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viernes, 27 de diciembre de 2013

Una palabra, Una historia: Corazón


Image and video hosting by TinyPicMiraba a lo lejos cuando algo pareció revocarme al pasado. La sensación de vivir. El sentimiento de volver a sentir. Las ganas, sobretodo las ganas.

Pero ya sólo eran ganas, eran ganas de volver al pasado y cambiar ese momento en el que esto llamado corazón latía. Porque entonces latía y era una parte de mí, una parte que vivía y se desbocaba al verla. Solía enloquecer, ella lo sabía. Y él -corazón- lo intuía, porque era sólo verla y comenzar a cantar, comenzar a volar y sentir que los imposibles no existían, que no había algo con lo que no pudiera. Yo podía, podía si estaba con ella y el corazón se embalaba y el tiempo desparecía.

Sí, en algún momento del lejano pasado mi coran vivía, latía y cantaba. Se emocionaba con su contacto. Lloraba en despedidas y se ahogaba entre suspiros, entre gemidos que no cesaban. Entre palabras que eran suyas, entre su corazón que era mío. Su corazón, el mío. Los nuestros. Sólo uno.

Y ahora la veo en la parada de bus, ella no viene a verme y el corazón no vive. Porque ella  no viene a verme. Porque nuestros momentos se desvanecen entre recuerdos.

La miro, la observo. Ella baja, mira a todas partes. Sus ojos brillan. Mi corazón que parece latir. Mi corazón que muere cuando sus labios son atrapados, cuando ella no me ve. Cuando ella no mira.

Y entonces ocurre, su pelo que cruza vuela a centímetros, su olor me invade. Yo que soy débil.
  -Annia -mi labio susurra su nombre. Su rostro se gira. Una sonrisa se ensancha al verse. Mi corazón que late. Que parece hacerlo. Mi corazón que muere. Ella que se va.

Y mueres cuando empiezas a entender que todo lo que hubo yace entre cenizas. Entre recuerdos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Doce y vuelta a empezar.

Los años pasan como suspiros que se agotan. No somos nada, tampoco pudimos serlo. Todo se quedó en la nada y ahora sólo puedo recordarte.
Los años pasan y ahora sólo soy yo. Ahora soy yo en este presente y ahora eres tú en nuestro pasado. Pasado acabado. Pero ya no somos nada. Nunca fuimos nada más que un montón de mentiras. Fuimos mentiras y algunos besos. Besos y mil mentiras.
Pero eso ya no importa. Porque el tiempo pasa y te quedas lejos. Porque ya no te pienso, porque ya no eres protagonista de mi vida, porque poco a poco nuestros recuerdos se esfuman entre el humo de tus cigarros. 

El tiempo pasa. Cinco años exactamente.
Y ahora, a segundos de comer las uvas, recuerdo expectante aquellas navidades. Aquellas sorpresas que tenían mi nombre y esa sonrisa tuya que se abría entre papeles de regalos.
Muchas lágrimas han inundado mis sueños desde entonces. Muchos suspiros han barrido tus labios y ahora, aunque intento no pensarte, quedan segundos para que un año termine. Para que sean séis y no cinco, los años que nos separan.

No estás. Te fuiste. Te fuiste hace tanto tiempo que ya no duele, porque no debe doler. Lo dicen todos. No debo recordarte, porque ya sólo eres mía en sueños. Sueños que se escapan al amanecer. Sueños que se acaban entre lágrimas cuando tu ausencia se hace inminente.

¿Qué no estás? Que lo sé. ¿Qué no volverás? Lo presiento. ¿Que fuimos tú y yo? Eso queda claro. ¿Qué no somos nada? Obvio.

Y te pienso, y no queda nada y comienzan las campanadas. Intento ser feliz. Empezar el año con una sonrisa. Con esos miles de planes que se quedaron en sueños. Con esas últimas uvas que no fueron contigo. Con esas últimas navidades que no son nada, que fueron algo cuando fuimos tú y yo. Nosotras.
Y ahora te pienso. Sé que estás en alguna parte sonriendo, mientras yo intento no atragantarme con sueños que se desvanecen.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, séis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce.

Última campanada. Año nuevo. Sonrisas nuevas. Miles de sueños rotos otra vez.

Y pensé que sería diferente, pero cuando la última campanada sonó,
mi año comenzó contigo en mis recuerdo...


viernes, 13 de diciembre de 2013

Tinieblas.

La noche había caído sobre mí arrebatándome la calidez de la tarde. Ya no había luz en el cielo y el dorado de las hojas había sido arrebatado por la intensidad de la noche.
Ya no quedaba nada. Sólo estaba yo. Yo y el silencio que se oía tras mis pasos. Yo y el frío que se instalaba en mí. Sólo estaba yo, como siempre.

