalmente comprendiendo mis palabras a la misma vez que estás salían como agujas que rasgaban mi piel.
  -Estoy aquí -dijo ella en un susurro mientras me abrazaba fuerte y respiraba en mi cuello provocándome un profundo dolor que calaba hasta mis entrañas y se instalaba cerca del pecho.
  -Creía que habías muerto -dije asimilando la situación-. Yo te vi tirada en aquella calle, tú me pediste que huyera y cuando llegué no había nada, sólo quedaba un olor que poco a poco se perdió...
  -Es una historia muy larga y no tengo tiempo -dijo mientras se separaba de mi y me miraba-. No sé en que quieres gastar el tiempo, pero no quiero hablar...
  -¿No quieres explicar por qué desapareciste? ¿Por qué me dejaste sola? ¿Por qué no dejaste una pista? ¿Por qué no has dado señales de vida? -me alejé de ella y me acerqué hasta la lámpara de pie para encender la luz. 
Una luz tenue alumbró la habitación y mientras el pequeño minino se paseaba entre mis piernas para que lo meciera entre mis brazos. Yo miraba a Suhaila con furia. Jamás podría perdonarla. Había llorado tanto, había extrañado tanto a un fantasma que ahora la Suhaila de verdad, la de carne y huesos no me gustaba. Ella seguía siendo la misma de ojos enormes con pestañas infinitas. Su rostro seguía siendo el de una niña que nunca llegaría a ser mujer. Su cuerpo seguía siendo el mismo cuerpo que parecía haber sido esculpido con un cincel a pequeños golpes. Su pelo azabache seguía cayendo sin un orden fijo por su espalda. Aquella noche Suhaila estaba de pie delante de mí, vestía un jersey marŕon oscuro que a pesar de no marcar sus curvas le quedaba como a una modelo de portada, unos vaqueros oscuros colgaban de su cadera y se ceñían a sus piernas sin límites. Aquella noche, Suhaila había cambiado sus zapatos de tacones por unas deportivas. Seguía siendo la misma o al menos lo podría haber aparentado si el mar que tenía por ojos hubiera brillado. Habría sido la misma si los colores de su ropa hubieran rebosado vida. Si sus labios de fresa no estuvieran torcidos en una mueca seria. Hubiera sido mi Suhaila si la felicidad viviera en ella. Pero aquella no era la muchacha que yo había conocido noventa años atrás, aquella sólo era la imitación de lo que solía ser. Una mala imitación que no conseguía convencerme.
  -¿Qué quieres? ¿Por qué vuelves ahora? -mis labios articularon palabras que yo no pensé.
  -Porque no sé cuando podré volver a verte -su susurro fue lastimero y algo en mí se partió a trozos cuando sus ojos se inundaron de lágrima invisibles.
  -¿Por qué? -mi pregunta se perdió en un susurro mientras mi mente se callaba y el corazón cogía el relevo.
  -Porque si paso un segundo más lejos de ti, entonces mi vida carecía de sentido.
  -Podrías haber venido antes... -susurré mientras poco a poco me derrumbaba esperando a que ella me acogiera entre sus abrazos.
  -Créeme si te digo que lo he intentando -su voz se apagó y yo supe que a lo lejos de esa frase sólo había verdad, una dura verdad-. Pero sólo habría conseguido ponerte el peligro.
  -¿Peligro? -pregunté al mismo tiempo que esos ojos que me había arrebatado a la chica que estaba delante de mí aparecían por mi mente.
  -Dámian -escupió el nombre-. Por eso necesito estar aquí hoy -dio un paso hacia adelante y cogió mis manos con tanta suavidad que durante un segundo creí que aquel momento no era más que un sueño, en esta ocasión un doloroso sueño del que quería despertar.
  -No entiendo...
  -Sólo hazme caso -sus ojos se fijaron en mí y ella apretó mis manos entre las suyas. Me sentí cómoda en cuanto su calor pasó a mi cuerpo y mi cuerpo pareció revivir de una eterna oscuridad vacía-. Vete mañana y nos volveremos a encontrar. Pero para eso debes irte -sus ojos me insistían con urgencia y yo supe que lo que ella decía no era una mera advertencia, sino que detrás de aquel aviso se escondía una promesa.
  -¿Qué será de ti? -pronuncié sin estar segura de si la respuesta sería de mi agrado.
  -Estaré bien -sonrió sin felicidad alguna.
  -¿Me lo prometes? -ella asintió y luego se dirigió hacia la puerta por donde había aparecido horas antes.
  -Prométeme que cuidarás de ti -me miró a los ojos y sentí que de alguna forma volvía a perderla sin poder remediarlo una vez más-. No puedes rendirte -negó con la cabeza intentando anegar las lágrimas que ya se dejaban ver-. No puedes hacerlo -su voz se rompió y en ese instante yo me desmoroné-, porque tenemos que volver a estar juntas -me deshice de todo el rencor falso que había intentado acumular. Perdí todo odio inventado y la abracé al mismo tiempo que cerraba la puerta y la atraía hasta mí dejando caer la manta que me había envuelto. Ya no necesitaba el calor artificial que aquellos pelos me daban. Sólo necesitaba que los brazos de Suhaila me envolvieran para no dejarme ir y que su cuerpo se acurrucara de nuevo junto al mío como si no hubiera mañana.
  -Tengo que irme -pronunció.
  -No ahora.

Mis labios fueron a ese deseado encuentro que sus labios me prometían. Unos labios que en un pasado me habían brindado la plenitud del cielo. El éxtasis de la paz y esa sensación frenética que te produce el tacto de esa persona que tanto ansías. Y entonces todo perdió sentido. Unos labios que se unieron, la fuerza de seguir hacia adelante, una lengua que forzaba el tiempo para encontrarse con la otra. La intrusión de mi lengua que volvía a saborear el pecado de sus labios. Sus manos que quemaban sobre mi piel desnuda y esa sensación de no poder acabar. No en aquel momento. No en aquella noche.


Prometo esperarte en los kilómetros de la distancia, en la oscuridad de la noche,
en el vacío de los recuerdos. Y cuando ya no quede nada, seguiré esperándote todavía.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Capítulo cuatro.



