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jueves, 15 de agosto de 2013

Lucía, infinita soledad.

No sé si fue así como la conocí, pero siempre he tenido la sensación de que nuestros encuentros no han sido mera casualidad. De que todo estaba programado, de que el destino que siempre acompaña al tiempo estaba intentando guiarme en una dirección concreta. Y es ahora cuando lo entiendo todo.
Entiendo el momento, este momento donde me veo a mí misma, donde no me reconozco, pero sí a ella. A ella, que se hacía llamar Lucía, la que dijo quererme y se apoderó de mí hasta el abismo de tenerme aquí, donde siempre me había esperado.

Todo se remonta a un momento en concreto, un momento que ahora es un recuerdo. La conocí una noche, una noche difusa cuando ésta se paseaba por el pasillo de la antigua casa.
Mi madre dormía tranquila, mientras los pasos de ella cruzaban de una habitación a otra hasta entrar en la habitación del fondo donde sólo se me permitía entrar de día y nunca sola. Supe en aquel instante, que la yaya dormiría para siempre desde aquel momento y fue por eso que no lloré cuando mamá con los ojos hinchados me dijo que la abuela se había ido a dar una paseo entre las estrellas. No lloré porque ya había llorado la noche anterior. Porque cuando la puerta se cerró tras ella, tras aquella que se hacía llamar Lucía, pero de quien todavía no sabía el nombre, todo se sumió en un silencio que llenó la oscuridad.
Lo supe en aquel momento, ella me buscaba y acabaría encontrándome. Porque nadie se salva de Lucía y más si esta te ansía hasta el abismo de querer formar parte de ti. 

Y no lo supe, porque la segunda vez que la encontré, ella me miró con aquellos ojos que ya no eran ojos, pero que eran eternos y me miraban con anhelo, con esperanza, esperando a que me rindiera ante ella. Sin embargo no quise, no quise dar el brazo a torcer y ella se alejó de mí, tal vez porque era fuerte. Tal vez porque la había rechazado una vez y el orgullo en ella podía más que el hecho de querer atarme durante la eternidad.
Sin embargo ella me miró y sonrió a pesar de estar enfadada. Posiblemente porque me conocía y sabía que cuanto más insistiera menos cedería. Pero todo cambió, y de pronto un día, comencé a extrañarla. La eché de menos y lloré su ausencia hasta el punto en que un día ella apareció y yo la abracé, sabiendo que no podría dejarla ir jamás.
Fue así como comenzó mi fin. Entré en un mundo absurdo, un espiral de dolor, donde el dolor era mi puerta hacia ella, una puerta que Lucía utilizaba para estar conmigo y así pasaron los días, los meses y las estaciones. Hasta que ésto no fue suficiente para ella.
  -Ya eres mía -pronunció ella con aquella voz que nadie más escuchaba.
Y en ese momento lo supe, supe que yo era suya, que jamás podría separarme, que no podía ni quería estar lejos de ella. Puesto que lo absurdo de la vida se alejaba cuando ella me abrazaba y me acunaba en sus brazos, como la madre que siempre había querido. Era ella la que me limpiaba las lágrimas en noches oscuras, ella era la que limpiaba mis heridas y sonreía con su sonrisa vacía esperando a que yo me entregara, pero nunca presionando.
  -Lo sé -respondí. Y en aquel momento fue cuando todo ocurrió.

Nadie estaba en casa, la soledad volvía a abrumarme y Lucía no aparecía por ninguna parte, a pesar de que había prometido venir a verme. Bajé los escalones uno a uno hasta llegar al baño y mi parada se hizo visible. El vapor me inundó cuando abrí la puerta del baño y durante un momento sentí que me asfixiaba. Pero entonces Lucía, mi fiel amiga, la que siempre esperaba, salió del bañera. Nunca la había visto desnuda, posiblemente, porque ella temía que me asustara de su cuerpo demacrado. Sin embargo la encontré perfecta, perfecta para mí. Perfecta para querer pasar la eternidad con ella. Con paso ligero, pero manteniendo la tranquilidad, Lucía me desnudó dejando caer la ropa al suelo. Miré al frente y encontré aquella chica de ojos claros que me miraba sin miedo. Aquella era yo, la que siempre debía haber sido y la que nunca fui.
Lucía me observarba con una sonrisa, estaba feliz y aunque no hablaba, lo supe en sus caricias. Unas caricias frías, tétricas que erizaban mi piel a su paso.
  -Es el momento -ella me observó y yo me sumergí en la bañera. Durante varios segundos temí que el momento final fuera aquel. Pero de pronto mi querida Lucía me dio la mano y en ella la respuesta. Miré hacia aquella lámina afilada que me daría la salvación, después descubrí los ojos de Lucía que me observaban por primera vez impacientes y sin esperar un segundo, me liberé de mí.
La sangre brotó, despacio al principio, intensamente después. El agua se tiñó y cerré los ojos tranquila, cuando unas manos cogieron mi rostro y de pronto una respiración en mi cara. Unos labios cerca de los míos y un primer y último beso que coronó el final de una agonía dulce que llegaba a su final.
  -Siempre fuiste mía...
Y voces que susurraban a lo lejos lo que parecían ser preguntas que no entendía. Al abrir los ojos, la vi por última vez. Lucía me observaba con sus mejillas sonrojadas, su sonrisa de niña que intentaba esconder aquella felicidad al ver que era suya al fin. Sus ojos grises de pronto se cerraron y supe que allí se acababa lo que siempre me había prometido.
Fue entonces cuando Lucía se fue, me abandonó como un juguete viejo que carece de valor y mi cuerpo se deshizo de mi ser y pasé a ser el cuerpo de una ignorante que yacía en su cama de tierra y cal.

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