Aquella noche ni siquiera las estrellas me acompañaban. No había ninguna pequeña mota de luz en el cielo y la luna se escondía bajo tenebrosas nubes que amenazaban con su oscuridad. Sólo la luz de una viejas farolas caminaban a mi paso. Unas farolas que titubeaban como mis pasos, ¿A dónde vas Leu? una voz sonó en mis adentros y mi cerebro la ignoró.
  -¿A dónde vas pequeña? -la voz se hizo real y al mirar mis pies, otros pies invadían mi espacio-. ¿A dónde vas Leu?
Mis ojos miraron hacia el frente y sólo me encontré con una camiseta negra que me absorvia por completo. Negra como la noche, negra como el día. Negra como todo. Porque todo era negro. Porque ya nada tenía color. Porque todo era oscuro y yo vivía en la oscuridad de la verdad.
  -Te dije que me iba -suspiré y al levantar el rostro, unos ojos rojos como la sangre me miraban a centímetros-. Te dije que no podía seguir con esto... -mis labios dudaron las palabras, pero el torrente de voz invadió mi garganta y los labios articularon sonidos.
  -No tienes opción -una sonrisa se ensanchó en sus labios. Unos labios a los que temía. Unos labios que había deseado, unos labios que me habían convertido en aquello que era-. Sabías que al entrar en mi mundo, tú mundo se desvanecería.
  -Yo no quise entrar en tu mundo -mi boca escupió las palabras con un sabor agrio-. Tú no me diste opción Eric.
  -Pudiste ignorarme -él se acercó a mí y yo me alejé de él. No, aquello no podía ocurrir una vez más. Yo si era dueña de mi vida. Yo podía decir no, sólo debía quererlo.
  -¿Cómo ignorarte dime? -lo miré con rencor. Con el rencor que me abordaba al recordar que realmente aquello sólo había sido un juego macabra. Un juego donde una víctima había caído y dos "reyes" se coronaban con su muerte-. ¿Querías que simplemente no me fijara en ti? ¡No haberte cruzado en mi camino! -las palabras sonaron como una súplica, una súplica que ya no valía. Que no tenía sentido-. ¡Pero no fue tan fácil no! ¡TÚ HICISTE BIEN TU TRABAJO! ¡¿Y AHORA QUÉ?! -las lágrimas salieron con fuerza y tuve que luchar contra ellas para que éstas no me vencieran.
  -Hemos ganado pequeña -su mano blanca, fría como el mármol acarició mi mejilla. Cálida como aquella tarde de otoño-. Ahora somos nosotros.
  -No a costa de ésto -saqué las manos de los bolsillos y las manchas de sangre me devolvieron a aquel momento en que todo empezó.


  -Toma un poco, pero sólo un poco -Eric rasgó su cuello con una pequeña cuchilla y la sangre brotó con fuerza. Roja como la vida. Impaciente como la de los vivos. Pero Eric no estaba vivo. Nunca lo había estado, al menos eso contaba él-. No te sacies conmigo -dijo con cierta ironía mientras acercaba su cuello a mi boca.
  -No entiendo por qué tengo que hacerlo -mascullé mientras mis labios entraban en contacto con su fría piel-. Me tienes aquí -lo miré mientras el líquido lleno de vida invadía mi boca y se instalaba por todo mi cuerpo.
  -Porque me gusta cuando bebes de mí -con cuidado me apartó de su cuello y depositó un corto y casto beso sobre mis labios húmedos, con la punta de la lengua limpió los restos de aquel preciado líquido que corría, parecía correr, por sus venas. 

Y de pronto el mundo que cambia de tonalidades, los ruidos que se hacen intensos, los sonidos que son melodías. Su rostro que es el de un ángel. Sus labios que están esculpidos. Y todo parece mejor. Porque durante un segundo yo soy como él. Estoy hecha de él y eso me llena.
Pero todo acaba cuando mis ojos se abren y mis dientes muerden con fuerza la muñeca de alguien. Me alejo horrorizada deseando que aquel brazo sea de Eric. No lo es, no puede serlo, el cuerpo todavía está caliente. Me alejó de él con miedo y cuando lo veo en la distancia, reconozco el rostro del pequeño Bryan en el suelo. Sus ojos me miran. Están muertos.

  -No puedo volver a hacerlo -lo miro y me hundo en su mirada con una especie de súplica-. No quiero ser esto. No quiero ser tú.
  -Pero estábamos luchando para que fueras como yo, para que pudiéramos estar juntos al fin -sus ojos me observan con algo que no es limpio y el miedo durante un momento se apodera de mí.
  -No de esta forma -aparto mis ojos de él y echo a caminar-. No sí soy como tú.



Abro los ojos y nada me rodea. Parece que estoy muerta y entonces la muerte se presenta ante mí.
  -Buenos días princesa, has tardado mucho en despertar -la sonrisa de Eric brilla en la oscuridad, mi corazón que no late intenta luchar. Las tinieblas me invaden y entonces lo entiendo...

Eric, ángel caído. Vagabundo de noche. Creador de sueños. Eric, dueño de la muerte. Muerto en vida.
Estoy condenada a las tinieblas de por vida.


Porque las tinieblas no matan.
Matas tú por salir de ellas. Creo.


viernes, 22 de noviembre de 2013

Visitando los restos de mi vida.

Miro por la ventana y no estás, es 18 de mayo y sigues sin estar, ya son cinco los meses que llevo sin ti, ya son demasiados días los que llevo recordándote, los que llevo aquí sentada cada viernes de cada semana.
Son tantos los días que llevo viviendo sin ti, que me pregunto cómo soy capaz de hacerlo, cómo puedo seguir adelante sin chocarme contra la pared invisible que me envuelve. Tengo tantas preguntas que se resumen en ti, tantas preguntas absurdas que nadie me puede responder, porque no hay respuesta lógica o al menos no ninguna que yo quiera oír. ¿Qué no estás? Eso lo sé ¿Qué es por mi culpa? Lo asumí hace tiempo y me odio por eso, por tener una vida, una vida que tendría que ser la tuya y me pregunto ¿Por qué tú y yo no? ¿Por qué si los dos íbamos en la misma moto tú tuviste que sufrir y yo no? Me pregunto tantas cosas, cosas de las que soy culpables, cosas que me transforman en asesina, porque aunque esa persona que cada miércoles intenta convencerme de que no soy la culpable de tu muerte, yo no lo creo, porque tú cuidaste de mí, pero yo no lo hice por ti. Y me mata cuando ese hombre me llama por mi nombre y me pregunta como sucedió todo.

