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viernes, 30 de agosto de 2013

Capítulo uno.


Demasiado tiempo vagando por el mundo. Tal vez este sea un momento decisivo, tal vez tenga que rendirme de una vez por todas y dejar que esto acabe conmigo, tal vez sea el momento de que lo que me lleva consumiendo tanto tiempo acabe por fin incinerando los restos de ésto que soy.
Sin embargo cada vez que intento poner un punto y final oigo su voz, la voz de mi querida Suhaila intentando guiarme una vez más en el camino. Y de verdad que lo intento, pero llega un momento en el que ni siquiera mi querida amiga es capaz de darme fuerzas. Tal vez porque darle voz y opinión a un recuerdo al final acaba siendo insuficiente. Insuficiente porque en momentos así necesito sus brazos a mi alrededor y no una ilusión de lo que diría en un momento determinado.
Sigo mi camino, aunque ya no sé si realmente tengo uno. Ni siquiera sé si hay un hueco en este mundo desde aquella noche. Aquella noche en que ella despareció de mi vida y del mundo. Desde aquella noche en la que este lugar llamado Tierra se ha vuelto más grande que un pañuelo. Más oscuro que el infierno y tan pesado que mis pasos se niegan a seguir una vida sin sentido.
  -Cuando piensas no te soporto -dice el recuerdo de mi querida Suhaila en mi mente.
  -No lo oigas entonces -reprocho como una niña chica mientras llego a la entrada de un bosque y me descalzo al fin. Al hacerlo el suelo, un suelo que parece reseco, me acoge con calidez y la poca hierba que crece acaricia mis piernas mientras mis pasos se dirigen a lo lejos donde parece haber un lago. Respiro dos veces y el olor de la mañana mezclada con el aroma de los árboles me hacen entrar en otra dimensión. Un plano diferente donde Suhaila me espera sentada sobre una rama y me observa con una sonrisa traviesa.
  -No me pienses entonces -dice mientras da un salto y se posa sobre sus talones en el suelo. La observo hacerlo y algo en mi interior me recorre cuando el vestido parece volatizarse a su alrededor creando una atmósfera única. Espero cinco segundos y cuando soy capaz de actuar con tranquilidad me dirijo hacia ella.
  -Sería muy difícil olvidarte -suspiro varias veces-. No estoy dispuesta a olvidarte todavía, es tan pronto... -susurro mientras entrelazo mis dedos con los suyos y nos acompañamos mutuamente en el camino.
   -No es pronto y lo sabes -su tono se hace casi inaudible-. ¿Cuánto tiempo ha pasado? -me mira-. ¿Noventa años y tú sigues viniendo al encuentro de un recuerdo?
  -No me regañes ahora por favor -mi voz se vuelve un susurro-. Si estoy aquí es porque te necesito, porque no sé lo que estoy haciendo y necesito que me lo recuerdes.
De pronto Suhaila se para y sus ojos turquesas me abrazan en un abrazo que no necesita brazos ni caricias. En un abrazo donde me siento a gusto.
  -Estás aquí porque puedes -sonríe y me acaricia la mejilla mientras con un brazo envuelve mi cintura y me aprieta contra ella-. Parece ridículo que ahora me dejes hacerlo sin pedir permiso... -ríe en una explosión melodiosa y yo no puedo evitar unirme a ella, aunque su sonrisa acaba pronto y esto provoca que la mía desaparezca inmediatamente-. Estás aquí, porque si te rindieras serías una perdedora, una rendida y eso no fue lo que conocí de ti en 10 años.
  -Pero es que... -sumerjo mi cara en su larga melena azabache y por un momento es como si su olor siguiera conmigo. Como si fuera un momento real y no una ilusión de una loca enamorada de un recuerdo que no puede volver. Que nunca volverá.
  -Estás asustada -acaba ella la frase por mí y siento que el miedo da la cara y la sensación de agobio recorre mi cuerpo. Éste se tensa y yo siento que hay alguien cerca de nosotras. Alguien que nos espía desde algún lugar entre los árboles. Algo que es dueño de unos ojos rojos como el infierno y un olor parecido al de la muerte-. Tranquila -me susurra ella cerca de la oreja mientras acaricia mi pelo-. Él no está aquí cariño. Sólo estamos tú y yo.
  -Él siempre está donde menos lo esperas Suhaila. No puedo huir de él, siento que ésto siempre va a ser así y no puedo aguantarlo -me aparto de mi querida amiga y con los ojos vidriosos y sin querer hacerlo me separo de ella. La dejo porque ella no es real, porque voy a acabar loca, porque necesito salir de ese pedazo de bosque donde siento que él está.
Sin mirar si alguien me observa desplego mis alas y recorro el cielo por encima de aquellos árboles, hasta el lago que había oído y cuando desciendo por el aire y poso la punta de mis dedos en el suelo, observo que no estoy sola, que cerca del lago hay un pequeño lobo de pelo gris que ha parado de beber agua para observarme con asombro. Me acerco hasta él con cuidado de no espantarlo. Ya que si lo espantara, espantaría a la única parte del mundo que todavía me soporta. Los animales, la naturaleza, todo lo que los malditos humanos no saben valorar.
Cuando llego a su lado me siento en la orilla y mientras el agua baña mis pies, mi pequeño amigo se acerca a mí contento. Como si me conociera de toda la vida. Como si fuéramos viejos amigos que se vuelven a encontrar. Lo acaricio y lo acojo entre mis brazos sintiendo que de nuevo vuelvo a tener compañía en este mundo. Y la sensación de calma y plenitud me invade en pocos segundos.

