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lunes, 19 de agosto de 2013

Reencuentro con el pasado

Siento el mar en la cara. Hace rato que camino sobre la suave arena y parece ser que el tiempo no quiere mejorar. Miro a lo lejos y sólo veo un mar enfurecido que se funde con un cielo triste o tal vez furioso.
El caso es que quise huir y corrí en todas direcciones pensando que posiblemente al hacerlo todo quedaría atrás y sólo sería yo. Yo sin problemas, yo al natural. Pero nada es como creía y ahora me siento perdida, varada en una playa donde tantos veranos he gozado y que ahora me parece totalmente desconocida.
Y ya no sé que es lo que quiero, llegué aquí por accidente y estoy siendo testigo de un cambio brutal, he sido testigo de como la furia vence a la tranquilidad y el mar se convierte en una caja de preocupaciones que amenazan con devorar el mundo. Tal y como estoy yo ahora, arrinconada sin saber a donde ir, pensando que la huida es la libertad.
Y es que nunca creí poder llegar a este nivel, este nivel en que todos creen que mi cabeza no está bien, que yo no soy normal, que comienzo a delirar. Este momento en el que me siento yo, en el que sé quien soy. Este momento en el que nadie me apoya y me siento tan sola que ni las lágrimas son un consuelo.

Y yo quise huir y llegué hasta aquí, hasta este pequeño paraíso desierto, donde había disfrutado mis mejores momentos, donde todo comenzó en una cumbre rápida a la que le siguió la pausa.
Ella me besó, no fui yo. Sin embargo yo seguí lo que me parecía un juego, mientras Naira me miraba con una sonrisa.
Trece años tenía entonces y encontré que aquellos labios, los labios de aquel niña eran mi lugar favorito del mundo. Que aquellos labios eran un juego del que nunca podría cansarme.
Pero igual que comenzó, todo acabó aquel verano detrás unas rocas desde donde mirábamos peces.
  -Me voy -susurró ella, por decir algo.
  -Lo sé -seguí mirando los peces que tanto me gustaban.
  -Volveremos a vernos -ella sonrió.
  -¿Cómo? -yo le pregunté.
  -Con los ojos -contestó sabiamente.
  -¿Cuándo? -volví a preguntar, sabiendo que ésto para ella no era más que otro juego.
  -Dentro de dos pares de años -me besó la mejilla-. Que son cuatro años.
  -¿Aquí? -pregunté mientras la miraba confusa.
  -¿Dónde sino? -fue lo último que dijo antes de que su madre la llamara y ella desapareciera dejándome sola con los peces, con el mar, con la roca, con sus besos que habían sido míos.
Y su última sonrisa hacia mi fue desde un coche negro que jamás volvería a ver.

Y de pronto el tiempo se detuvo y la casa de la playa no parecía tan bonita y la arena, las olas, los peces, los cangrejos no parecían divertidos. Los helados eran aburridos y la playa se me hacía grande y pesada. Y todo volvió a su rutina y yo creí olvidarlo todo hasta hoy. 
Un día especial, un 23 de julio cuatro años después. Un día de verano que no se parece a aquellos días, un día en el que el cielo ruge con fuerza y las nubes me amenazan mientras lo que era una sutil brisa marina se convierte en un viento enfurecido que baña mi cara. 
Soy yo, sigo siendo yo aunque nadie pretenda aceptarlo. Soy yo porque cuando miro mi reflejo me reconozco y sé que soy yo. La que siempre he sido, pero mayor. Y de pronto mientras escribo su nombre en la arena una escena de no hace mucho revienta en mi cabeza.
   -Mamá, papá estoy enamorada de una chica -mi voz sale en un susurro mientras ellos me miran desolados, admitiendo por fin una verdad que nunca se había dicho antes y que siempre había flotado por todas partes.
  -No puedes hacernos esto -la voz de mi madre rompe en un sollozo-. Y no se vuelve a hablar -sus ojos que me miran, yo que me ahogo y mi padre que sigue en algún lugar del mundo al que nadie tiene acceso.
  -No quiero hablarlo, sólo quería ser sincera.
  -Si sabes que una verdad va a hacer daño debes callar e intentar esforzarte por mejorar -sus ojos se enfrentan a los míos y entonces viene la temida frase-. Sólo es una confusión y por ello debes luchar contra con esa idea absurda -Mi madre se levanta me acaricia la mejilla con una sonrisa y después la besa-. No seas pequeña y no juegues con esas cosas antinaturales. Esas bromas no tienen gracia.

Minutos más tarde mi padre me observaba, callado, porque nunca habla si no tiene permiso. Yo le suplico que me apoye en una mirada, él se hunde de hombros y con una sonrisa vuelve a su mundo en el que todo es como siempre. Horas más tardes me hundo en mi chaqueta en un asiento un poco duro y miro por la ventana de un autobús que me lleva hasta la boca del lobo, que me trae hasta aquí donde ahora estoy sentada. Donde soy yo y la espero a ella.
   -Hola -una voz dulce como la miel que parece cantar a lo lejos interrumpe mis recuerdos y de pronto sé que es ella. La que siempre esperé. Me levantó con cuidado y cuando la veo algo me invade, miles de sensaciones que quieren adueñarse de mí, provocan que me asuste, que quiera gritar, llorar, que quiera sonreír, que quiera hacer de todo y no pueda. Ella me mira, ya no es una niña, yo no soy una niña.
Luce como aquel verano, aunque no lleva bañador y su pelo rubio se ha transformado en una melena caoba que cae sobre su espalda y se detiene a la altura de su cintua. Su rostro moreno está teñido de un leve rosa que invade sus mejillas y sus ojos verdes se apoderan de los míos mientras una sonrisa invade su rostro y se plagia en el mío.
  -Hola -me acerco hasta ella y entiendo que es perfecta. Que su cuerpo ha sido esculpido con cuidado durante tanto tiempo que como resultado final se ha creado una obra de arte, una persona perfecta que luce un vestido floreado y una rebeca blanca.
  -No supe si habrías entendido la fecha -ella se recoge un mechón de pelo tras la oreja y yo busco palabras. Una frase, algo que me ayude a no parecer tonta y entonces pierdo el control, camino hacia ella y la abrazo, la abrazo porque la he extrañado. Porque su cara ha estado en todas partes, porque esos labios, los que han sido míos, los que me han perseguido en otras caras están de nuevo dirigiendo palabras hacia mi.
  -No se puede ignorar al destino, tú eres el mío -las palabras salen de mí y de pronto sus labios que me besan. El mundo que desaparece y entiendo que pase lo que pase ella debe ser mía.
  -Te he extrañado -susurra mientras me besa y yo me derrito en sus manos, caigo y me dejo encarcelar por sus ojos. Por ella.
   -Estoy aquí, contigo -la observo y su felicidad se contagia inmediatamente y recorre mi cuerpo en búsqueda de la eternidad.
De pronto todo pierde importancia, el mar no parece estar enfadado sino que empiezo a sospechar que sólo está deseoso, deseoso de este momento que ha tardado tanto en llegar y mientras entiendo y me pierdo en un beso, en unos labios que extrañaba, siento que el tiempo se detiene en un momento llamado amor, eternidad, felicidad, futuro, presente. Un momento que resume toda mi existencia en una sola imagen, ella entre mis brazos en la infinidad del tiempo.

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