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jueves, 24 de octubre de 2013

Capítulo ocho.


El alcohol se había apoderado de mi cuerpo. Corría por mis venas y me cedía esa seguridad que nunca nadie me había brindado. La confianza del poder. De poder hacer todo lo que rondaba por mi cabeza. Me sentía alguien diferente, poderosa y aunque sabía que eso sólo era un estado pasajero, preferí arriesgar y arrasar con todo. No más penas durante una noche, no más lágrimas. No más extrañar. Sólo disfrutar. Sólo yo en cualquier bar. Sólo yo en cualquier cama, con cualquier boca que no hablara, que sólo besara. Los lamentos ya vendrán después. Esa noche era mía.

Y así fue. La noche era oscura y la gente no paseaba por las calles. Sólo había un desierto. Desierto de nada, donde el frío azotaba y acariciaba mi piel con garras de acero. En los bares las situaciones eran amenas, casi siempre parecidas. Iluminación tenue, gente en los rincones, barras llenas de vasos vacíos. Botellas que se abrían llenas, botellas que se perdían en un mar de humo que aquella noche no parecía asfixiarme. Era yo de noche. En una noche que no quería acabar bien. Una noche que me cedía la oportunidad de perder el título a la mayor gilipollas del mundo.  
Entré en el primer bar y me acerqué a la barra. En ella un chico moreno de ojos oscuros intentaba deletrear el nombre de algún ron que el camarero no conocía. El tono de la conversación parecía crecer y como niños pequeños se enfrentaban en una pelea de quien puede más. Pude yo. 
Me acerqué segura de mí misma impidiendo que los quince centímetros que llevaba de más aquella noche me dejaran en ridículo. No aquella noche. 
Y no por aquellos palurdos que me miraban como a una diosa, sino por la chica del fondo con ojos negros que me miraba de reojo desde la oscuridad.
  -Lo más fuerte que tenga -intenté coordinar las palabras ya que éstas intentaban brotar desesperadas.
El camarero siguió a mis labios con tanta fidelidad que tuve que repetirle la frase para que éste entrara de nuevo en el mundo y me trajera una copa de whisky. Respiré el olor del vaso medio lleno y mi cuerpo se estremeció. Era aquello lo que buscaba aquella noche. Sentirme yo, ser como una persona. Guiarme por mis instinto, sin tener seguro que siempre sería, que jamás dejaría de existir.

No pasaron dos segundos cuando el chico moreno se levantó de la silla y se escapó al baño con la rubia que me había observado. Entonces entendí que su mirada sólo había sido la de otra fiera que ansiaba una noche con premio. Una cazadora que había obtenido su presa.
Los miré marchar hasta que la puerta se cerró tras ellos. No conté el tiempo, pero para cuando me cansé de mirar ellos seguían dentro y el resto que quedaba en mi vaso bajó por mi garganta abrasando mis cuerdas vocales.
  -¿Cuánto es? -pregunté al camarero que me observaba desde lo lejos.
  -Estas dos las paga la casa -me guiñó un ojo y algo se revolvió en mi interior. Tuve que respirar dos veces, aguantar la respiración y fingir una sonrisa amable para no vomitar el último trago-. Buenas noches.

Salí de aquel antro con expectativas de algo más. Con ganas de perderme entre la multitud que aquella noche no abrasaba las calles. Quería algo que no había conseguido y mis pasos dubitativos me llevaron hasta otro lugar. Un lugar que me parecía familiar, familiar como todo en aquella noche. 
Empujé la puerta y entré intentando controlar mis sentidos que cada vez patinaban sobre capas de hielo más finas.
La poca gente que había estaba en grupos, reían y hablaban de temas convencionales. Sólo un par de borrachos se escondían en la oscuridad y vaciaban botellas y botellas del vino más barato. 
La duda me abarcó, ¿Me veo como ellos? ¿Estoy haciendo lo mismo que ellos? ¿Me estoy rebajando a este nivel? ¡No! Yo no era como ellos yo no quería morir en una de aquellas mesas entre botellas de un licor barato. Yo quería olvidar los problemas y perderme en la cama de una cualquiera que estuviera lo suficientemente ebria para no saber qué querer aquella noche. Yo no era como aquellos borrachos, porque ellos eran las presas de sus miedos y yo era la fiera que acababa con ellos.