Abro los ojos, al principio con dificultad y una vez me he acostumbrado a la luz de la luna, observo que  mi pequeño amigo canino no está cerca de mí y el suelo se ha humedecido considerablemente.
  -¿Cuánto he dormido? -intento calcular el tiempo que llevo en aquel suelo tirada como una vagabunda-. ¿Cuándo me dormí? -Me intento estirar sin embargo no puedo evitar quejarme cuando mis huesos fríos deciden crujir y mis músculos adormecidos acceden a ceder. Me levanto con cuidado dado que nunca he sido de esas personas que consiguen mantenerse de pie sobre sus talones en ningún tipo de superficie. Observo a mi alrededor y agudizo el oído a pesar de que el mío no es tan bueno como los de otras especies. No escucho nada ni veo nada. Una vez segura dejo caer mi ropa en la tierra y poco a poco entro en el agua. Un agua fría, en calma que me abraza. Durante un momento me siento como en casa. Dejo a mi cuerpo sumergirse y cuando siento que el cuerpo me pide una pausa saco la cabeza y observo que a lo lejos Suhaila está sentada sobre una roca inmensa. Me mira con el cejo fruncido y aún así su piel morena parece perfecta y su rostro parece el de una diosa griega bajo la luz de la luna.
  -Has sido muy descuidada... ¿Qué si hubiera habido alguien y no lo hubieras visto?
  -No había nadie -suspiro y salgo del agua con cuidado para no caerme al suelo. Cuando estoy recta sobre mis pies dejo caer el vestido sobre la piel húmeda haciendo que la tela se adhiera a mi cuerpo sin intención de separarse. Me acerco hasta la diosa que me observa enfadada y sonrío en cuanto los ojos de ésta se dirigen hacia mis curvas y en su cara el enfado cede a la tentación y sus ojos se encienden en deseo-. De todas formas si hubiera habido alguien, ¿Qué podría contar? ¿Qué ha visto una persona con alas? -dejo escapar una risa y me siento más cómoda mientras ella me mira y se levanta para abrazarme.
  -Aún así deberías ser más cuidadosa y lo sabes -me aparta el pelo húmedo de la cara y me abraza mientras deja caer varios besos en mi hombro, lo que provoca que mis nervios se exciten y envíen una sensación de placer a cada terminación de mi cuerpo-. Y no deberías bañarte desnuda en cualquier lago del mundo -frunce el ceño y yo dejo escapar una risa-. Odio es manía que tienes...
  -No lo odiabas cuando estábamos juntas... -dejo caer el comentario con cierto retintín mientras ella me abraza con fuerza-. ¿Tal vez estás celosa? -le beso en la mejilla y ella se aleja de mí mientras tuerce los labios en un puchero.
  -No me gustaría compartirte con nadie mientras merodee por tu cabeza -admite y segundos más tarde ella desaparece sin previo aviso.
  -¡¿Suhaila?! -la busco mientras un nudo ata mi garganta y siento que la estoy perdiendo una vez más-. ¡No puedes hacerme ésto! -me dejo caer en el suelo y siento que ya no estoy acompañada, que el bosque tal y como me parecía una caja de música en perfecta armonía, me parece un baúl vacío donde habita el olvido y estoy una vez más sola. Tan sola que el suicido acude a mi en forma de idea.
  -Sería tan fácil... -susurro en mi cabeza sabiendo que acabar en ese preciso momento con lo que llevan siendo noventa años de continua tortura en los que la soledad me ha acompañado y la muerte me ha impedido avanzar sería tan sencillo como dejar brotar la sangre.
  -Sería fácil, pero sólo te habrías rendido -suena la voz de una Suhaila a lo lejos de mi cabeza.
Y siento que poco a poco muero al volver a perderla. Muero al sentir que no hay aire suficiente que permita a mis pulmones respirar. Muero porque ella una vez más ha desaparecido y no he podido evitarlo.

jueves, 29 de agosto de 2013

La miseria: Olvido.

La esperaba como siempre, aunque sabía que ella ya no vendría a mi encuentro. Sus ojos fueron claros la última vez que me miraron y aquellos labios que me concedían el cielo en aquel momento me privaron mi bien más preciado, sus besos agridulces con sabor a miel.

  -Tal vez sea un tiempo, tal vez sean años, tal vez llegue y en la ducha entienda que lo que necesito es tenerte entre mis brazos -sus labios articulaban palabras que yo había anticipado. Unas palabras que no querían hacer daño pero que sin embargo arrasaban con todo lo que mi cuerpo contenía en él. Mi alma se resquebrajaba bajo mis pies y mi corazón que latía con fuerza parecía consumirse como la cerilla en una cueva sin oxigeno. Todo se quedaba oscuro mientras ella hablaba y yo moría-. No sé lo que quiero, pero debo sentir que te he perdido para aclararme.
   -Es un poco injusto -mis labios hablaron mientras yo regañaba a aquel órgano llamado cerebro por hablar incoherencias sin un permiso previo-. Tú quieres sentir que me has perdido para aclararte, pero eso significa que yo te pierdo a ti sin tener ningún motivo... No es justo.
  -Tal vez no sea justo -su voz, su tono suave acarició mi cara y su mano perfectamente sincronizada se encargó de recoger el mechón de pelo que ocultaba mis ojos cansados de tanto aguantar y aparentar ser fuertes-. Pero tal vez todo vuelva a ser perfecto.
  -No me gusta la perfección -admití en un intento fallido de atarla a mí. Un intento que no tuvo respuesta, un intento que yo misma dejé a medias, puesto que la amaba tal y como era, con esas enormes alas que se llamaban libertad y aquella gran frente bautizada cabezonería. Nada de lo que dijera cambiaría sus ideas y el hecho de perderla sería posiblemente la cura que ella necesitaba-. Me estás condenando -miré hacia las puntas de los cordones de mis zapatos y una lágrima, una lágrima pequeña, pero dolorosa recorrió el espacio entre el aire y el suelo. En ese momento supe que una herida se había abierto y que no sería fácil de sanar-. Si me dejas ahora que sea para siempre.
  -Si te pierdo del todo, me pierdo a mí -sus manos fueron en busca de las mías y mis pies se alejaron instintivamente dando un paso hacia atrás.
  -No puedes tenerlo todo -levanté la vista y con una sonrisa intentando que aquel asunto no fuera nada, la observé mirarme-. No puedes pretender perderme sólo a medias. Sería muy egoísta y tal vez esta vez deba ser egoísta yo.