La niebla comenzarse a hacerse tan espesa que mis pulmones comenzaron a temblar ante la falta de oxígeno, un falta de oxigeno irreal, pero que congelaba cada centímetro de mi cuerpo. El palpitar de mi corazón se volvió frenético e incoherente hasta el punto en que ese pequeño órgano se desbocó e intentó saltar de mi pecho en alguna dirección lejos de aquel bosque. Lejos de aquella niebla, lejos de aquella tormenta que calaba mis huesos e impedía los movimientos más básicos a mi cuerpo.
Yo observé mientras poco a poco el miedo me paralizada y mi cuerpo dejaba de ser mío para ser de alguien, tal vez de la nada, tal vez de la muerte, la vez de esos ojos rojos que me acechaban a lo lejos. Medité durante lo que pareció una eternidad. Pensé acerca de lo que aquel momento significaba para mí, y encontré que sería exquisito acabar en este momento con todo lo que me envolvía, aunque la muerte fuera lenta y dolorosa. 'Todo por desaparecer...' Me dije a mi misma mientras apoyaba las manos sobre el suelo y dejaba a mi cabeza aislada de todo pensamiento.
Me había rendido. Lo había hecho porque ya me faltaba valor para continuar, porque no existían ningún motivo aparente. Me dejé caer porque aquel pozo llamado muerte, el silencio, el no ser nada, el dejar de existir, era una sensación a la que quería acudir.
Mientras mi cabeza se desconectaba, sentía sobre mí aquellos ojos que no dejaban de acecharme. La lluvia no parecía ahora un tema interesante. Sólo él, yo y aquel exquisito sabor que él podía concederme. Me cedí a la nada y ésta acudió a mí.
Mi mente se relajó mientras mis músculos agarrotados luchaban contra el incesante frío que parecía acuchillar cada porción de piel por muy pequeña que fuera. La lluvia no se acababa, sin embargo hubo un momento en el que ya no sentí nada. 'Tal vez estás muriendo', me dije a mí misma mientras intentaba sonreír en un intento fallido. 'Tal vez éste es el deseado fin, que tanto anhelabas'. Intenté callar a mi mente, y aunque esta siguió hablando para sus adentros, mis oídos fueron capaces de oír porciones de una conversación no muy lejana.

  -No sería un juego limpio -dijo una voz femenina que me parecía conocida aunque no del todo porque era ensordecida por la violenta lluvia.
  -Nunca he jugado limpio -una voz ronca que no conocía respondió con lentitud.
  -No sería un juego entonces -la mujer le reprochó ocultando lo que parecía ser un motivo más importante-. Tú juego se acabaría y no lo habrías aprovechado.
Después de esta frase sentí dos pares de ojos sobre mí, dos pares que me observaban y de alguna forma sentí que aquella muerte, que sólo era mía, me había sido arrebatada. '¡No, Matadme! ¡Hacedlo! ¡No me dejéis aquí! ¡Hacedlo como queráis, pero arrancarme de este mundo sin sentido!' Intenté gritar, pero las palabras sólo sonaban como gritos en mi mente. Unos gritos que no llegaban a ninguna parte. Quise levantarme y acercarme a ellos para pedir clemencia, pero mis gritos sólo eran susurros que mi boca no quería pronunciar. '¡Matadme!', supliqué sabiendo que ellos no me oían.  
Lo que le siguió a aquella conversación entre dos desconocidos y a mi monólogo mental, fue un poco difuso. Unos pasos se alejaron ocultados por las gotas que no paraban de bailar sobre mí, otros pasos, unos pasos danzarines, unos pasos suaves, se acercaron hasta mí en silencio y se pararon cuando estuvieron a mi lado. Quise abrir los ojos, pero el cansancio que el miedo me había provocado, junto con la confusión me lo prohibía. Permanecí atenta ante cualquier gesto. Unos gestos que esperaba que acabaran con esta vida que tanto carecía de sentido. En cambio, una mano recorrió mi pelo y una voz que yo no conocía habló entre susurros hasta que finalmente dijo algo que yo pude oír.
  -No te dejes caer -una voz susurró en mi cabeza. Un susurro que parecía no provenir de mi mente, pero un susurro cuya voz se llamaba Suhaila-. No me abandones ahora que estamos tan cerca.
Después de esas palabras el cuerpo despareció de mi lado y yo continué inmóvil, presa del miedo, de la fascinación, de la sorpresa y presa de un frío que me agotaba hasta la médula.

Desperté cuando la tormenta se había apaciguado. Cuando el bosque comenzaba a desesperezarse y el viento se había convertido en una brisa suave que me abanicaba en todas dirección. Abrí los ojos con cuidado, cuando me encontré tumbada bajo un árbol. Intenté estirar los brazos, pero miles de punzadas me recorrieron de arriba abajo y creí que sería imposible volver a mover un sólo músculo en la vida. Pero no lo fue. Mis párpados. unos párpados que pesaban como el plomo se abrieron con lentitud y observé que seguía siendo el mundo donde había estado estancada tanto tiempo. Mi cuerpo intentó obedecerme en un intento de poder moverse. Pero el frío había hecho estragos y mis huesos se movían entre miles de crujidos que parecían prometer un dolor eterno del que no me recuperaría. Permanecí sentada varios segundos repasando cada movimiento del que había sido testigo a medias. Unos ojos rojos, los ojos rojos, que me perseguían de día y noche. Unos ojos que siempre habían querido acabar conmigo, me habían condenado a la vida, porque una voz que ya no sonaba demasiado real le había pedido clemencia por mí. Un hueco blanco se abría en mi mente después de eso, y no era capaz de recordar nada más que un sueño absurdo en el que Suhaila me abrazaba y me traía hasta el mismo árbol donde me encontraba. Sacudí varias veces la cabeza al mismo tiempo que las vertebras de mi cuerpo sonaban al unisono.
  -Decididamente dormir al aire libre en noches de tormentas no me favorece -me levanté con cuidado intentando ignorar el dolor que inundaba mi cuerpo. Dejé a un lado todo lo que había pasado en las horas anteriores, dando por hecho que no había sido más que un sueño. Un sueño donde esta vez aquel asesino de ojos rojos decidía no matarme-. ¿Cuánto llevaré durmiendo? -me pregunté sin tener demasiado interés. Miré al cielo con la intención de que el sol me lo dijera. Este no dijo palabra pues estaba atrapado en una prisión de nubes que no querían compartirlo. Cansada dirigí de nuevo la mirada hacia abajo y en la arena, una arena húmeda, había lo que parecía un mensaje para mí: 'No te rindas ahora'. Pensé varios segundos acerca del mensaje, des del lado lógico, parecía cosa de Suhaila, la letra era la misma, un trazo uniforme y rápido que le daba personalidad a las letras de forma individual y a la palabra en conjunto. Podría ser lógico, si Suhaila no estuviera muerta. Por otro lado y no menos confuso, ¿Podría ser de nadie? ¿Podrían haber sido los autores esos ojos rojos? ¿Se estaba riendo de mí? Me obligué a pensar que todo lo ocurrido no había sido más que un sueño, nada tenía coherencia. Si aquello hubiera sido real, mi fiel rastreador habría acabado conmigo en milésimas de segundo. Ni siquiera me habría dado tiempo a rendirme. Él simplemente me habría ejecutado tal y cómo había hecho con Suhaila.
Suspiré varias veces mientras que en mi mente se instalaba un profundo dolor de cabeza debido a la confusión de la situación. Las cosas no habían sido coherentes, lo que me había llevado a creer que todo había sido una alucinación debido al cansancio que atosigaba con derrumbarme. Mi peor pesadilla delante de mí a pocos metros, una voz conocida que le pedía clemencia por mí. El vacío blanco que a esto le siguió y el mensajes en la arena. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Me había vuelto loca? Negué varias veces para intentar sacarme de la cabeza todo aquel sueño estúpido. Con un pie pisé aquella nota, que tal vez ni siquiera iba dirigida a mí y ésta se desvaneció como si nada hubiera ocurrido. Miré a mi alrededor y no había nadie. El miedo no existía y sólo estaba yo entre la niebla eterna que encarcelaba a mi mente y me encarcelaba a mí. Caminé en dirección a la ciudad una vez más tal y como había huido de ella horas antes.
  -Todo ha sido un sueño -me dije a mi misma mientras caminaba-. Un sueño donde Suhaila luchaba por ti como siempre había hecho -hice una pausa-. Tal vez soy sonámbula -me dije pensando en la nota-. Estoy explicaría el hecho de la nota y el encontrarme debajo del árbol.
Caminé durante un rato hasta que las personas comenzaron a rodearme con sus paraguas de colores que los ocultaban de una lluvia invisible para mí. Tal vez era el hecho de que estaba tan mojada que no era capaz de sentir las gotas sobre mí, tal vez los estúpidos humanos creían que una capa de lluvia fina acabaría con ellos. Seguí caminando entre gente que me ignoraba y gente que me miraba horrorizada como quien mira a un monstruo que acaba de ser descubierto. 'Si ellos supieran de monstruos reales que difícil sería el mundo...' Seguí caminando hasta mi nuevo hostal y saludé al pequeño gato que con cierta duda se paseó entre mis piernas intentando no rozarse con el agua que me cubría.
  -Hola pequeño -dije con la voz más dulce que pude, aunque la ronquera hacía este intento un poco imposible-. ¿Dónde estará tu dueño? -intenté susurrar mientras éste maullaba-. Ven pequeño -lo cogí en brazos y subí las escaleras hasta la habitación 232, que era la mía. Una vez dentro llené un pequeño tazón de leche y me deshice de la ropa para envolverme en una manta de pelos y tumbarme cerca de la chimenea. El calor salvó mis músculos y éstos comenzaron a relajarse. Respiré lento y profundo dos veces cuando de pronto alguien llamó a la puerta. Quise ignorarlo, pero entonces la puerta comenzó a vibrar como si ésta fuera a venirse abajo. Me dirigí a ella intentando controlar mi enfado para no hacer volar a quien fuera por la ventana.
  -¿Quién coño es? -dije al mismo tiempo que abría la puerta. Sólo me dio tiempo a exhalar una sorpresa cuando mi cuerpo dejó de obedecerme y se desplomó sobre el suelo enmoquetado.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cerca del lago.