-Estaba con él, yo iba detrás, nunca me dejaba llevar la moto, según él yo era un peligro -sonrío al recordarte-. Se giró un momento para ver si iba bien, siempre lo hacía y no me gustaba, siempre me daba miedo que dejara de mirar a la carretera, pero nunca nos había pasado nada ¿Por qué ese día tenía que ser diferente? -comienzo a sollozar-. Pero todo fue tan deprisa... Él se giró y el coche estaba sobre nosotros. Paró a tiempo y nosotros nos bajamos, me quedé cerca de la moto y él fue a disculparse cuando... -intento no recordarlo pero es imposible. La primera lágrima cae y le siguen cien más-. Sé acercó a la puerta del piloto y le pidió perdón y cuando se giró para volver, el coche pasó…
Y siempre me quedo ahí, no soy capaz de explicar que yo veía ese coche, que sabía que estaba a metros de ti y no te podía avisar, estaba congelada, porque cada vez estaba más cerca y cuando te llamé era demasiado tarde.
Nunca he contado que no moriste en el acto, tampoco he contado tus últimas palabras, porque son para mí y no quiero que nadie más las sepa. Porque soy una cobarde, para decir que lo que más me dolió fue que de tus labios saliera un te amo como última palabra, cuando tú estabas allí tirado, cuando tú estabas llorando, porque sabías que te ibas a ir y yo me quedé allí llorando sobre ti, hasta que dejaste de respirar, hasta que sonó tu último latido, el sonido más hermoso y aterrador que jamás he oído, aterrador porque ese suspiro de tu corazón significaba el sueño eterno para ti.

No espero que me perdones, es más no lo merezco y aunque no estés enfadado, yo lo estoy conmigo, porque no te dije nada, porque no hice nada. Me odio porque por mi culpa estés aquí y no sea al mismo tiempo que yo. Me odio por ser yo la que viene aquí cada domingo a sentarse al lado de ese viejo roble, si pudiera cambiaría todo, me gustaría que fuera yo la que estuviera allí en esa caja, que parece demasiado poco para ti y que fueras tú el que estuviera aquí. Porque tú eres mucho más fuerte y sé que podrías a seguir adelante, pero yo no. Me resulta imposible, porque sólo puedo seguir contigo y es imposible. Porque todo lo que quiero está inmóvil bajo mí, porque tu sonrisa sólo existe en las fotos, porque nuestros momentos son todo lo que tengo de ti. Porque todo lo que he tenido lo he perdido en un segundo.
Porque aunque intento seguir adelante me doy cuenta de que no puedo y no porque no quiera, sino porque mi cabeza se bloquea sin tu voz, porque mi vida ya no es la misma sin tus labios sobre los míos, porque no siento tus caricias, porque ha desaparecido tu aliento de mi perfume, porque he perdido tus ojos, porque todo lo que quiero y me importa de verdad se ha vuelto en un frágil cuerpo sin vida, que no va a volver a reír y te pido perdón.
Y sé que no sirve de nada, los deseos no se cumplen si no crees en ellos y tú te llevaste mi fe cuando te fuiste, en verdad te llevaste todo lo mío contigo. Pero sigo pidiendo que vuelvas conmigo en cada suspiro, que estés a mi lado en cada lágrima, que pueda volver a verte en cada pompa de jabón, que todo cambie en una estrella. Pido tantas cosas que sé que no se van a cumplir, que ya me siento estúpida, me siento tonta. Y sobre todo me siento cansada, cansada de intentar aparentar estar bien, de intentar sonreír de querer seguir adelante. Estoy enfadada, de ser capaz de levantarme por la mañana y dormir por las noches. Estoy furiosa por pensar que allí donde estés estarás bien.
Porque no me importa, quizás te parezca muy egoísta y puede que lo sea, pero es que no me conformo con creer que allí donde estés vas a cuidarme, porque te necesito a mi lado, conmigo, cerca de mí. Porque sé que sin ti no puedo, porque sé que contigo ya es imposible.

En cada pompa de jabón.



viernes, 15 de noviembre de 2013

Y acabamos cayendo...