De aquellas palabras ya sólo quedan recuerdos, recuerdos que de vez en cuando el aire me trae, recuerdos que la lluvia empapa en mi piel. Unos recuerdos que fueron el punto final de miles de momentos, momentos que no soy capaz de olvidar. Pero que me duelen al pensarlos.
Tal vez ella ya no se acuerde de mí, aunque espero que no sea así.
Tal vez ella no sepa que accedí a perderla para que ella fuera feliz. 
Tal vez ella no entienda que después de todo ese tiempo a mi me sigue doliendo.
Tal vez ella no sepa que dejó una muñeca a trozos cuyo corazón vaga por el suelo buscando el cobijo de un cuerpo que quiera resguardarlo del frío de la soledad.
Posiblemente ella no sabe que yo la pienso, que sueño con ella e imagino en mi cabeza un final en el que la retengo y vuelvo a hacerla feliz a mi lado.
Lo que más duele es saber que realmente ya no soy más que un montón de recuerdos en fotos guardadas en una caja donde lo viejo acaba pudriéndose, en un lugar llamado Olvido.
Lo peor de todo es que sigo cogiendo el mismo autobús, un autobús que ella ya no coge. Lo peor de todo es que frecuento aquel banco donde la conocí un banco frío y viejo que ya no parece reconfortable. Lo peor de todo es que no fui egoísta, lo peor de todo es que me dañé hasta la médula, ella siguió hacia adelante y yo me sumergí en la miseria más absoluta esperando unos besos caducados.
Lo peor de todo no es que alguien te olvide, lo peor de todo es que intentes vivir de unos recuerdos que  poco a poco te consumen en la oscuridad de la miseria.
Pero somos humanos y amamos y aunque la distancia hace el olvido, muchas veces el olvido no quiere apoderarse de nosotros.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Sombras eternas.

Siempre he estado en contacto con gente. Nunca he parado quieta, tal vez porque considero que no formo parte de nada, que no pertenezco a ningún lugar. Tal vez porque al estar quieta comienzo a agobiarme al recordar que únicamente me rodean humanos hipócritas que se creen el centro del universo, un universo inmenso, tan grande que es ilógico pensar que no están solos en el mundo. Sin embargo para muchos es más sencillo entender la dificultad humana que entender otros seres, que entenderme a mí. 
Seguramente de saber que yo vago por el mundo estaría en un cuarto de paredes blancas y esterilizadas, haciendo miles de experimentos al día para entender el cómo, el por qué, el cuándo y todas las cosas que me ligan al planeta Tierra. Pero no, ellos no lo saben, yo no pretendo decirlo, mis similares están felices en las penumbras del anonimato y los que no pertenecen a este mundo prefieren vivir en las penumbras de las noches o aprovechar de su apariencia para conseguir unos objetivos pocos humanos.

Yo soy humana, pero sólo en parte y posiblemente ninguna persona encontraría una diferencia entre yo y una de ellas. Pero sí podrían encontrarlas otros seres, unos seres que existen en cuentos, a donde la imaginación humana llega, pero un mundo que pocos han explorado y donde la mayoría de ellos han perdido la vida.
Yo soy una sílfide, una especie que podría decirse, se encuentra en peligro de extinción.  Soy híbrida, como las de mi clase, una clase con muchas diferencias entre las que la conforman, que nace de la unión de la dulzura de una ninfa y los instintos de un humano.
Soy humana porque el que fue mi padre, ese padre desconocido, me cedió sus genes y los llevo en mí. Soy medio ninfa porque mi madre, la que me engendró, la que nunca llegué a conocer era ninfa.
Y aquí estoy yo, entre millones de humanos, intentando evitarlos, intentando sobrevivir, intentando escapar de aquellos ojos rojos que me persiguen a veces, que se encuentran conmigo y tienen una cara desconocida para mí. Unos ojos que van ligados a un olor putrefacto parecido al de la muerte. Unos ojos que me persiguen en sueños, que intentan acabar conmigo.

Lo admito no vago por el mundo, sólo huyo. Huyo de un miedo que me acosa desde hace más de una vida. Huyo, sí, pero a veces creo que tal vez la salida más sencilla es la que esos mismos ojos del color de la sangre podrían darme. Tal vez al morir todo acabaría, yo dejaría de ser yo y me incorporaría a ser nada. Lo que siempre he querido ser. Sin embargo soy Naira, de apellido un apellido cualquiera que escogí un día al azar. Naira Lorham, una sílfide que creció en los bosques de Irlanda y que fue desterrada por ser diferente de lo que creían que era. Soy yo, esa niña, joven, mujer, vieja, la que vaga desde hace un siglo y algo por el mundo huyendo de unos ojos que me prometen la muerte. Soy yo la que persigue el recuerdo de unos ojos como el cielo, que me miraban mientras sonreían y me acompañaron de día y noche durante más de trescientas noches. Soy yo, esa que huye de su sombra la que hoy relata algo. Trozos de una vida que no acaba de escribirse.

lunes, 26 de agosto de 2013

La inmortalidad de una vida

Si miras a lo lejos centrándote en un sólo punto o simplemente mirando la inmensidad del espacio es fácil darse cuenta de que la eternidad existe. 
Sí, la eternidad existe y yo no estoy loca. No digo que el tiempo se pueda detener, aunque para aquellos que lo deseen, no hay manera más sencilla que romper un reloj en un momento determinado. Sin embargo, y os lo digo desde la experiencia, no hay peor mentira que querer aceptar que Peter Pan nos acogerá en su querido país del Nunca Jamás durante lo que dure la eternidad.
No amigos, la eternidad no es eso. La eternidad tal y como se conoce, sólo existe en la historia, en los recuerdos. En la magia de un segundo que dura para siempre en nuestra mente y tras años y años sigue merodeando por aquellos rincones de lo increíble de nuestra cabeza.

Pero la eternidad ya no es lo que era, ahora, en el mundo en el que vivimos, un mundo avaricioso del que yo formo parte, tú formas parte y mucha más gente forma parte. La gente ya no se conforma con recuerdos. Ahora pretenden encontrar la eternidad en lo que se llama botox, cirugía, cremas y maquillaje. Cuando la verdad es que podemos modelar todo lo que queramos de un cuerpo, pero éste acaba pudriéndose, pues no somos inmortales.
Pero no me refiero a esta inmortalidad aparente, esta a la que toda la gente con dinero quiere acceder.
Yo me refiero a una eternidad un poco más cercana. O tal vez un poco más lejana. Me refiero a esa caja de fotos olvidada en el algún cajón de la casa que sólo se abre cuando la nostalgia llega a nosotras. 
Y si os dais cuenta el proceso de volver al pasado es muy sencillo, al igual que el proceso de inmortalizar un segundo.