Caminaba bajo la lluvia cubierta con un paraguas verde. Intentaba pisar todos los charcos que encontraba en mi camino por el mero hecho de regresar a aquellos tiempos en los que inundar mis zapatos era mi pasatiempo favorito. Ya no lo era, mis pasatiempos habían adquirido un tono diferente, unas palabras diferentes y una madurez que se adquiere con el tiempo. Sin embargo siempre existe esa sensación de placidez cuando las botas de agua se hunden en esos charcos que inundan la calle. Como la suela provoca que el agua vuele por todas partes y esto conlleva a que los pantalones acaben adquiriendo una tonalidad más oscura.
Aquella tarde yo me cubría bajo mi paraguas verde, para darle una pizca de color a aquella tarde tan oscura. Aquella tarde que tanto me gustaba, pero aquella tarde fría que me hacía tener la necesidad de estar entre aquellos brazos tan cálidos que una vez me habían arropado. Tranquila, pronto sus labios te arroparán. Me obligué a decir a mi misma mientras aceleraba el paso.
Caminaba sin prestar mucha atención cuando vi a Ana en aquel lugar que marcó mi vida para siempre, un lugar donde no habíamos quedamos. Donde a decir verdad, nunca habíamos quedado. La vi de lejos y sólo de reojo y aún así supe que aquella melena caoba que bailaba bajo un portal abrazando a otra persona, era mi persona. El amor de mi vida.
Me quedé allí mirando durante un segundo, intentando convencerme o justificar quién sabe el qué 'Sólo es un abrazo. Un abrazo como los que el sol me da por las mañanas. Pero un abrazo...'. Un abrazo como el que necesitaba en aquel instante. 
Esperé con paciencia, esperando a que alguna de las dos se dignara a mirarme, a que alguna reparara en mí, pero en vez de eso el amor de mi vida -Ana-, sonrió mientras quitaba algo de aquel rostro que no conocía, que no era el mío. Segundos más tardes sus dedos se entrelazaban, tal como los nuestros  lo habían hecho. 'Sólo son manos, dos manos, que se tocan. Dos manos que se tocan como ella toca las mías. Pero dos manos...'  No me dio tiempo a acabar la frase porque mis ojos siguieron contemplando aquella escena y entonces sus labios, esos que eran míos se fundieron con otros labios desconocidos. 'Es sólo un beso, un beso como los nuestros. Pero sólo un beso'.

Recuerdo que después de ese beso, mi paraguas cayó al suelo y mi corazón lo acompañó en un charco de lágrimas. Un charco poco profundo que reflejaba el rostro de aquella que era yo, una muñeca que se resquebraja con cada segundo que aquel beso duraba. Una muñeca que se resignó y fue fuerte. Una muñeca que cogío su paraguas y siguió caminando hasta aquellas escaleras donde ellas habían quedado. Esperé varios minutos y a la hora exacta Ana apareció con una sonrisa mientras inundaba mis labios de besos. De unos besos que ya había compartido aquella tarde con alguien que no era yo.
El resto de la tarde es algo difusa. Lo poco que recuerdo me inunda cuando acudo a aquel momento.
Yo me ahogaba, mientras ella hablaba, sentía que poco a poco me partía en miles de pedazos que no querían unirse. Sentía como el suelo se abría bajo mi y como mi vida se desvanecía en un mundo que ahora parecía basado en mentiras. Ella hablaba pero yo no oía, porque mi mente iba al encuentro de sus labios con esa chica.
  -¿Te pasa algo? -su tono de preocupación inundó mi mente. Yo sonreí mientras negaba e intentaba ser fuerte. Esperé pacientemente a que ella me explicara su confusión. Quería oír algo tan simple como 'Lo siento me confundí de rostro'. Sólo eso y yo le habría perdonado sin darle tiempo a acabar la frase. Sin embargo ella continuó hablado, yo continué muriendo y en un momento dado el vació se apoderó de mí y me convertí en esto que soy ahora.
  -La verdad es que sí -dije mientras sus labios paraban de hablar y su rostro me observaba con un duda que era desvelada poco a poco. Ella lo sabía, debía saberlo-. ¿Te has confundido de persona?
  -Así es... -dijo ella con la voz entrecortada mientras miraba la punta de sus zapatos.
Yo sonreí al saber, que ciertamente no me había equivocado. Ella se había confundido, no había besado aquellos labios porque sí. Una sensación de placidez inundó mi cuerpo y el frío dejó de calar mis huesos al mismo tiempo que uno de sus besos cerraba ese vacío abierto.
Cuándo nos despedimos, ella lucía como siempre, yo lucía como siempre. Y realmente era feliz. Feliz porque me amaba, porque se había confundido y no iba regalando besos a nadie. Era feliz porque era sólo mía.