Las culpas volaban de un lado a otro. Aquella noche las voces se convertían en furiosos rugidos que traspasaban las paredes de mi cabeza y se instalaban en ella con la idea de quedarse.
  -Llevate a Héctor a dormir -me dijo mi madre con lágrimas en los ojos mientras nos miraba con el miedo apoderándose de su rostro.
  -¿Lo acuesto conmigo? -pregunté mientras cogía al pequeño de la casa en brazos.
  -No hace falta cielo -me besó en la frente y luego descansó sus labios sobre la pequeña frente de mi hermano. Después de ésto subí las escaleras en penumbras mientras el primer golpe llegaba y algo se partía en mil trozos. Posiblemente el cuerpo de mi madre.
  -No quiero momir solito -Héctor dijo con los labios simulando un perfecto puchero y la lágrimas apoderándose de sus ojitos azules como el mar-. Quiero momir con la mami.
  -Mamá vendrá después a dormir contigo, ahora tú tienes que dormir -me agaché delante de él y le acaricié la mejilla mientras sus lágrimas comenzaban a humedecerlas
  -Pero no solito -susurró mientras con una de sus pequeñas manitas se ponía su chupete y con la otra se abrazaba a mi.
  -Sólo por esta noche -dije sabiendo que aquello sólo suponía que la paciencia del monstruo que habitaba en mi casa se perdiera una vez más.
Héctor asintió y mientras achuchaba al pequeño Eddy contra su pecho, caminaba hacia mi habitación.
Pasaron sólo unos pocos segundos hasta que Héctor cerró sus ojitos y comenzó a susurrar cortas frases en sueños.
Intenté dormir, cerrar los ojos y no oír el llanto de mi madre mientras que el monstruo la castigaba por alguna palabra dicha sin permiso.
Y entonces el sonido de miles de cristales rotos sonaron en mi cabeza, sin poder remediarlo mis pies comenzaron a caminar y a bajar escaleras.
  -¡Déjala! -dije mientras corría hacía aquel montón de mierda-. ¡Déjala! -grité con lágrimas en los ojos mientras mis manos intentaban asestar golpes a ciegas-. ¡No la toques! -Intenté respirar y el olor a Whisky barato inundó mis pulmones-. ¡No vuelvas a tocarla!
No sé cómo pasó, tampoco recuerdo ningún aviso o gesto que me lo indicara. Pero el hecho es que de alguna forma crucé el salón volando y caí sobre cristales. Cristales rotos que cortaban y se incrustaban en mi piel. Aquello dolía.
  -No la toques... -palabras brotaron de mis labios mientras miles de patadas caían sobre mi. No pude gritar, el dolor estrujaba mis pulmones e impedía que las palabras salieran de mi garganta. Pero no las lágrimas, las lágrimas seguían bañando mis mejillas.
Y de verdad que intenté moverme, de verdad que intenté luchar por levantarme para proteger a mi madre que yacía en el suelo. De verdad que quise protegerla, pero no pude, y no por las patadas, porque éstas ya habían acabado. No pude porque el dolor me enmudeció, me cegó y me asfixió hasta que los ojos se cerraron y el dolor se acentuaba.
Dolía.

No recuerdo que fue primero, si el pecho de mi madre inmóvil o los golpes en la puerta. No recuerdo si Héctor bajó los escalones luchando por no caer o continuó durmiendo hasta que aquellos hombres vestidos de uniforme echaron la puerta abajo y entrabraron con la vecina al frente.
No recuerdo en qué momento el dolor fue tan intenso que mis ojos se cerraron y perdí el conocimiento. No recuerdo cuando dejé de sentir el dolor. Sólo recuerdo que al abrir los ojos, mi abuela lloraba en una silla junto a mi cama.
No recuerdo si me explicaron algo en aquel momento.
No recuerdo.
Sólo lo entiendo ahora cuando despierto entre sudor y lágrimas que amenazan con asfixiarme y no dejarme despertar. Sólo lo entiendo ahora cuando Héctor me abraza en las noches y su vocecita intenta hablar mientras las lágrimas me ahogan. Sólo lo entiendo ahora mamá.
Hay historias donde los buenos pierden.

A veces pienso que de no haber cerrado los ojos, tú estarías conmigo. Otras veces no puedo pensar. Sólo te extraño.



Porque final que tiñen de oscuridad sonrisas.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Palabras que desgarran.

¿Soy una asesina? Debo serlo. Debo serlo porque hay gente que me señala con el dedo, hay gente que  me mira con desprecio y grita a los cuatro vientos ¡ASESINA!

Demasiado tiempo ha pasado desde que el cuchillo caía de mi mano al suelo y chocaba contra unas baldosas blancas y frías que se teñían poco a poco de sangre. Muchos años han pasado desde que él, aquella gloriosa torre, caía frente a mí sin apartar los ojos de mi mirada.
¿Soy una asesina? Debo serlo...

Recuerdo perfectamente la noche en la que aquello ocurrió.
Su cena se enfriaba mientras yo hablaba con mi hermana Alejandra en el sofá .
  -¡Hace siglos que no te dejas ver! -me miró con una sonrisa un tanto preocupada-. Parece que te tenga encarcelada...
  -¡No! -me apresuré en decir mientras mis pulsaciones aumentaban y mi cerebro comenzaba a trabajar-. Sa-sabes que no tengo tiempo...
  -Llevas diciendo eso medio año -su sonrisa se desdibujó y yo cerré los ojos mientras pensaba en la última vez que mis amigas me habían cogido del brazo por la calle y habíamos pasado la tarde en alguna calle de Madrid.
Abrí los ojos y miré el reloj que había sobre la chimenea, las once y media. Suspiré y miré a Alejandra con un gesto amable. Hacía meses que no veía a mi hermana a solas, pero aquel no era el mejor momento. No si no se lo había comunicado antes a Damián.
  -Creo que deberías irte -la observé mirarme.
  -Sólo son las once -Alejandra dejó escapar un suspiro y se levantó a duras penas.
  -Tengo mil cosas que hacer -fingí una sonrisa y me levanté al mismo tiempo que ella-. Debería fregar los platos, barrer el salón y recalentar la comida de Damián -la acompañé hasta la puerta.
  -Puedo ayudarte... -ella sugirió mientras yo le abría la puerta.
  -No, a Damián le gusta que las cosas de casa las haga yo -me pegué una bofetada mental mientras ella traspasaba el umbral de la puerta y me daba dos besos con disgusto.
  -Espero poder verte antes de que se acabe el año -me abrazó con ternura y siguió pasillo abajo-, parece que más que mi hermana, seas una desconocida.
Segundos después me metía en la cocina para fregar los platos de una cena que Damián nunca conocería.