Pues bien yo hablo desde mi experiencia por lo que en mi caso es muy simple. En esos momentos en lo que tengo la mente poco presente, abro el cajón que nunca se toca. Un cajón donde se guardan cosas que un día perdiste y nunca encontraste. En ese momento observo el álbum de fotos, un álbum que yo recuerdo des del principio de mis días y lo cojo con cuidado. Porque de dejarlo caer, estaría dejando caer mi vida entera.
Entonces, en mi caso, yo me siento en el suelo porque es un suelo que he pisado tanto tiempo que me reconforta, es como si siguiera siendo aquella niña que intentaba ponerse en pie, pero que no hacía otra cosa que dar un paso y caer al suelo para limpiarlo con sus pequeñas rodillas.
De pronto verás, sentirás, que una sonrisa invade el cuerpo, que la gente de la casa se acerca a ti y mientras tu miras las fotos, fotos de aquella persona renacuaja que tan poco se parece a ti, la gente en tu casa comienza a hacer comentarios, algunos que no recuerdas, otros que inundan tu mente con carcajadas, lágrimas, nostalgia y una sensación de placidez. Esa placidez de decir "todavía quedan momentos que siguen conmigo".
Sin embargo no siempre soy tan dispuesta, y hay momentos en que antes que observar fotos de un yo más joven, me tumbo en cualquier lugar y dejo a mi mente que vague hasta ese primer beso, un beso en el que labio con labio hizo que dos personas se unieran en una sola. Recorro trozos de mi vida que recuerdo a la perfección, momentos que añoro, que entiendo después de tantos años. 
Es entonces cuando recuerdo que aunque crezco y cambio, mis recuerdos siguen siendo los mismo de hace tiempo, pero aumentando el número.

En ese momento en el que entiendo que las fotos, los recuerdos me conceden el poder de la inmortalidad. Entiendo que mis palabras se las llevará el viento. Que las miradas permanecerán en mi mente. Que mis sonrisas brincarán en una foto y que ésta, la que soy yo, goza de una inmortalidad que pocos aprecian. Que yo, una escritora destartalada, que sueña despierta y duerme cuando se acuerda, tal vez no sea guapa, tal vez no tenga dinero para aparentar ser la persona perfecta, es realmente una persona que acabará siendo eterna, porque la historia es eterna. Porque el tiempo ha existido y existirá siempre y aunque en un momento nadie se acuerde de mí, hay un momento en la historia que me pertenece, un momento que se forma con los retazos de esta vida, la mía.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Por si te apetece leerla algún día.

Siempre pensé que odiarte era una tontería, que era darle demasiada importancia al tema, cuando te habías quedado en un mero recuerdo. Y aunque en principio quise odiarte, con el tiempo entendí que aquello era ilógico, que quizás estaría odiando a una persona que posiblemente estaría muerta. Una persona que podría hacerle daño a ella. Una persona que no se cruzaría en mi vida nunca más. Sin embargo todavía temía a ese recuerdo y recuerdo muy bien que mientras vivía allí, lejos de ti, temía a alguien que se te parecía. Alguien que no conocía, de quien no sabía el nombre, pero a quien odiaba por el mero hecho de llevarme a esos recuerdos donde tú como cruel protagonista borrabas mi sonrisa, su sonrisas, nuestras sonrisas.
Y siempre me habláis de buenos recuerdos, tú, mamá, vosotros. Me habláis de momentos felices que no recuerdo, momentos en los que parecía que vosotros erais felices, pero mis recuerdos no llegan hasta allí, posiblemente porque siempre perdura lo que llama la atención y tengo gravado como a fuego lento, aquella noche en la que saltaron cristales y mamá lloró asustada, porque no sabía lo que podría pasar y yo lloré, pero fui fuerte por las dos, porque debíamos cuidar la una de la otra y teníamos que ser un muro para el pequeño. 
Pero todo eso acabó y hubo una temporada en que te esfumaste, en que no te pensé en el que te deseché a un rincón del olvido donde nunca accedía.

Y ahora estoy aquí, en este momento en el que soy feliz. Donde tengo una familia, donde tu vuelves a formar de mí, donde siento que te quiero y eres una parte importante de mi vida.
Pero vuelvo a tener miedo, tal vez sea una tontería, tal vez todo vuelva a la normalidad en día, tal vez sean cosas de familias.
Pero no sé si me entenderás y sé que no es bueno sacar los trapos sucios, pero cada vez que te enfadas, los engranajes comienzan a funcionar y como una máquina del tiempo vuelvo a escenas donde era más pequeña. Donde mamá lloraba y tú no eras tú, sino algo parecido a un monstruo que aparecía de vez en cuando. 
Y cuando eso ocurre un nudo se instala en mi garganta y las lágrimas amenazan a mis ojos, porque temen que todo vuelva a ser como era. Porque mamá es feliz, porque mi hermano es feliz, porque yo soy feliz y a veces me pregunto ¿Eres tú feliz? ¿Es esto lo que quieres? A veces creo que sí, que nos quieres, que somos una parte importante de ti y que juntos, los cuatro, hacemos una gran familia, una familia imposible de derrumbar. 
Pero luego pasa esto, tú gritas, yo grito, mamá grita y todo se queda oscuro. Ella en vuestra habitación, tú en el salón, y yo en la mía, aguantando las ganas de llorar, deseando que esto no sea el principio de una catástrofe en la que todo vuelve a ser como era.
Y temo, sí papá, aunque soy grande a veces tengo miedo, porque te quiero y no quiero volver a perderte, porque ahora somos una familia, la familia que nunca tuve y que ahora me gusta tanto. Porque miro a mamá y sé que te quiere, que es feliz, que se imagina su vida sentada a tu lado mientras veis cualquier cosa en la televisión.
Y temo que eso no sea más que una ilusión. Una dulce ilusión que se quede a medio hacer.