Pero no todo lo que reluce es oro y no todo el oro es de buena calidad. 
No me regañes por esto, simplemente creí que era mejor acabar toda esta confusión siendo feliz. 
Ella me quería y así lo dijo. Yo la quiero tanto que no puedo concebir la idea de perderla. 
No me odies mamá, pero prefería acabar con esto a que ella lo hiciera.
Me encontrarás en aquel árbol cerca del arrollo donde pasábamos los veranos. El columpio no está, pero la cuerda sigue ahí.
Te quiere, tu niña.



Porque hubieron mentiras que rompieron la cuerda.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Capítulo tres.


Al salir de aquellos brazos que me habían transportado a un mundo de placeres que mucha gente suele encontrar prohibidos. Me encontré desorientada en una realidad donde esos besos no parecían haber transmitido mucho más que frío. Me sentí traicionada por mí mima, por intentar mentirme e intentar creer que sacaría algo bueno de aquellos labios que ahora parecían tan insípidos, tan del montón.
Caminé varios metros intentando averiguar la hora, pues realmente no tenía ni idea de cuánto tiempo había estado en aquella cama con Julia, con aquella niña con cuerpo de mujer. Pero no había nadie a quien preguntarle, ningún reloj que me la revelara, por lo que la desorientación comenzaba a agobiarme poco a poco, porque aunque el tiempo sea algo relativo para mí, tengo un impulso, una necesidad casi natural de controlar el tiempo. Tal vez porque espero algo, tal vez porque no tengo nada que hacer aparte de vagar calle tras calle observando miles de humanos que parecen saber lo que quieren sin tener una mera idea de lo que realmente buscan. Cara de gente que se conforma, cara de gente que acaba ridiéndose dejando el camino a la mitad. Casi como yo, pero más simples.

Llevaba lo que me parecían horas caminando de un lugar a otro. Viendo calles desiertas invadidas por personas que intentaban buscar un último sitio abierto donde acabar de ahogar las penas o simplemente intentar ahogarse a sí mismas. Otras corrían como si llegaran tarde a algún sitio. Otras simplemente paseaban en pareja, riéndose, siendo felices. Sin nada en el mundo que los atormentara.
Yo caminaba sola, sola como siempre. Sola en una madrugada que comenzaba a volverse furiosa. Una madrugada donde las nubes grisáceas se apoderaban del cielo raptando a la luna y a las estrellas y reteniendo a un sol que comenzaba a dejarse ver a los lejos, tras las montañas.
Yo caminaba esperando una señal, la típica señal divina que en las películas cambia las vidas de los protagonistas. Esa mirada en la que entiendes que eres amada. Ese accidente donde te das cuenta que amas, esa despedida dónde decides que irás hasta el fin del mundo con ella. 
Espero una señal que nunca llegará, una señal que resultaría irónica, pues si apareciera yo nunca podría interpretarla de alguna forma, porque la única manera de estar con esa persona que tanto anhelo es la muerte. Y decididamente esta parece no ser una opción para mí.

Sol que no aparece, pero envía sus abrazos hacia mí. Un calor que es vencido por la espesura de la niebla. Una niebla que se intensifica a cada segundo y es acompañada por una brisa agobiante que amenaza con devorarme. Las primeras gotas que caen con suavidad espantan a la mayoría de gente hasta los portales más cercanos. Hasta unos abrazos que ceden su calor a la otra persona. Y de pronto en menos de media milésima de segundo el infierno se desata sobre mí. Y no queda nada en la calle, sólo yo y mis penas. Sólo yo y un mundo extraño. Sólo yo y la tormenta que ha ganado esta vez a la calma.
Miro hacia todos los lados y cuando no veo sombras, cuando estoy segura de que nadie me mira. Desplego mis alas y recorro el cielo. Un cielo que parece infranqueable, un cielo que parece no querer dejarme avanzar.
Llego hasta el bosque donde la vi la última vez. Ella no está, Suhaila está tan enfadada conmigo que no creo que me perdone. No, nunca lo hará, ya sólo es un fantasma que se ha estancado en mi cabeza.
Comienzo a llorar y la tormenta se acentúa. Las gotas me acompañan, mientras recuerdo aquella última noche que pasé con ella.