Pero eso no ocurrió. La suerte no estaba de mi parte aquella noche y no pasaron demasiados segundos antes de que una llave sonara y la puerta se cerrara tras ella. Mis oídos se acentuaron mientras el maletín era puesto sobre el sofá. Los zapatos se quedaban en el salón y sus pasos llegaban hasta mí.
  -¿Has estado con alguien? -dijo su voz que no pasó del umbral de la cocina.
  -No -evité mirarlo mientras seguía quitando con tenacidad las manchas de los platos.
  -He visto a tu hermana Alejandra -sus pasos se acercaron a mí y sus brazos me encarcelaron mientras dejaba un beso en mi mejilla. Un escalofrío me recorrió la columna.
  -¿Ah-Ah sí? -pregunté con voz trémula mientras su respiración se acunaba en mi nunca.
  -Sabes que puedes contármelo -su voz fue suave como el terciopelo.
  -La echaba de menos... -intenté acurrucarme en mí misma y noté como sus manos iban a mi pelo y tiraban de él con fuerza.
  -No te he dado permiso -su voz fue contundente y yo ahogué un grito en mi garganta.
  -No-no-no sabía que iba a venir... -susurré mientras cerraba los ojos.
  -¿Por eso friegas los platos? -el tirón se acentuó-. ¿Me lo ibas a esconder? ¿Crees que puedes ocultarme algo en mi casa?
  -No quería mentirte -el apretón de pelo se acentuó y Damián me dio la vuelta para empotrarme contra la pared más cercana-. Simplemente no quería dejar los platos sucios... -bajé la mirada y él me obligó a mirarle agarrándome por el mentón.
  -Mírame cuando te hablo -evité el contacto visual y seguí mirando al suelo cuando la primera bofetada cruzó mi mejilla y quemó como el fuego-. ¡QUÉ ME MIRES CUANDO TE HABLO!
Levanté la vista intentando evitar, esconder, las lágrimas que querían brotar.
  -Lo-lo siento -me mordí el labio inferior mientras el fuego se apaciguaba en sus ojos.
  -Voy a ducharme y quiero la cena puesta.
Damián se perdió por el pasillo y metí el plato ya frío en el microondas.

No sé si pasaron horas. Creo que tuvieron que pasarlas porque de no haber pasado tanto tiempo el plato no se habría vuelto a enfriar.
Secaba los platos cuando mi marido apareció ya metido en su pijama y se sentó a cenar.
  -Vente conmigo -me miró con una sonrisa tierna y unos ojos sinceros. Los ojos de quien me había enamorado-. Quiero saber qué tal ha ido tu noche con Alejandra.
Me senté mientras llenaba su vaso con agua y me regañaba duramente por hacer que ese hombre tan bueno se enfadara conmigo.
Soy una mala esposa. Por eso se enfada.
  -Estaba haciendo la cena cuando ella llegó -me senté en la silla de enfrente y lo miré sin cansarme de sus ojos. Él me miraba enamorado. Debía estarlo para preocuparse tanto por mí-. No supe como echarla y cuando me senté a comer ella seguía aquí...
  -Así me gusta -Damián alargó su mano, arropó las mías entre las suyas y me sentí a salvo durante un segundo-. Me gusta que seas cortés con la gente -sonrió-. Pero no debes mentirme Alba, sabes que no me gusta que lo hagas.
  -Per-perdón -agaché la vista mientras apartaba la mano de las suyas y me recogía un pelo rebelde de la cara-. No quería que te enfadaras.
  -Si me enfado sabes que es por que me preocupo por ti -frunció el ceño y revoloteó la lasaña durante cinco minutos. Una lasaña que había estado preparando durante horas. Su plato favorito. Quería darle una sorpresa cuando llegara cansado de trabajar, sin embargo sólo había conseguido que se enfadara.
Tiene razón, la gente sólo consigue separarnos. Yo debo estar siempre con él, aquí en casa cuidando de él, haciendo que esté cómodo, que sea feliz. La gente sólo consigue separarnos. 
Lo observaba mirar la lasaña con cariño cuando se llevó el tenedor a la boca y su rostro cambió de la tranquilidad al desagrado.
  -¡Está frío! -gritó mientras se levantaba y se acercaba hasta mí-. ¿Lo has probado? -Me metió el resto de lo que quedaba en el tenedor en la boca y me cogió por los hombros-. ¿Qué has estado haciendo mientras me duchaba? -su voz iba aumentando-. ¡Eres una puta vaga! ¡Sólo te he pedido que me calentaras el puto plato y ni eso sabes! -esperé con paciencia a que Damián se relajara, pero sus gritos no cesaban y mi corazón cogía carrerilla mientras el miedo me paralizaba. Y entonces el plató se estrelló contra el suelo partiéndose en miles de trocitos que volaron por toda la cocina-. ¡Sólo piensas en  zorrear! ¡En perder el tiempo!
Ignoré su voz en mi cabeza, la bloqueé y me arrodillé en el suelo a recoger los trozos grandes a la espera que sus pies descalzos no se cortaran.
Sólo tenías que calentar el plato, ¡Ni eso haces bien! Él llega cansado y tú sólo tienes que ponerle un plato de comida y ya ni eso sabes hacer... Es tan lógico que se enfade contigo. No te lo mereces, el es tan bueno y tú, tú sólo eres una puta aprovechada.
Recogía los trozos de plato al mismo tiempo que mi mente se castigaba por ser la peor esposa del mundo y de fondo se escuchaba la sintonía de gritos que me recordaban lo poco que valía por hacerlo todo mal.
Aquello era mi culpa y yo lo sabía. Yo le hacía portarse así. Recogí algunos de los trozos más grande cuando un golpe azotó mis costillas y me estrelló contra el pico de la nevera. El golpe dolía, pero no dolía tanto como sus gritos frenéticos recordándome lo mucho que me daba y poco que recibía. El primer golpe no dolió, al menos no tanto, pero entonces llegó el segundo. Una patada descargó su fuerza sobre mi abdomen y la respiración pareció cortarse. El aire no llegaba a los pulmones, las lágrimas no afloraban aunque el dolor empezaba a ser incesante.
Pasaron tres, tal vez cinco minutos en los que los cristales del plato se incrustaban en mi piel y las patadas me venían de todas partes. Cinco minutos en los que sus ojos parecían el mismo infierno y mis pulmones adoloridos luchaban por respirar.
  -¡Eres una puta! -Damián dejó caer la última patada. Una patada  que fue que a dar con mi nariz. Ésta comenzó a sangran violentamente, mientras mis manos se abrazaban a mi barriga-. ¡Mira que te doy oportunidades! Pero tú, tú Alba, no sabes apreciarlas -se pasó la mano por los pelos y se perdió en el salón lo que a mi me pareció una eternidad.