lunes, 19 de agosto de 2013

Reencuentro con el pasado

Siento el mar en la cara. Hace rato que camino sobre la suave arena y parece ser que el tiempo no quiere mejorar. Miro a lo lejos y sólo veo un mar enfurecido que se funde con un cielo triste o tal vez furioso.
El caso es que quise huir y corrí en todas direcciones pensando que posiblemente al hacerlo todo quedaría atrás y sólo sería yo. Yo sin problemas, yo al natural. Pero nada es como creía y ahora me siento perdida, varada en una playa donde tantos veranos he gozado y que ahora me parece totalmente desconocida.
Y ya no sé que es lo que quiero, llegué aquí por accidente y estoy siendo testigo de un cambio brutal, he sido testigo de como la furia vence a la tranquilidad y el mar se convierte en una caja de preocupaciones que amenazan con devorar el mundo. Tal y como estoy yo ahora, arrinconada sin saber a donde ir, pensando que la huida es la libertad.
Y es que nunca creí poder llegar a este nivel, este nivel en que todos creen que mi cabeza no está bien, que yo no soy normal, que comienzo a delirar. Este momento en el que me siento yo, en el que sé quien soy. Este momento en el que nadie me apoya y me siento tan sola que ni las lágrimas son un consuelo.

Y yo quise huir y llegué hasta aquí, hasta este pequeño paraíso desierto, donde había disfrutado mis mejores momentos, donde todo comenzó en una cumbre rápida a la que le siguió la pausa.
Ella me besó, no fui yo. Sin embargo yo seguí lo que me parecía un juego, mientras Naira me miraba con una sonrisa.
Trece años tenía entonces y encontré que aquellos labios, los labios de aquel niña eran mi lugar favorito del mundo. Que aquellos labios eran un juego del que nunca podría cansarme.
Pero igual que comenzó, todo acabó aquel verano detrás unas rocas desde donde mirábamos peces.
  -Me voy -susurró ella, por decir algo.
  -Lo sé -seguí mirando los peces que tanto me gustaban.
  -Volveremos a vernos -ella sonrió.
  -¿Cómo? -yo le pregunté.
  -Con los ojos -contestó sabiamente.
  -¿Cuándo? -volví a preguntar, sabiendo que ésto para ella no era más que otro juego.
  -Dentro de dos pares de años -me besó la mejilla-. Que son cuatro años.
  -¿Aquí? -pregunté mientras la miraba confusa.
  -¿Dónde sino? -fue lo último que dijo antes de que su madre la llamara y ella desapareciera dejándome sola con los peces, con el mar, con la roca, con sus besos que habían sido míos.
Y su última sonrisa hacia mi fue desde un coche negro que jamás volvería a ver.

Y de pronto el tiempo se detuvo y la casa de la playa no parecía tan bonita y la arena, las olas, los peces, los cangrejos no parecían divertidos. Los helados eran aburridos y la playa se me hacía grande y pesada. Y todo volvió a su rutina y yo creí olvidarlo todo hasta hoy. 
Un día especial, un 23 de julio cuatro años después. Un día de verano que no se parece a aquellos días, un día en el que el cielo ruge con fuerza y las nubes me amenazan mientras lo que era una sutil brisa marina se convierte en un viento enfurecido que baña mi cara. 
Soy yo, sigo siendo yo aunque nadie pretenda aceptarlo. Soy yo porque cuando miro mi reflejo me reconozco y sé que soy yo. La que siempre he sido, pero mayor. Y de pronto mientras escribo su nombre en la arena una escena de no hace mucho revienta en mi cabeza.
   -Mamá, papá estoy enamorada de una chica -mi voz sale en un susurro mientras ellos me miran desolados, admitiendo por fin una verdad que nunca se había dicho antes y que siempre había flotado por todas partes.
  -No puedes hacernos esto -la voz de mi madre rompe en un sollozo-. Y no se vuelve a hablar -sus ojos que me miran, yo que me ahogo y mi padre que sigue en algún lugar del mundo al que nadie tiene acceso.
  -No quiero hablarlo, sólo quería ser sincera.
  -Si sabes que una verdad va a hacer daño debes callar e intentar esforzarte por mejorar -sus ojos se enfrentan a los míos y entonces viene la temida frase-. Sólo es una confusión y por ello debes luchar contra con esa idea absurda -Mi madre se levanta me acaricia la mejilla con una sonrisa y después la besa-. No seas pequeña y no juegues con esas cosas antinaturales. Esas bromas no tienen gracia.

Minutos más tarde mi padre me observaba, callado, porque nunca habla si no tiene permiso. Yo le suplico que me apoye en una mirada, él se hunde de hombros y con una sonrisa vuelve a su mundo en el que todo es como siempre. Horas más tardes me hundo en mi chaqueta en un asiento un poco duro y miro por la ventana de un autobús que me lleva hasta la boca del lobo, que me trae hasta aquí donde ahora estoy sentada. Donde soy yo y la espero a ella.
   -Hola -una voz dulce como la miel que parece cantar a lo lejos interrumpe mis recuerdos y de pronto sé que es ella. La que siempre esperé. Me levantó con cuidado y cuando la veo algo me invade, miles de sensaciones que quieren adueñarse de mí, provocan que me asuste, que quiera gritar, llorar, que quiera sonreír, que quiera hacer de todo y no pueda. Ella me mira, ya no es una niña, yo no soy una niña.
Luce como aquel verano, aunque no lleva bañador y su pelo rubio se ha transformado en una melena caoba que cae sobre su espalda y se detiene a la altura de su cintua. Su rostro moreno está teñido de un leve rosa que invade sus mejillas y sus ojos verdes se apoderan de los míos mientras una sonrisa invade su rostro y se plagia en el mío.
  -Hola -me acerco hasta ella y entiendo que es perfecta. Que su cuerpo ha sido esculpido con cuidado durante tanto tiempo que como resultado final se ha creado una obra de arte, una persona perfecta que luce un vestido floreado y una rebeca blanca.
  -No supe si habrías entendido la fecha -ella se recoge un mechón de pelo tras la oreja y yo busco palabras. Una frase, algo que me ayude a no parecer tonta y entonces pierdo el control, camino hacia ella y la abrazo, la abrazo porque la he extrañado. Porque su cara ha estado en todas partes, porque esos labios, los que han sido míos, los que me han perseguido en otras caras están de nuevo dirigiendo palabras hacia mi.
  -No se puede ignorar al destino, tú eres el mío -las palabras salen de mí y de pronto sus labios que me besan. El mundo que desaparece y entiendo que pase lo que pase ella debe ser mía.
  -Te he extrañado -susurra mientras me besa y yo me derrito en sus manos, caigo y me dejo encarcelar por sus ojos. Por ella.
   -Estoy aquí, contigo -la observo y su felicidad se contagia inmediatamente y recorre mi cuerpo en búsqueda de la eternidad.
De pronto todo pierde importancia, el mar no parece estar enfadado sino que empiezo a sospechar que sólo está deseoso, deseoso de este momento que ha tardado tanto en llegar y mientras entiendo y me pierdo en un beso, en unos labios que extrañaba, siento que el tiempo se detiene en un momento llamado amor, eternidad, felicidad, futuro, presente. Un momento que resume toda mi existencia en una sola imagen, ella entre mis brazos en la infinidad del tiempo.

viernes, 16 de agosto de 2013

Dejándola ir...