Me senté una vez más en la barra. Esta vez, la barra estaba limpia y tras ella había una mujer de unos cuarenta y tantos. Tenía en pelo oscuro y caía desordenado sobre sus hombros desnudos. Sus ojos claros parecían cansados, su cuerpo exhausto, pero la sonrisa permanecía y cuando me acerqué no fue distinto.
  -Buenas noches -dijeron sus labios delgados al mismo tiempo que daba un trago a lo que fuera que llenaba su vaso.
Asentí con la cabeza y miré las botellas que habían a su espalda. Vodka, Cacique, Ron, Whisky, Vinos,  Tequila, y licores de frutas adornaban una estantería bajo otra. Y muy estúpido habría que ser para no reconocer que las botellas estaban pulcramente ordenadas por colores. Que en el suelo no había una sola mancha, que la gente estaba cenando comida y no basura. Que la música que sonaba era agradable y que la sonrisa que había en los labios de aquella mujer. Era la sonrisa de quien ayuda a los demás, de la que escucha mil historias e intenta apartarte la copa cuando ésta cree que ya no era necesario acabarla.
Le sonreí al instante y pensé durante dos segundos. En aquella noche todos los rostros me habían parecido tristes, enfermos, pero realmente sólo había estado buscando lugares donde no desencajar.
  -¿Va a tomar algo? -la camarera me preguntó con dulzura mientras dejaba su vaso vacío sobre la barra. Respiré con profundidad y olí ese sabor dulzón que caracteriza a la Coca-Cola. La cabeza pareció explotarme.
  -Lo más fuerte que tenga -repetí automáticamente.
Ella me miró con sus ojos y sentí que me abrazaba, que me brindaba la mano. La ignoré y esta vez procuré hablar más claro.
  -Lo más fuerte que tenga -me reafirmé y ella obedeció. Al fin y al cabo yo era la clienta, yo mandaba y ella obedecía. 
La observé girarse en un giro gracioso. Un hombre corpulento salió de la cocina y entonces ella lo miró, él la miró y con una sonrisa se acercó a ella y le dejó un casto beso en los labios. Un patético y absurdo beso que odié. Un beso que envidié, que deseé. Ella con más alegría cogió una botella de tequila y sacó dos pequeños vasos del lavavajillas. Los miró a contraluz y con un trapo verde quitó tres pequeñas motas de polvo que bailaban en él. Me miró sonrió y llenó los vasos a la mitad. Uno me lo acercó a mí, otro lo dejó cerca de ella.
  -Gracias -dije sin poder reprimir una sonrisa amable. Cogí el vaso, pero antes de poder llevármelo a los labios, ella cogió mi mano y volvió a dejarlo sobre la barra de mármol blanco.
  -Con el limón el sabor se rebaja mucho, siempre intento convencer a mis clientes de que lo tomen, porque así el sabor no es tan margo. Y no creo que necesiten más amargura en esas noches -la escuché atenta-. Realmente tomarlo con sal y limón no es más que un ritual porque anteriormente el tequila era de muy mala calidad -la camarera sonreía mientras cortaba finas rodajas de limón-. Yo personalmente no puedo tomármelo solo, posiblemente sea eso. Que si yo no puedo tomármelo solo, no me gusta que lo demás sí puedan -me miró y me sonrió mientras me entregaba una rodaja del cítrico amarillo y me esparcía sal en la misma mano-. Puro egoísmo y orgullo -me guiñó un ojo y luego cogió su vaso-. ¿Quieres que brindemos por algo? -negué por la cabeza, lamí la sal, me tragué mi vaso y mordí el limón mientras el tequila arrasaba con mi garganta a medida que bajaba por ella-. Yo sí, por ti -después de eso, ella siguió el ritual y se limpió la boca con la mano libre-. Delicioso.
  -¿Puedo pedir otro? -la observé con un poco de desconfianza-. Como este último.
Ella sonrió y volvió a preparar otro. Se bebió dos más conmigo, luego tuvo que atender algunas mesas y llevar platos de comida que olían deliciosos a mesas nuevas. Sin darme cuenta el bar se había ido llenando de gente que cenaba y familias que venían a disfrutar de un lugar agradable. Yo no encajaba allí, yo no tenía nada y si lo tenía no era conocido.
Miré el reloj que había en la pared sobre las estanterías llenas de botellas. Sólo eran las diez y media y sin embargo hacía horas que había anochecido. Horas que el cielo había perdido toda luz.
Esperé a que la camarera se acercara y dejé un par de billetes sobre la barra.
  -Ha sido un placer -sonreí confusa.
  -El placer ha sido mío -dijo devolviéndome el dinero-. Espero volver a verte por aquí... A ser posible con una sonrisa -me sonrió y yo me marché dejando el dinero sobre el frío mármol.

Caminé dirección a la puerta, no quería desentonar, no ahora, cuando había gente normal con una vida perfecta. No quería hacer el papel ahora cuando había gente disfrutando. Caminaba hacia la puerta, cuando ésta se abrió y ella entró. Una muñeca de porcelana caminaba hacia mí con una sonrisa amplia. Una muñeca que me parecía familiar. Una muñeca con la que me parecía haber jugado.


(El capítulo continuará)

8 comentarios:

  1. ¿Una muñeca de porcelana? Me has dejado :o
    Tengo ganas de leer más.

    Un beso.

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    1. ¿Te dejé con la intriga? Entonces conseguí lo que quería *-*
      Besos.

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  2. Definitivamente espero ansiosa la continuación. Con más que intriga me has dejado. Hace mucho no pasaba por acá, y siempre hay hermosos textos. Beso grande!

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    1. Sí ya extrañaba que estuvieras por aquí y me alegra tenerte de vuelta :D
      Prometo que pronto estaré con la continuación del capitulo, decidí hacerlo en dos partes porque sino iba a ser muy largo...
      Besos.

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  3. Uys, ese final me ha dejado con ganas de más!
    Besotes!!!

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    1. Prometo que continuaré el capítulo en breve.
      Besos.

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  4. Pues espero que no seas de esas que abandonan este tipo de blog. Espero poder llevar los próximos capítulos al día ;D
    Un beso<3

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    1. Prometo que no lo voy a hacer...
      Voy a estar por aquí mucho más tiempo hasta que esto acabe de cuajar...
      Besos.

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