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lunes, 26 de agosto de 2013

La inmortalidad de una vida

Si miras a lo lejos centrándote en un sólo punto o simplemente mirando la inmensidad del espacio es fácil darse cuenta de que la eternidad existe. 
Sí, la eternidad existe y yo no estoy loca. No digo que el tiempo se pueda detener, aunque para aquellos que lo deseen, no hay manera más sencilla que romper un reloj en un momento determinado. Sin embargo, y os lo digo desde la experiencia, no hay peor mentira que querer aceptar que Peter Pan nos acogerá en su querido país del Nunca Jamás durante lo que dure la eternidad.
No amigos, la eternidad no es eso. La eternidad tal y como se conoce, sólo existe en la historia, en los recuerdos. En la magia de un segundo que dura para siempre en nuestra mente y tras años y años sigue merodeando por aquellos rincones de lo increíble de nuestra cabeza.

Pero la eternidad ya no es lo que era, ahora, en el mundo en el que vivimos, un mundo avaricioso del que yo formo parte, tú formas parte y mucha más gente forma parte. La gente ya no se conforma con recuerdos. Ahora pretenden encontrar la eternidad en lo que se llama botox, cirugía, cremas y maquillaje. Cuando la verdad es que podemos modelar todo lo que queramos de un cuerpo, pero éste acaba pudriéndose, pues no somos inmortales.
Pero no me refiero a esta inmortalidad aparente, esta a la que toda la gente con dinero quiere acceder.
Yo me refiero a una eternidad un poco más cercana. O tal vez un poco más lejana. Me refiero a esa caja de fotos olvidada en el algún cajón de la casa que sólo se abre cuando la nostalgia llega a nosotras. 
Y si os dais cuenta el proceso de volver al pasado es muy sencillo, al igual que el proceso de inmortalizar un segundo.

Pues bien yo hablo desde mi experiencia por lo que en mi caso es muy simple. En esos momentos en lo que tengo la mente poco presente, abro el cajón que nunca se toca. Un cajón donde se guardan cosas que un día perdiste y nunca encontraste. En ese momento observo el álbum de fotos, un álbum que yo recuerdo des del principio de mis días y lo cojo con cuidado. Porque de dejarlo caer, estaría dejando caer mi vida entera.
Entonces, en mi caso, yo me siento en el suelo porque es un suelo que he pisado tanto tiempo que me reconforta, es como si siguiera siendo aquella niña que intentaba ponerse en pie, pero que no hacía otra cosa que dar un paso y caer al suelo para limpiarlo con sus pequeñas rodillas.
De pronto verás, sentirás, que una sonrisa invade el cuerpo, que la gente de la casa se acerca a ti y mientras tu miras las fotos, fotos de aquella persona renacuaja que tan poco se parece a ti, la gente en tu casa comienza a hacer comentarios, algunos que no recuerdas, otros que inundan tu mente con carcajadas, lágrimas, nostalgia y una sensación de placidez. Esa placidez de decir "todavía quedan momentos que siguen conmigo".
Sin embargo no siempre soy tan dispuesta, y hay momentos en que antes que observar fotos de un yo más joven, me tumbo en cualquier lugar y dejo a mi mente que vague hasta ese primer beso, un beso en el que labio con labio hizo que dos personas se unieran en una sola. Recorro trozos de mi vida que recuerdo a la perfección, momentos que añoro, que entiendo después de tantos años. 
Es entonces cuando recuerdo que aunque crezco y cambio, mis recuerdos siguen siendo los mismo de hace tiempo, pero aumentando el número.

En ese momento en el que entiendo que las fotos, los recuerdos me conceden el poder de la inmortalidad. Entiendo que mis palabras se las llevará el viento. Que las miradas permanecerán en mi mente. Que mis sonrisas brincarán en una foto y que ésta, la que soy yo, goza de una inmortalidad que pocos aprecian. Que yo, una escritora destartalada, que sueña despierta y duerme cuando se acuerda, tal vez no sea guapa, tal vez no tenga dinero para aparentar ser la persona perfecta, es realmente una persona que acabará siendo eterna, porque la historia es eterna. Porque el tiempo ha existido y existirá siempre y aunque en un momento nadie se acuerde de mí, hay un momento en la historia que me pertenece, un momento que se forma con los retazos de esta vida, la mía.

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