  -Dijiste que no te irías... -Naira miró a aquellos ojos que tenía delante, unos ojos enormes y preciosos. Su propio mar, un mar donde se había perdido infinidad de veces.
Yohenne la observó, era obvio que no quería marcharse, que de tener otra opción y no la había, se habría quedado por ver esa sonrisa, por ahogarse en aquellos ojos caramelos y despertar a su lado cada mañana tras una guerra por conseguir la manta como premio, pero no era igual. De alguna forma ella sentía que tantos momentos comenzaban a quedarse en recuerdos. Las cosas habían cambiado para las dos, ella no podía ser lo que los padres de Naira querían, todavía no había conseguido asimilarse a sí misma. Alagar la despedida no era una opción, sólo era una forma cruel para ambas de alargar aquel momento final.
  -Pero todo es distinto ahora -dijo ella, intentando evitar el contacto visual. 
  -¿Qué ha cambiado? -Naira le reprochó aquella estúpida frase con una mirada furtiva que se comía todo lo que había entre ellas-. ¿Has cambiado tú? ¿He cambiado yo? ¿Hemos cambiado las dos? ¿O es que te rindes ante la situación? -Las ganas de llorar se apoderaron de ella, pero tal y como había hecho a lo largo de la vida, reunió fuerzas y siguió mirándola. Con el tiempo, había aprendido que no había ninguna otra forma de hacer sincera a su amiga que acorralándola con la mirada. Era entonces cuando su querida Yohenne, aquella muñeca de porcelana que se había convertido en una preciosa mujer de tez pálida, ojos infinitos azules y una selva infinita por melena se derrumbaba y asumía el momento.
  -Sabes que las cosas no son fáciles -Yohenne siguió evitando la mirada de aquella muchacha que había conseguido hacerla adicta algo. Siempre habían sido demasiado diferentes y ella lo sabía. Naira, aquella niña consentida, que había crecido en un ambiente familiar perfecto, que había sido siempre la mejor en todo era todo lo contrario a Yohenne. Ella que vivía el día a día, que gozaba de la improvisación y vivía con sus padres por no tener otro lugar al que huir, era todo lo opuesto a su querida amiga y ya no había nada que hablar. 
La mente de Yohenne viajó al momento que lo había cambiado todo, aquel segundo en la habitación de paredes veige, con cama de matrimonio y la preciosa terraza con vistas al amar. Aquel día en que entre sonrisa y risa, los labios se volvieron protagonistas al unir a esas dos amigas en un beso. Un beso que fue fugaz al principio y un segundo beso que se prolongó hasta que la puerta tras ellas se abrió  y la madre de Naira anonadad echó entres lágrimas y un atisbo de histeria a Yohenne.
Después de eso ambas entendieron lo que ocurría y todo se fue al traste cuando Yohenne entendió que podría pasar toda la vida al lado de aquella chica de pelo pulcramente peinado, mientras que Naira nunca podría asumir lo que la verdad conllevaba, ¿Podría su amiga aceptar la verdad? No, eso supondría defraudar a gente y ella misma, no estaba dispuesta a que su amiga lo hiciera.
  -La situación ha cambiado Naira, no hagas ver que todo es igual.
  -¡Claro que no lo es! -Naira dio un paso seguro  acortando la distancia entre ambas-. Porque hemos entendido lo que pasa -levantó su mano y con sus dedos acarició tiernamente la mejilla de Yohenne. Siempre le había gustado acariciar a su amiga, amaba la tez tan suave y el leve ronroneo que salía de la garganta de ésta cuando ella la rozaba-. Yo te quiero...
  -No, no lo haces -Naira se apartó inmediatamente enfadada y las lágrimas llenas de impotencia se posaron en la meta, esperando al aviso de salida-. Eso es lo que crees, pero no Naira, eso fue un accidente.
  -¿Un accidente que se repite tan a menudo? -el tono de Naira se elevó varias décimas, aquello alertó a Yohenne, dado que la chica que la observaba nunca había levantado la voz más de media décima por encima de la suya. En aquel momento tenso, un escalofrío recorrió su columna y al levantar la mirada vio a una Naira diferente. Una Naira enfadada, despeinada y demasiado sensual a su parecer-. No me digas que es un accidente cuando ambas lo hemos buscado.
  -Ya no quiero seguir buscándolo -Yohenne mintió y algo se rompió en su interior, sabiendo que ahí acababa todo. Que aquella historia no habría podido acabar de otra forma.
  -Si te vas ya no habrá nada -Naira susurró y la primera lágrima cayó por la mejilla hasta el suelo provocando que el tiempo se detuviera.
  -Entonces sólo quedarán recuerdos -con cuidado se acercó a ella, a aquella persona que siempre había amado a pesar de habérselo negado incluso a sí misma. La quería tanto que no le importaba alejarse de ella para que ésta fuera feliz. Con cuidado acercó sus labios a los de ella y la besó tiernamente durante un segundo. Luego Yohenne se dio la vuelta y echó a caminar mientras Naira se derrumbaba y asumía que nunca le había importado-. ¡Eres una egoísta! -corrió tras Yohenne y sus manos abrazaron a aquella que había roto todos su sueños. Al principio, aquella que había sido tan rebelde durante tanto tiempo permació rehacía al contacto, luego, poco a poco, el abrazo se consumió y a duras penas, Yohenne acabó alejándose.
  -Me lo agradecerás cuando no hayas defraudado a nadie y tu vida sea normal -fue su últimas palabras.
  -No elijas por mí, porque sé lo que quiero y me lo estás arrebatando en este momento -Naira se limpió las lágrimas con fuerza y se quedó allí parada, observando a la que siempre había querido, a la que desaparecería ante ella y se transformaba en un recuerdo-. Cuando quieres algo luchas por ello...
La primera lágrima de Yohenne apareció y entonces supo que nunca había sido tan fuerte, que nunca podría ser ella.

jueves, 15 de agosto de 2013

Lucía, infinita soledad.