  -Tendrías que tener más cuidado -Suhaila estaba algo molesta porque horas antes yo había desaparecido sin decir nada y aquello era profundamente irritable para ella.
  -Tú tendrías que dejar de comportarte como mi madre -la miré con desdén, buscando las palabras para acallarla durante el resto de la semana-. No eres quién para preocuparte...
  -¿Y entonces qué soy para ti? -su pregunta fue un susurro que se fundió con la suave brisa de verano.
  -Compañía.
Su boca se frunció en un tensa línea y sus ojos, unos ojos turquesas e inmensos desviaron la mirada de mí. Huyeron de mi lado hasta que horas después se acercaron a mí con el dolor de quien se ha visto traicionada por alguien importante. Yo la observé esperando una sola palabra, algo que me avisara de lo que rondaba por su cabeza. Esperaba un 'Adiós, he tenido suficiente'. Sin embargo sus brazos rodearon mi cintura y sobre mi hombros sus lágrimas cayeron. Me derrumbé en aquel momento mientras sus sollozos intentaban ganar a la calma.
  -No sigas por favor -susurré cerca de su oído mientras peinaba su pelo-. Lo siento.
  -Siento que te pierdo.
  -Estoy aquí -la apreté contra mi, sin embargo ella huyó y me miró con aquel trocito de mar que poseía por ojos.
  -No me refiero a eso -ella me observa con los ojos llorosos y el azul de éstos todavía parece más bonito. Me odio por hacer que sus ojos resplandezcan por mi culpa-. Es que... -suspira y se entretiene mirando sus pies desnudos mientras en alguna parte los búhos ululan-. A veces creo que me quieres -la voz de Suhaila tiembla mientras sus manos se entretienen con un mechón de pelo-. Pero luego sueltas cosas como las de antes, o simplemente me ignoras, me evitas o impides que me acerque y siento que te pierdo...
Me quedo callada durante lo que parecen siglos. Mientras mi cabeza piensa yo me obligo a huir. Huir porque realmente me importa aquella chica de pelo azabache y ojos claros. Porque realmente quiero tenerla cerca, pero sé que eso sólo conllevaría una y otra decepción. No sé querer, o tal vez sí, pero no demostrarlo. Tal vez todo lo que ocurre es que no estoy acostumbrada a que la gente quiera protegerme o quiera cuidarme tanto tiempo. Tal vez diez años no son suficientes para que yo comience a confiar en el hecho de que se preocupe. Ahora o nunca, me digo a mi misma.
Observo a Suhaila mirarme y sin darle tiempo a nombrarme la pierdo de vista en cuanto mis alas aparecen y me elevo en el cielo mirando hacia el horizonte.
'Estúpida, estúpida, estúpida. No creas que vas a volver. La has hecho llorar una vez, una vez más tú la has hecho llorar y luego te has ido como si no te importara, ¿Es que no te importa? ¿Cuánto tiempo necesitas para ser valiente y admitir que la quieres? ¿No has estado demasiado tiempo sola? Con ella lo tienes todo. Eres feliz. Se preocupa. Tenéis algo mágico, especial. Ella te lo da todo...'
Mi propia cabeza comienza un monólogo que parece no tener fin. Yo intento ignorarme y cuando finalmente lo hago, me encuentro en el límite del bosque, sola. Porque los animales parecen haber huido y no hay un solo ruido a parte de mi respiración y la de los árboles. 
Dejo que la punta de mis pies toque el suelo húmedo y me calzo los zapatos en medio segundo, después abandono aquel bosque camino a la ciudad. Una ciudad muy diferente a las que existen en estos tiempos, si la gente de ahora hablara sobre aquellos tiempo, hablaría del pasado. 
Pero para mí, aquella época era el presente. Un presente donde lo importante era lo futurista. Una época donde la velocidad adquiere una gran importancia en la vida y donde la mujer empieza a realzar su silueta, con prendas de miles de colores que inundaban unas calles desiertas después de la Gran Guerra.
Éramos más fuertes por entonces. Al menos las personas lo creían, se conformaban con menos y un bonito sombrero era el regalo perfecto del hombre que realmente amaba a su mujer.
Fueron los años de la mujer, donde una mujer moderna empezaba a preocuparse por ella. A disfrutar de vicios que jamás había podido concederse, donde los pintalabios carmín -carmín como el de julia- manchaban un cigarro mientras ellas bailaban canciones de jazz hasta la madrugada mostrando todos sus encantos en un escote infinito.
Aquellos años fueron los mejores para mí. Noches eternas donde Suhaila me arrastraba a cualquier lugar donde hubiera música. Noches en las que me obligaba a bailar y dejaba su pintalabios rojo marcado en mis labios a escondidas. Noches en las que siempre sonreía mientras las sedas, las medias y por entonces el nuevo invento -los sujetadores-, se adherían a su cuerpo dándole la bellísima silueta que ella poseía. Una silueta de la que me apoderaba cada noche hasta que los primeros rayos del sol entraban por nuestra habitación.

'Lo tienes todo' me dije mientras caminaba entre mujeres que paseaban. Miles de colores inundaban las calles. Aquel día igual que el anterior y el anterior y el de mañana era una fiesta que se debía celebrar. Una fiesta donde las mujeres eran protagonistas. Fue en ese momento. En el momento en que dos mujeres tomaban un café en una pequeña terraza decorada con algunas flores y mesas y sillas de metal, en que la extrañé y quise ir a por ella. Cómo la extrañaba cuando no estaba conmigo. Cómo la deseaba cada noche. Pero cómo temía que fuera mi más pura necesidad y vicio durante toda la vida.
No hizo falta ir a buscarla. Cuando me giré para deshacer el camino. Ella me miraba desde detrás. Esta vez tenía una sonrisa en el rostro. De alguna forma estaba segura, de que esa sonrisa venía dada por mí y de pronto me sentí como una niña pequeña que quiere más.
  -Sabría que irías a buscarme -una burla apareció en el filo de la frase. Pero no me importó. Yo debería haberlo sabido. Realmente no tendría que haberla dejado allí-, no sabía cuándo, pero volverías...
  -Demasiado lista señorita -dije mientras la cogía de la mano y corríamos como niñas por las calles hasta nuestro hostal. Una vez en la puerta me giré para mirarla. Lucía impecable aunque no estaba arreglada. Lucía tal y como me gustaba, al natural. Lucía feliz de nuevo, como si nada hubiera ocurrido y aquella sensación de vacío que se creó al dejarla en el bosque se llenó en cuanto su cuerpo desnudo compartió cama conmigo.
  -Me vas a volver loca -dijo ella mientras acariciaba mi pelo.
  -Espero que puedas aguantarlo -dije mientras oía su corazón latir. No había nada que me gustara más que oír aquel latir. La vida estaba en ella y era magnifico sentir su palpitar rápido cuando estaba tensa, cuando estaba nerviosa, cuando estaba desnuda entre mis brazos. 

Esa misma noche mi suerte cambió. Suhaila, aprovechó la tarde para hacer de mí un experimento de muñeca y yo que sentía que se lo debía me dejé en sus manos. Unas manos que me volvieron irreconocible cuando me miré al espejo. Suhaila había tejido con mi pelo caoba una trenza que luego había convertido en un recogido. Un vestido color negro con demasiado encaje mostraba demasiado de mi cuerpo. Y mi cara era la misma cara, pero un poco menos pálida, con más color y unos ojos negros más pronunciados. Accedí a ponerme zapatos de tacón aquella noche y cuando estábamos a punto de salir. Me obligué a mirar a aquella preciosa mujer que estaba conmigo. Llevaba el mismo vestido en gris. Sin embargo a ella el vestido le hacia demasiado bella. Su cara iba un poco menos maquillada de la mía y aún así ella seguía teniendo un rostro mucho más lindo. Había dejado su pelo suelto, pero se había recogido parte de él bajo un sombrero. Me sentí un poco celosa de tener que compartirla cuando la vi caminando, prácticamente bailando con los tacones por la calle. Su caminar era como una danza, una danza a la que yo no tenía acceso. Una danza que no quería compartir con nadie.
  -¿Qué te pasa? -preguntó ella a varios metros de mí mientras reía-. ¡No llegaremos nunca como sigas caminando así!
  -Estos zapatos no tienen equilibrio -bufé mientras intentaba abrirme paso entre las parejas que caminaban por la noche.
  -No tienes equilibrio tú -dijo ella entre una risa melodiosa mientras se acercaba y me cogía de la mano para tirar de mí-. Te dije que tendrías que acostumbrarte.
  -Tengo tanto a lo que acostumbrarme...

Y así pasó la noche, entre copa y copa, bar y bar. Entre caras que no conocíamos, caras que no pretendíamos conocer. Cigarrillos que se acababan e inundaban la atmósfera haciendo que Suhaila y yo nos agobiáramos. La noche pasó, pero cuando decidimos volver, las estrellas seguían estando en su lugar. Ella seguía radiante mientras que de mí sólo quedaba un resto de lo que ella arregló con los pies doloridos. Caminamos por la noche, mientras sus zapatos repiqueteaban en la calle de piedra y los míos colgaban de mi mano libre...