Me quedé allí en el suelo, sentía como mi cuerpo recibía oleadas de dolor que me recorrían de arriba abajo. Notaba como la sangre no paraba de fluir y se formaba a mi alrededor un pequeño charco procedente de la última patada asestada en la nariz. Tuve que cerrar los ojos durante varios segundos para conseguir controlar la respiración, pero aún así, ésta saltaba de intervalos tranquilos a intervalos frenéticos. Abrí los ojos con lágrimas en ellos y observé los miles de cristales que cubrían el suelo.
Al otro lado de la cocina. Procedentes del salón, se escuchaban los pasos de Damián de un lado a otro. Su respiración comenzaba a calmarse y cuando conseguía hacerlo, comenzaba a maldecirme en voz alta.
Estaba decidida a dejarme en manos de la muerte cuando un recuerdo afloró en mi mente.
  -Los hombres se creen que tienen el poder de manipularnos -dijo mi madre mientras hacía la comida-. Pero eso no es verdad -ella dejó escapar una carcajada-. Ya ves Alba, yo he sido madre soltera y nunca he necesitado ningún hombre para nada -se giró y apoyó su cintura contra el mármol-. Nosotras podemos con todo. Somos tan o incluso más fuertes que ellos, pero debemos creérnoslo para poder demostrarlo.
  -Pero mamá, hay cosas que tú no puedes arreglar -le dije yo recordando que la semana pasada había venido un fontanero a arreglar el grifo atascado.
  -Sólo los necesitamos para las cosas secundarias -dijo mientras se acercaba a mí y se arrodillaba frente a mí-. Nunca te enamores Alba y si lo haces no dejes que te pisoteen.

Las lágrimas afloraron en mis ojos y un escozor acudió a ellos. Damián decía que me quería, pero no debía hacerlo si me había dejado allí tirada. Mamá me había dicho en algún momento que cuando dos personas se aman son incapaces de hacerse daño. Que el amor conlleva un respeto en ambas direcciones.