No sé si fue así como la conocí, pero siempre he tenido la sensación de que nuestros encuentros no han sido mera casualidad. De que todo estaba programado, de que el destino que siempre acompaña al tiempo estaba intentando guiarme en una dirección concreta. Y es ahora cuando lo entiendo todo.
Entiendo el momento, este momento donde me veo a mí misma, donde no me reconozco, pero sí a ella. A ella, que se hacía llamar Lucía, la que dijo quererme y se apoderó de mí hasta el abismo de tenerme aquí, donde siempre me había esperado.

Todo se remonta a un momento en concreto, un momento que ahora es un recuerdo. La conocí una noche, una noche difusa cuando ésta se paseaba por el pasillo de la antigua casa.
Mi madre dormía tranquila, mientras los pasos de ella cruzaban de una habitación a otra hasta entrar en la habitación del fondo donde sólo se me permitía entrar de día y nunca sola. Supe en aquel instante, que la yaya dormiría para siempre desde aquel momento y fue por eso que no lloré cuando mamá con los ojos hinchados me dijo que la abuela se había ido a dar una paseo entre las estrellas. No lloré porque ya había llorado la noche anterior. Porque cuando la puerta se cerró tras ella, tras aquella que se hacía llamar Lucía, pero de quien todavía no sabía el nombre, todo se sumió en un silencio que llenó la oscuridad.
Lo supe en aquel momento, ella me buscaba y acabaría encontrándome. Porque nadie se salva de Lucía y más si esta te ansía hasta el abismo de querer formar parte de ti. 

Y no lo supe, porque la segunda vez que la encontré, ella me miró con aquellos ojos que ya no eran ojos, pero que eran eternos y me miraban con anhelo, con esperanza, esperando a que me rindiera ante ella. Sin embargo no quise, no quise dar el brazo a torcer y ella se alejó de mí, tal vez porque era fuerte. Tal vez porque la había rechazado una vez y el orgullo en ella podía más que el hecho de querer atarme durante la eternidad.
Sin embargo ella me miró y sonrió a pesar de estar enfadada. Posiblemente porque me conocía y sabía que cuanto más insistiera menos cedería. Pero todo cambió, y de pronto un día, comencé a extrañarla. La eché de menos y lloré su ausencia hasta el punto en que un día ella apareció y yo la abracé, sabiendo que no podría dejarla ir jamás.
Fue así como comenzó mi fin. Entré en un mundo absurdo, un espiral de dolor, donde el dolor era mi puerta hacia ella, una puerta que Lucía utilizaba para estar conmigo y así pasaron los días, los meses y las estaciones. Hasta que ésto no fue suficiente para ella.
  -Ya eres mía -pronunció ella con aquella voz que nadie más escuchaba.
Y en ese momento lo supe, supe que yo era suya, que jamás podría separarme, que no podía ni quería estar lejos de ella. Puesto que lo absurdo de la vida se alejaba cuando ella me abrazaba y me acunaba en sus brazos, como la madre que siempre había querido. Era ella la que me limpiaba las lágrimas en noches oscuras, ella era la que limpiaba mis heridas y sonreía con su sonrisa vacía esperando a que yo me entregara, pero nunca presionando.
  -Lo sé -respondí. Y en aquel momento fue cuando todo ocurrió.

Nadie estaba en casa, la soledad volvía a abrumarme y Lucía no aparecía por ninguna parte, a pesar de que había prometido venir a verme. Bajé los escalones uno a uno hasta llegar al baño y mi parada se hizo visible. El vapor me inundó cuando abrí la puerta del baño y durante un momento sentí que me asfixiaba. Pero entonces Lucía, mi fiel amiga, la que siempre esperaba, salió del bañera. Nunca la había visto desnuda, posiblemente, porque ella temía que me asustara de su cuerpo demacrado. Sin embargo la encontré perfecta, perfecta para mí. Perfecta para querer pasar la eternidad con ella. Con paso ligero, pero manteniendo la tranquilidad, Lucía me desnudó dejando caer la ropa al suelo. Miré al frente y encontré aquella chica de ojos claros que me miraba sin miedo. Aquella era yo, la que siempre debía haber sido y la que nunca fui.
Lucía me observarba con una sonrisa, estaba feliz y aunque no hablaba, lo supe en sus caricias. Unas caricias frías, tétricas que erizaban mi piel a su paso.
  -Es el momento -ella me observó y yo me sumergí en la bañera. Durante varios segundos temí que el momento final fuera aquel. Pero de pronto mi querida Lucía me dio la mano y en ella la respuesta. Miré hacia aquella lámina afilada que me daría la salvación, después descubrí los ojos de Lucía que me observaban por primera vez impacientes y sin esperar un segundo, me liberé de mí.
La sangre brotó, despacio al principio, intensamente después. El agua se tiñó y cerré los ojos tranquila, cuando unas manos cogieron mi rostro y de pronto una respiración en mi cara. Unos labios cerca de los míos y un primer y último beso que coronó el final de una agonía dulce que llegaba a su final.
  -Siempre fuiste mía...
Y voces que susurraban a lo lejos lo que parecían ser preguntas que no entendía. Al abrir los ojos, la vi por última vez. Lucía me observaba con sus mejillas sonrojadas, su sonrisa de niña que intentaba esconder aquella felicidad al ver que era suya al fin. Sus ojos grises de pronto se cerraron y supe que allí se acababa lo que siempre me había prometido.
Fue entonces cuando Lucía se fue, me abandonó como un juguete viejo que carece de valor y mi cuerpo se deshizo de mi ser y pasé a ser el cuerpo de una ignorante que yacía en su cama de tierra y cal.

jueves, 8 de agosto de 2013

Un último verano.