El tiempo pasa sí, pero ¿Por qué debería olvidar todos esos momentos?

Regreso a la realidad cuando mi corazón parece desbocarse. Entiendo que aquella parte de mi mente es un pozo sin fin al que no debería acceder. Mejor quedarme con lo bueno. Con sus besos que eran míos, con sus caricias infinitas, su risa contagiosa, la magia de su sonrisa. El quererla tanto.
Sigo caminando mientras la lluvia cala mis huesos, una lluvia torrencial que intenta aplastarme contra el suelo mientras el viento lucha por derrotarme también. La niebla empieza a condensarse cuando un recuerdo atosiga mi mente. El cuerpo de Suhaila en aquel callejón, '¡Corre, huye!' dijo ella mientras aquellos ojos rojos me observaban por primera vez. 
Caigo al suelo cuando siento que no puedo más, las lágrimas brotan con fuerza y éstas se unen a sus hermanas las gotas. Cuando miro hacia adelante, lo veo. Se parece a la muerte. Mi muerte, esa de ojos rojos.



jueves, 5 de septiembre de 2013

De casualidades.

Tarde de invierno. Un cielo gris que parece oscurecerse. Un sol que se ha rendido y deja paso a la tormena. El cielo que parece cruel. Gotas que caen y bailan sobre el asfalto. Los pájaros mudos que cruzan el cielo. Y aquí en un lugar más ameno. Dos paraguas que cubren un mundo aparte. Una tormenta que no acaba de ceder. Una lluvia que intento detener. Un fin del mundo, el mío, que espero poder contener. 

  -¿Te acuerdas cuándo decías que todo ésto era casualidad? ¿Qué nos formábamos a base de momentos casuales? -miro los ojos de aquella muchacha que un día fue importante para mí, que sigue siendo importante. Ella yace cabizbaja ignorando parte de mis palabras-. Yo lo negaba. Me costaba creer que eso fuera cierto...
  -¿Lo crees ahora? -ella pronuncia las palabras mientras su cara se digna a mirarme y sus ojos se inundan de una pequeña porción de felicidad o esperanza.
  -Realmente quiero creerlo. Quiero creer que éramos y somos casualidad, porque creer en un destino es negar la libertad de elección -suspiro varias veces mientras Nadia me mira con gesto ausente-. Y realmente prefiero creer en miles de casualidades a un único destino.
  -Tú creías en el destino -su susurro se rompe dulcemente en mi oído y yo extraño esos susurros en noches de tormenta como la que le seguirá a esta tarde fría y triste.
  -Y sigo creyendo, en cuanto a parada se refiere -sonrío para coger fuerza, aunque realmente me siento gelatina. Una gelatina que está a punto de ceder-. Creo en el destino, porque nuestro destino final, llamemosle parada final, es la muerte y todos coincidimos en eso -dejo escapar una leve risa cuando una idea cruza mi cabeza. Nadia vuelve a mirarme, esta vez sus ojos piden auxilio y aunque sé que se está ahogando en lágrimas que no afloran. Esta vez quiero ser fuerte y no derrumbarme. Esta vez quiero ser mi propio pilar y no restos de lo que un día necesitó alcayatas para poder sujetarse-. Puede que también sea una casualidad esto de que todos muramos.
  -No sé lo que quieres decir... -ella miente y yo la cazo. Nadia siempre lo ha sabido todo. Han habido momentos en los que he pensado que ella sabía que llegaríamos a este momento concreto. Que esta situación se daría. Pero me negaba a creerlo de todo, ¿Cómo admitir un dolor que no existe en el presente? ¿Cómo estar segura de que ella sería la causante de este punto? No podía creerlo porque en las madrugadas ella me abrazaba, los domingo me desayunaba y los demás días del año me llenaba de besos y caricias que llenaban mi alma.
  -Sí que lo sabes -le cojo de la mano y la observo atenta sabiendo que realmente me ama, que no ha sido más que otro fallo en la infinita lista de sus fallos que poco a poco han roto el saco. Ella me ama y aunque tal vez no fue queriendo, ella lo hizo y yo entendí que no no soy inmortal, que hay cosas que poquito a poco son tóxicas y acaban con nuestra vida. Esta vez, ella se convirtió a la misma vez que en droga, en algo tóxico que me consumió-. Lo sabes y no creo que haya que dar explicaciones...
  -Pero te quiero -sus labios acarician las palabras y éstas se atan a mi espalda al final de aquellos últimos besos que dio y que no fueron míos.
  -No lo dudo...
  -Pero ya está -Nadia me observa con una pequeña lágrima que corre por su mejilla y aunque siento que me derrumbo, respiro lento y largo. Saco una sonrisa y sintiendo que es ella la que me ha perdido, y no yo la que se pierde, soy lo suficientemente fuerte para besarla en la mejilla. Seguir mi camino y no mirar atrás.

No mirar atrás porque el futuro está hacia delante. Un delante que me llevará por miles de caminos hasta encontrar mi sitio. 
Y ahora que lo pienso le doy la razón. Nunca se la di del todo, pero ahora lo entiendo un poco mejor. Todos somos casualidades. Yo soy una casualidad, que se ha formado de pequeñas casualidades a lo largo de un camino a veces turbulento y otras en calma. Soy esa casualidad que seguirá caminando y que en algún momento llegará a ese destino final. Una última parada donde posiblemente la vida nos enseñe su secreto.

martes, 3 de septiembre de 2013

Capítulo dos.


Recuerdo la última vez que vi a Suhaila, ella me miraba furiosa mientras la sangre resbalaba por mi mano y se estancaba a mi alrededor formando un charco poco profundo color escarlata que parecía brotar con fuerza des del interior de mis venas. 
Aquella última vez Suhaila intentó abofetearme, yo quise llorar, llorar porque había intentando reunirme con ella y ella no me había aceptado en su pequeña morada. Desde aquel día, su dulce voz se perdió en mi mente y me quedé arrinconada en alguna parte del mundo, rodeada de gente que me mira caminar esperando a que me aparte de su camino.
Sin embargo yo quise quitarme del camino y no pude. El dolor no fue tan sordo como se suele decir y mientras ataba mi miedo junto a mis preocupaciones, la sangre brotaba y yo no podía detenerla. Tampoco quería. A lo lejos se oyó el grito de una voz furiosa, Suhaila me miraba con el infierno como ojos y yo intentaba sonreír aunque el dolor invadía mi cara y mis gestos no eran más que un eco de aquella brecha desde donde brotaba mi vida.
  -Jamás te lo perdonaré -su tono era contundente, mi muerte parecía cercana. 
  -Pronto estaremos juntas -dije mientras apretaba el brazo y el filo de aquella vieja navaja, que había encontrado cerca de un árbol, intentaba rasgar la piel. Una piel que parecía no querer ceder, una piel que se resquebrajaba mientras mi voz se rompía en miles de gritos sordos que mi garganta guardaba para sus adentros.

