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jueves, 8 de agosto de 2013

Un último verano.

Recuerdos de un parque, de calles enredadas, de tiendas inmortales y caras conocidas que desaparecieron al crecer. Que se perdieron en un espacio y tiempo concreto, que se encontraron años después donde nada era lo que solía ser.
Durante aquel tiempo, tiempo en el que las caras eran conocidas Naira no tendría más de seis años, una edad donde las muñecas, sus abuelos, los caprichos y los helados eran los protagonistas del día.
Sin embargo el tiempo pasó de una forma rara y el destino, cruel verdad o simple azar, provocó un giro radical, un giro de trescientos sesenta grados y ya nada fue conocido. Se perdió el verde, se perdieron las montañas, el cielo un poco más cerca, los kioskos que ella frecuentaba y las caras que solía conocer.

Cambió sur por norte, montaña  por playa, conocidos por desconocidos y presente por pasado.
Pero aquello no fue difícil, por entonces todavía niña, sólo lloraba porque su abuela ya no le concedía un beso de buenas noches, porque su cama no olía a ella.
Pero no todo acabó allí, un día, todo volvió a ser como siempre. Las ganas de volver a su pequeño pueblo, a volver a los brazos de sus yayos, se perdieron y el deseo de estar con ellos se volvió una realidad.
Si es necesario ser sincero, Naira debería decir que de su corta estancia en el aeropuerto de Gerona, no hay más que un leve recuerdo, donde una esquina mal escondida provocó una raja y litros de sangre brotando de una cabeza que no era la suya.

Después la mente acapara el momento de estar en el avión, sentada junto a un chico, un chico ya mayor que iba hacia Málaga a ver sus padres. Un chico que le compró una cocacola, que le cedió sus cacahuetes y le hizo varias fotos. Un chico de quien jamás recordaría su nombre, ni siquiera su cara.
Y de pronto las nubes desaparecieron, las mariposas revolotearon por su estómago y una azafata que la guía por unos pasillo y a los lejos. Su abuela con una sonrisa, su abuelo, serio como siempre y de pronto, la sensación de estar en casa.
Aquel verano fue raro, tal vez porque ya en el taxi de vuelta a casa, Naira vomitó.
  "¿Te encuentras bien?" preguntó su abuelo y ella asintió con la pequeña cabeza y segundos más tardes todo lo comido era filtrado por la falda de su abuela. Un taxi que se detenía, su abuelo que le daba una bolsa y ella entrando en un profundo sueño del que no despertaría hasta estar en su calle, la de toda la vida.

Ese verano comenzó de una forma diferente. Ese verano, sería el último, un verano en el que su abuela, como siempre había hecho, la llevaba al parque todos los días y cogía un extremo de la cuerda para que Naira pudiera saltar con sus amigas mientras todas, intentando coordinarse, cantaban "El cocherito leré".
Un verano donde reina el recuerdo de un abuelo enfadado por un motivo que no está presente en la mente. Un verano que acabó pronto. Donde la última noche Naira comía cereales con su mejor amiga en la casa de en frente. Un verano donde esa misma noche su tío le daba veinte euros y ella cerraba los ojos por última vez en aquel colchón donde casi había crecido.
De pronto ella llorando por no querer irse, un asiento en el avión con niños más pequeños que ella que juegan a un puzzle de animales que la azafata les dio al inicio del vuelo.
Su mente vuela, recordando momentos, queriendo no alejarse nunca de su querida Málaga, queriendo que todo fuera un sueño y que al despertar aquellas caras conocidas y los filetes empanados con puré de verdura de los domingos fueran de nuevo una rutina.

Todo quedó en el pasado. El tiempo pasó y como sutil broma de la vida, la situación se repitió cuando Naira tuvo que dejar su querida playa, su querida Blanes, para volver al lugar de donde ya no quería nada, de donde ya no conocía nada, de donde ya no se sentía parte.

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