Recuerdos de un parque, de calles enredadas, de tiendas inmortales y caras conocidas que desaparecieron al crecer. Que se perdieron en un espacio y tiempo concreto, que se encontraron años después donde nada era lo que solía ser.
Durante aquel tiempo, tiempo en el que las caras eran conocidas Naira no tendría más de seis años, una edad donde las muñecas, sus abuelos, los caprichos y los helados eran los protagonistas del día.
Sin embargo el tiempo pasó de una forma rara y el destino, cruel verdad o simple azar, provocó un giro radical, un giro de trescientos sesenta grados y ya nada fue conocido. Se perdió el verde, se perdieron las montañas, el cielo un poco más cerca, los kioskos que ella frecuentaba y las caras que solía conocer.

Cambió sur por norte, montaña  por playa, conocidos por desconocidos y presente por pasado.
Pero aquello no fue difícil, por entonces todavía niña, sólo lloraba porque su abuela ya no le concedía un beso de buenas noches, porque su cama no olía a ella.
Pero no todo acabó allí, un día, todo volvió a ser como siempre. Las ganas de volver a su pequeño pueblo, a volver a los brazos de sus yayos, se perdieron y el deseo de estar con ellos se volvió una realidad.
Si es necesario ser sincero, Naira debería decir que de su corta estancia en el aeropuerto de Gerona, no hay más que un leve recuerdo, donde una esquina mal escondida provocó una raja y litros de sangre brotando de una cabeza que no era la suya.

Después la mente acapara el momento de estar en el avión, sentada junto a un chico, un chico ya mayor que iba hacia Málaga a ver sus padres. Un chico que le compró una cocacola, que le cedió sus cacahuetes y le hizo varias fotos. Un chico de quien jamás recordaría su nombre, ni siquiera su cara.
Y de pronto las nubes desaparecieron, las mariposas revolotearon por su estómago y una azafata que la guía por unos pasillo y a los lejos. Su abuela con una sonrisa, su abuelo, serio como siempre y de pronto, la sensación de estar en casa.
Aquel verano fue raro, tal vez porque ya en el taxi de vuelta a casa, Naira vomitó.
  "¿Te encuentras bien?" preguntó su abuelo y ella asintió con la pequeña cabeza y segundos más tardes todo lo comido era filtrado por la falda de su abuela. Un taxi que se detenía, su abuelo que le daba una bolsa y ella entrando en un profundo sueño del que no despertaría hasta estar en su calle, la de toda la vida.

Ese verano comenzó de una forma diferente. Ese verano, sería el último, un verano en el que su abuela, como siempre había hecho, la llevaba al parque todos los días y cogía un extremo de la cuerda para que Naira pudiera saltar con sus amigas mientras todas, intentando coordinarse, cantaban "El cocherito leré".
Un verano donde reina el recuerdo de un abuelo enfadado por un motivo que no está presente en la mente. Un verano que acabó pronto. Donde la última noche Naira comía cereales con su mejor amiga en la casa de en frente. Un verano donde esa misma noche su tío le daba veinte euros y ella cerraba los ojos por última vez en aquel colchón donde casi había crecido.
De pronto ella llorando por no querer irse, un asiento en el avión con niños más pequeños que ella que juegan a un puzzle de animales que la azafata les dio al inicio del vuelo.
Su mente vuela, recordando momentos, queriendo no alejarse nunca de su querida Málaga, queriendo que todo fuera un sueño y que al despertar aquellas caras conocidas y los filetes empanados con puré de verdura de los domingos fueran de nuevo una rutina.

Todo quedó en el pasado. El tiempo pasó y como sutil broma de la vida, la situación se repitió cuando Naira tuvo que dejar su querida playa, su querida Blanes, para volver al lugar de donde ya no quería nada, de donde ya no conocía nada, de donde ya no se sentía parte.

Monstruos del pasado.

Cerró los ojos, se perdió en la oscuridad de la noche, suspiró y se miró a sí misma. No todo estaba acabado, no todo se deshacía en sus manos. Si en el pasado ella había gozado de la felicidad, de la vida, y las sonrisas habían sido eternas en su cara. ¿Qué le impedía hacerlo ahora?
Se detuvo. Miró a su alrededor. Todo seguía siendo lo mismo, aquella persona que la observaba seguía siendo ella, su reflejo no la engañaba. No era una ilusión que lágrimas cayeran por sus mejillas. No era una ilusión que su sonrisa no fuera eterna. Que su sonrisa fuera momentánea.
Con sumo cuidado, recordó un grito, un cristal que se rompía, un llanto que crecía y su miedo de saber que aquello ocurriría una y otra vez.
Los monstruos existían, pero ella sabía que no eran como su abuela decía, no había un Coco escondido bajo su cama si no se dormía, pues llevaba horas allí, en el suelo frío, lleno de polvo, envuelta por la oscuridad. No estaba asustada del hombre del saco que la acechaba en el armario. Estaba asustada de aquella persona que era volátil como el aire. Temía, no porque estuviera a oscuras y algún monstruo pudiera comérsela. No, ella había tenido que dejar esos monstruos a un lado, porque en la vida real, existían otros peores.
De pronto se hizo valiente, respiró todo lo profundo que pudo y poniéndose de puntillas abrió la puerta. se deslizó por las escaleras, siempre pegada a la pared. Se acostó medio segundo sobre la esquina y tras observar que nadie la espiaba, que nadie la observaba, tras entender que aquella noche ella era invisible, corrió, abrió la puerta y salió a la calle.
Días más tarde, ella se sentaba en el sofá y sin jugar ni querer hacerlo tuvo que fingir ser una buena enfermera. Su madre, su mamá, la mami, tenía pupa y ella debía ser fuerte por las dos. Para que el monstruo no la hiciera daño, porque aunque mami no quería decirlo, mami tenía miedo y ella debía cuidarla, como hacía mami con ella.

Naira abrió los ojos, miró su reflejo, años habían pasado de eso, años desde que los mosntruos habían desaparecido. Donde la infelicidad no la daban los golpes o los llantos. Habían pasado años y ahora el único miedo era el hecho no ser quien debía ser.