Doce días han pasado desde entonces. Doce días desde que brotó la sangre. Doce días son los que llevo intentando recuperar la voz de mi Suhaila. Doce días en los que entiendo que la magia corre por mis venas y que la muerte es un destino, una parada que me queda lejos. Lejos cuando esos ojos no me atosigan. Cuando aquel olor no aparece. Y ahora lloro. Lloro mientras recorro las calles en busca de algo que alivie este pozo que se ha abierto. Busco la sensación de vivir, pero no la encuentro. 
Porque los rostros que me miran en la noche no son más que caras de gente que busca una noche diferente, con una persona diferente. En una cama diferente y en unos brazos diferentes que no durarán más de media noche.
En esos doce días, las noches han sido eternas. Suhaila ha decidido castigarme con su ausencia y aunque el brazo empieza a curar, hay un dolor que atosiga más a dentro. En aquellos recovecos que los humanos llaman alma. En aquel recoveco que llamo "nada".

Y esta noche he decidido buscarla. Porque quiero tenerla, quiero sentir que una vez más la tengo entre mis brazos, quiero oír su boca buscarme, sus susurros suplicarme y sus gemidos nombrarme. 
Si tú has decidido irte, yo decido traerte, digo para mis adentros mientras entro en un bar que vi desde lo lejos de la otra calle.
El ambiente es tenue, una iluminación cutre ilumina lo que parece ser un cubo de paredes rojas con cuatro mesas y cuatro sillas. A lo lejos en la zona más oscura, un hombre y una mujer intentan pasar desapercibidos mientras ahogan gemidos en la boca del otro.
Frente a una de las ventanas que hay cerca de la puerta, un grupo de chicos juegan a ver quien es el más macho y quien conseguirá a una de las tías con falda y tacones de la mesa de al lado.
Sentada en la barra sobre un taburete de cuero roído yace mi presa. Mi entretenimiento de esa noche, mi pasaporte a Suhaila. 
Me acerco con paso ligero pero intentando que este no parezca desenfrenado. Cuando me acerco hasta ella, ésta me observa con desdén. 
Cualquier persona diría que es una chica cualquiera ¿En qué se fijarían? En la chaqueta de cuero que cuelga de la barra, en el escote que deja entrever el sujetador blanco desgastado, la falda por encima de los muslos, los tacones de cada sábado y el pintalabios color carmín.
Sin embargo yo la contemplo y no me parece común, su boca de fresa esconde una súplica que se ahoga en un vaso de lo que a mi olfato le parece un licor barato. Sus ojos oscuros, escondidos entre rímel y maquillaje me observan en un intento de llamar mi atención y uno de los cigarros de esa noche se consume en un cementerio plateado con sus difuntas amigas.
  -¿Va a querer algo? -pregunta el camarero sin dejar de mirar el escote de mi presa.
  -Cualquier cosa -susurro con voz inocente intentando atraer la atención del camarero-. ¿Podría traerle a mi compañera lo que pida? -le guiño un ojo al camarero y luego miro a la muchacha-. Yo invito.
La muchacha dirige su mirada hacia mí. Y yo entiendo que no espera una invitación así sin que yo quiera nada a cambio. Yo le sonrío y dejo la chaqueta negra sobre el taburete, luego me siento sobre ella y le doy el primer sorbo a mi vaso. Un sorbo que arde en mi garganta, que continua su camino como fuego y alerta a mis cinco sentidos mientras una sonrisa se dibuja en mi cara.
Es mi noche, quiero jugar y no estoy dispuesta a perder. 
La noche pasa entre vaso y vaso. Los sabores se mezclan en mi boca y el aroma a vainilla y a tabaco que mi compañera de barra desprende confunde a mis sentidos. Unos sentidos que quieren probar los labios de mi querida Suhaila en el rostro de una completa desconocida.

Me levanto mientras todo me da vuelta. El bar en el que estamos está vacío, el camarero tiene mala cara y supongo que está deseoso de poder echarnos. Con una sonrisa pido la cuenta y al mismo tiempo cojo de la mano a aquella desconocida y salgo por la puerta con ella.
Ella me mira confundida. Tal vez porque aquella noche su cuerpo ha hecho un sobre esfuerzo por darle cobijo a tanto alcohol. Yo, por mi parte intento mantener el equilibrio mientras un brisa poco agradable acaricia mi cara dándome las buenas noches.
  -Julia -dice la voz de aquella muchacha con un tono tan dulce como inesperado. Sus ojos negros me observan desde detrás de sus pestañas infinitas y sus labios se abren en una sonrisa inocente que me encandila durante un segundo-. Gracias por todo -asiente la cabeza y levanta la mano a modo de despedida.
La agarro con prisa sin darle opción a alejarse. La acorralo contra la pared y lo que parecía una noche difusa adquiere un tono, un sabor, un olor diferente. 
  -Me gusta como hueles -susurro mientras mi boca recorre su cuello y mi nariz y mi lengua se encargan de mezclar sus olores y sabores para mí. Sin pensármelo dos veces, pongo mi mano sobre su cadera, una cadera que no se muestra reacia y cuando siento que no puedo más. Mi boca busca la suya y la suya se deja encontrar.

El taconear en unas escaleras que no conozco. Una puerta que se abre. Luces que permanecen apagadas, ella que tira de mi mano hasta una habitación. Y su cuerpo que comienza a desprenderse de la ropa. La observo desnudarse. Y mis manos la acompañan en el juego, se pierden entre sus muslos y su boca va a mi encuentro. 
Mi ropa que se esfuma. Sábanas que se arrugan, cuerpos que se rozan. Un cielo menos lejos. Olvido mi objetivo y encuentro una pequeña parada cerca del paraíso cuando mi lengua cruza su cuerpo de norte a sur, pasando por su ombligo y se acuesta cerca de sus muslos entre sus piernas. La oigo gemir en la noche y la oscuridad no parece tan oscura. 
Sus manos que me piden más. Mi boca que se llena, su cuerpo que se humedece y esa sensación de sentirse poderosa, frenética.
   -Quiero más -susurro cerca de su oído mientras ella encadena mis muñecas con sus dedos y me llena de caricias mientras me lleva hasta otro nivel de la realidad llamada placer.
Y de pronto sudor, dos palpitares frenéticos. Las ganas de más, caricias en la espalda. Mordiscos en la oreja. Manos curiosas que se adentran en lugares oscuros y húmedos. Gemidos que se acentúan y el tiempo que no pasa y su cara que no aparece.