  -¿Todavía estás ahí? -Damián apareció en la cocina con un cigarro en los labios y el rostro un poco más sereno. Más sereno hasta que miró a su alrededor y la furia de un loco volvió a sus ojos-. ¡¿No has limpiado esto todavía?! -Se agachó a mi lado y me cogió por el pelo obligándome a levantar-. ¿Alba tanto te gusta que me enfade? -me tiró sobre la mesa y mis costillas crujieron al entrar en contacto con la esquina de la mesa-. Me estoy cansando Alba -su voz resonaba en mi cabeza una y otra vez. Un eco que no cesaba.
  -Necesito un descanso... -dejé escapar en un susurro lastimero.
  -¿Un descanso? -me miró con mofa-. ¿Y tú haces algo? Dime Alba -cogió mi pelo en una cola enredada alrededor de su mano y tiró de mi cabeza hasta tenerla en su cuello-. ¿Qué haces?
En ese momento comprendí que era él o yo. Que aquello no era amor, que aquello era una relación de sumisión en la que se me castigaba por ser inferior, por ser mujer. No había perdón que valiera. No había un "lo siento" más tarde que me fuera a quitar los moratones. Aquella noche tal vez acababa conmigo.
Pero el chip realmente no se activó hasta su dedo pasó por mi cuello y se adentró en mi sujetador. Su risa se hizo más profunda.
  -Realmente sí que hay algo que se te da bien -me besó la mejilla y el asco se apoderó de mí-. Eres muy buena puta.
  -No me toques -susurré.
  -¿Qué dices? -su voz fue contundente-. Tú no me dices lo que hacer -el volumen aumentó-. ¡Voy a hacer lo que me de la gana porque eres mi mujer! ¡Y ahora quiero que te desnudes! ¡Haz tu trabajo puta!
  -No -mascullé entre dientes mientras intentaba luchar por alejarme de él-. Esto se acaba Damián. Déjame.
  -¿Qué te deje? -Me soltó del pelo y aplastó mi cara contra la mesa-. No lo voy a hacer amor -apagó su cigarro en mi espalda y un grito escapó de mis pulmones mientras subía y rasgaba mi garganta para huir por mis labios. No hubo pausa, sus manos se habían adentrado por debajo de mi falda y echaron las bragas al suelo-. Ahora te voy a follar y tú me vas a poner contento.
  -¡Déjame por favor! -ahogué un intento de controlar mis lágrimas mientras miles de punzadas de dolor se mezclaban con el miedo.
  -No lo voy a hacer -dijo mientras sus pantalones caían y la primera embestida llegaba-. Así me gusta zorra, que quieras hacerme feliz.
Las lágrimas caían mientras sus embestidas llegaban con fuerza. Él se regocijaba mientras de mis labios se escapaban gemidos de dolor.
Prefería estar muerta.

Lo siguiente que recuerdo viene en pequeñas porciones difusas bañadas en oleadas de rabia y miedo.
Damián me miraba como un ganador. Él había ganado aquella noche. Había marcado su territorio.
Me desnudaba cuando me dejó de ir una bofetada.
  -¡Más despacio puta!
Me apoyé contra la mesa para recuperar el equilibrio cuando mi mano se encontró con el frío filo del cuchillo. Lo cogí con mano temblorosa y lo puse aumentando la distancia que nos separaba.
  -¿Qué me vas a hacer? -su rostro parecía confuso y la ira volvió a inundarlo-. Deja eso Alba.
No lo hice. Él se acercó con la idea de que yo bajaría aquel cuchillo que nos separaba. Pensó que me escondería como tantas veces lo había hecho. Pero no lo hice. La ira aumentó y antes de que su mano volviera a cruzar mi mejilla, la punta de metal se clavaba en el pecho de Damián que me miraba con los ojos abiertos y un eterno gesto de confusión.
Su cuerpo cayó al suelo y la sangre pronto tiñó los azulejos blancos de un rojo escarlata. Me dejé caer al suelo junto a él y comencé a llorar cuando entendí que lo que estaba abrazando era el cuerpo inerte de mi marido.
  -¿Damían? -zarandeé su cuerpo mientras besaba sus labios-. ¡Vuelve conmigo! Por favor perdóname...

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando mis ojos se abrieron estaba en una cama de hospital. Mi hermana Alejandra me miraba desde una silla junto a mí.
  -¿Dónde está Damián?
  -Ese hijo de puta ha muerto cielo -las lágrimas afloraron en mis ojos mientras gritaba su nombre.
  -¡No! -intenté levantarme de la cama mientras latigazos de dolor azotaban mi cuerpo-. ¿Dónde está? ¡¿DAMIÁN?! -grité varias veces sin respuesta.

Años han pasado desde entonces. Los primeros meses fueron dolorosos, la cara de Damián me perseguía en sueños y los moratones que coloreaban mi cuerpo me recordaban que aquella noche había sido real. Me sentí una asesina durante meses. Él había hecho tanto por mí...
La culpa se apoderó de mí hasta que mi ginecólogo me confirmó que Daniela venía en camino. Entonces mi mente recordó cada una de las humillaciones que había sufrido. Mi mente recordó aquel aislamiento en el que viví. Aquellos golpes que me recordaban lo inútil que era. Aquellas noches en las que él me trataba como a una puta. Recordé durante semanas una a una las bofetadas, los gritos, los insultos, las lágrimas y los miles de perdones que le proseguían. Lo recordé porque debía ser fuerte. Porque ahora éramos dos y yo debía ser la madre y padre de Daniela. Debía ser fuerte porque ya yo no sólo luchaba por mí, luchaba por ella, por nosotras.

¿Soy una asesina? Todavía hay gente que lo cree. Hay gente que me mira y grita que yo maté a Damián. Hay quien llora a Damián y me odia, pero mi cuerpo relata una historia que pocas personas conocen. Fui presa del miedo, pero acabé con él.



¿Soy una asesina? Sólo de mi propio miedo.







Perdón por desaparecer, he tenido algunos problemas con la administración de Blogger pero ya está todo arreglado.

jueves, 31 de octubre de 2013

Incitando a no dormir


Relámpagos. Truenos que se pierden en alguna parte del mundo. Tormenta que no apacigua. Nubes oscuras que se comen el cielo y luna que no aparece, que se asusta y se esconde entre la oscuridad del bosque que envuelve la casa.

Tal vez esto sea un sueño, tal vez sea la nada. Tal vez nadie sea nada.