Vuelvo a la realidad horas después cuando Julia me observa sentada en la ventana mientras echa caladas de humo a la noche. Una noche difusa que pierde sentido. Su cuerpo desnudo se ve dibujado, coloreado por la luz de la luna y su melena negra azabache cuelga por su espalda y cuando se acerca hasta mí, ésta parece bailar sobre su cadera y todo en armonía forman el espectáculo perfecto. Ahora que su rostro carece de maquillaje, su cara parece la de una niña, una niña dulce que me observa mientras su cigarrillo se consume en la noche. Yo cierro los ojos y los abro cuando siento sus brazos a mi alrededor, cuando sus piernas se cierran al rededor de mi cintura y siento el palpitar de su corazón más a meno.
La separo de mí y la miro atenta. No puede ser muy grande, me dice mi cabeza. Sin embargo el cigarro se consume, la ceniza cae sobre las sábanas y el aroma a Vodka barato y humo, sobresale por encima de la vainilla. Es una niña, entiendo. Una niña que quería una noche. Una noche como todos los demás. Una noche diferente y la ha tenido.
  -¿Cuántos años tienes? -le pregunto mientras apaga los restos de un cigarro en un cenicero improvisado.
  -Quince -sonríe con orgullo. Y yo me siento estúpida. Estúpida porque no he encontrado lo que esperaba. Porque la noche ha sido placentera, pero no era Suhaila. 
Me levanto deprisa y me visto mientras siento su mirada sobre mi cuerpo desnudo. Ella espera más de esta noche, yo sólo espero salir y huir para encontrarla donde siempre habita, allí en mi cabeza y no en los brazos de una chiquilla de quince años que pretende encontrar placeres ocultos en lugares de mierda.
Me giro para mirarla y me sorprende que vuelva a estar fumando. Esta vez, las caladas son más profundas y lentas. El humo que sale de sus labios provoca el subir y bajar de su pecho desnudo y crea una nube entre nosotras haciéndose de rogar, como si éste quisiera ser atrapado por otros labios. Por mis labios. Me acerco a ella y la beso en la mejilla a modo de despedida. Ella me coge por el cuello y deja que una calada lenta sea mía. Noto el humo que poco a poco inunda mis pulmones, sus ojos que me miran desde lo infinito de sus pestañas y sus labios que esperan que vaya a por más. Yo me acerco, dejo un beso en sus labios y su lengua se abre paso en mi boca. Buscando un último contacto, aunque sé que ella seguirá esperando otro.
  -Me gustas -susurra cerca de mi oído con cierto acento extranjero y luego se despide con un mordisco que comienza en la oreja, su lengua que recorre mi garganta y unos dientes que encarcelan a mi labio y lo liberan con un suave beso.
Me alejo de ella y mientras ella me observa desde su cama vestida con una simple sábana, yo recorro las paredes de un pasillo que ya no son difusas. Abro la puerta y suspiro lo que es un adiós que se queda cerrado entre aquellas paredes, con la cara de una niña dueña de un cuerpo esquisto. 
Intenté buscarte en otros brazos, otras caras y otros labios. Pero sólo conseguí perderme siendo
vagabunda de tus besos.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Estancada

Yo la esperaba como cada domingo. Una noche que era nuestra. Una noche que en el pasado había escondido muchas promesas. Una noche que en el presente escondía desesperación.
Yo la esperaba, porque tenía la esperanza de que ella volviera. Que se acercara por atrás y sin tener tiempo a nada, ella me abrazara y susurrara en mi oreja que aquella noche ella volvía a ser mi dueña.
Esperaba a que llegara vestida como un día cualquiera, porque para ella eran siempre días cualquieras. Mientras que para mí, aquel era el día. Porque siempre esperaba a que llegara ese domingo único que hacía que la semana hubiera valido la pena.

Y ahora estoy aquí, sentada en el mismo taburete cerca de la barra con un vaso de alguna mierda, mientras el humo inunda mis pulmones y todo el mundo, excepto yo, encuentra pareja en cualquier esquina de aquel bar.
Estoy aquí con mi pintalabios carmín mientras suena una canción antigua que mis oídos no reconocen. Estoy esperándola porque quiero que venga. Porque mi cuerpo grita su nombre Yohenne,  porque si no viene ahora ya me dará igual que nunca venga. Porque si no viene esta vez la echaré al olvido.

Sigo esperándola. Mi cuerpo tira de mí, pero yo no obedezco. La estoy esperando porque la he visto entrar. Sé que está aquí sin mi. Pero voy a esperarla, tal vez me vea.

No me vio y yo comencé a desesperarme. Me sentí desplazada cuando ella se acercó a la espalda de aquella desconocida, muy fea para ellaComencé a sentirme perdida y entendí que yo ya no era otra cosa que una parte del olvido.
Me levanto con cuidado de no caer, la noche ha sido larga mientras que la he esperado y el Jack Daniel's recorre hora mis venas intentando desarticular todos mis pensamientos. Unos pensamientos que se dirigen a ella. 
Estiro el vestido por debajo de mis muslo y siento que alguien me mira. Me giro y veo que no es ella. Con cuidado me retoco el pintalabios
A mi alrededor la gente baila junta. Unos cuerpos se restriegan contra otros y yo me siento sola. Tan sola que duele. Duele porque ella no está, porque ella me ha olvidado, porque ella ya no besa mis labios, aunque sabe que sigo esperándola en el mismo lugar. Un lugar que ella frecuenta pero sin mi.

Siento que es el momento. Ya llevo demasiado rato esperando a que ella me vea. Con paso decidido me acerco hasta ella.
  -Te he esperado -digo mientras me observa con sorpresa.
  -No habíamos quedado -me recuerda Yohenne.
  -Hace años que no quedamos -digo la gran verdad. Porque después de todo yo soy la loca que se ha estancado en un recuerdo. La que no puede pasar de página.
  -Creía que había quedado claro -su voz seca me huele a Brandy, sus ojos oscuros me miran con algo parecido a la pena. Y su "compañera" me observa con recelo.
La observo impasible y entonces ocurre. La primera lágrima cae en un mar de humo invadido por ceniza y colillas. La verdad me abraza y entiendo que todo está acabado. Que ella ha sabido continuar, que soy yo la gilipollas que sigue esperando a que decida jugar conmigo otra vez.
Porque ella sólo juega. Yohenne no sabe amar. Te da una de cal y otra de arena. Te da ese sabor agridulce a por el que siempre vuelves, sin saber realmente si te ha gustado o no.
Sin embargo soy yo. Sigo esperándola. Tal vez porque su recuerdo ha conseguido apoderarse de mí y ya no sé como echarlo.
Tal vez necesite olvidarla. Pero la verdad es que no quiero.

Me giro sobre mis talones y me pierdo entre la gente, una gente que es feliz, que no se parece a mí. Me pierdo en un mar de besos, donde estoy abandonada, donde no soy más que un despojo de un "amor" que se acabó. Que sigo reviviendo en cada pensamiento.


Porque habían momentos en los que parecíamos querernos.
Momentos en los que yo la amaba y ella me olvidaba.