Él entró por mi ventana con la sonrisa metálica de un loco y los ojos oscuros de quien no vive. Me escondí entre las sábanas pensando que tal vez él, dueño de esos ojos huecos, no me encontraría. Me equivoqué. Aquello era un juego que yo había perdido des del principio. Un juego con olor a fuego.
Aquella noche mi habitación era oscura. Mis padres dormían dos habitaciones más allá y contra las ventanas rugía un viento que no se cansaba de llorar. La tormenta parecía no tener fin.
No se escuchaba ruido a parte de la tormenta, cuando la ventana se abrió y el viento lo atrajo hasta mí. Lo miré por debajo de la sábana y encontré aquel rostro desfigurado que me miraba con la cara ladeada. Su rostro surrealista me miraba con una sonrisa de cristal. Sus ojos vacíos me observaban como si vieran más allá de mí y con una un susurro chirriante se acercó a mí.
  -¿Quieres jugar? -preguntó mientras una risa macabra salía de sus pulmones.
Negué con la cabeza. 
  -¿Quieres jugar? -su lengua, la cual parecía ser una flecha carraspeó un crujido con el que me arrancó un grito de la garganta-. Vamos pequeña -las palabras se alargaron eternamente y yo intenté huir del castillo que era mi cama mientras las manos ásperas me cogían por los tobillos.
  -¡Suéltame! -grité mientras intentaba huir de aquellas manos de estropajo.
  -Vamos a jugar -un crujido metálico sonó y mi piel se desgarró. Intenté no mirar hacia atrás, pero me mató la curiosidad y cuando lo miré, una cara pálida, sin rostro me observaba mientras reía y clavaba la punta de un cuchillo oxidado en mi pierna-. Quiero jugar pequeña -susurró mientras una risa rasgaba su garganta.
  -¡No quiero! -grité mientras las lágrimas anegaban mis ojos-. ¡Mamá! ¡Papá! -sollocé mientras el cuchillo se adentraba en la piel y me arrancaba uno a uno los sollozos.
  -¡Vamos a jugar! -Volvió a repetir aquel rostro que se había consumido en llamas.
Aquella mano arrugada, robusta y fría encarceló mi tobillo y para cuando quise darme cuenta, su mano me atraía hasta él. Un olor a gasolina mezclado con el hedor de la muerte me invadía. El miedo me paralizó y me quedé quieta. Simulé ser una estatua. 
Él me observó desde lejos y con su mano temblorosa posó una pequeña cerrilla entre mis dedos.
  -Quiero jugar... -su sonrisa desapareció al mismo tiempo que él se volvía invisible en la oscuridad.
El frío se ocupó de llenar la habitación y el revoloteo de mi agitado corazón amenazaba con desplomarse sobre el suelo de la habitación.

...

Me levanté al día siguiente bañada en sudor. El calor había inundado la casa y todo lo pasado la noche anterior parecía un absurda pesadilla. 
  -¿Mamá? -dije mientras bajaba las escaleras y me dirigía hacía la cocina-. ¿Mamá? -volví a preguntar tras no obtener respuesta.
Mis pasos se dirigieron a la cocina y entonces el mundo se volvió oscuro.
  -Buenos días niña -dijo una voz afilada cortante como el cristal.
Delante de mí estaba la misma cara sin rostro. Una sonrisa plateada se dibujaba mientras me miraba.
  -¿Quieres jugar? -mis ojos observaron como la cerilla se encendía y como después todo desparecía.

...

  -¡Buenos días princesa! -dijo mi reflejo mirándome des del otro lado del cristal. Una cara que no parecía la mía me observaba sin rostro. La cara de quien me miraba había desaparecido entre pliegues de piel que olían a gasolina. Una sonrisa de plata me miraba con cierta ironía.
   -¡Vamos a jugar! -dijo mi reflejo mientras mi cuerpo se obligaba a bañarme en gasolina-. ¿Quieres jugar? -al otro lado del espejo seguían observándome-. ¡Yo quiero! -un escalofrío recorrió mi cuerpo-. Vamos a quemar cosas bonitas -una llama se encendió y mi vestido echó a arder entre gritos desesperados.
Los gritos se hicieron eternos mientras el fuego ganaba vida.

...

Una niña quería jugar. 
No sabía que el fuego quemaba. 
Una niña insistió en jugar.
No sabía que el fuego quemaba.
Una niña que no soñaba.
Pero sabía que el fuego quemaba.


Porque el fuego traspasa las noches de tormenta.
¿Vamos a jugar?

lunes, 28 de octubre de 2013

Traspasando los límites del miedo.

Aquella noche pasó lo que pasó. No estoy loca. No aunque intenten hacerme creerme que sí. No estoy loca porque no creo posible que mi mente guarde tanto detalle de tanto horror. No, ellos quieren hacerme creer que lo estoy. Pero lo que pasó aquella noche, lo que ocurrió aquella noche, eso sí fue real.

Aquella noche Andrea, Diego, Daniel y yo -Julia-, habíamos decidido acampar en la casa de Daniel. Una vieja casa de campo, que sólo se usaba en verano y específicamente para ocasiones especiales.  Una casa prácticamente abandonada pero con ese típico aspecto familiar que caracterizan las casas donde se han vivido grandes momentos. Los colores de las paredes eran claros y la luz del día entraba por todas las ventana de la pequeña casa. Pero se hizo de noche. Y entonces sólo quedamos nosotros y la oscuridad. Nosotros y la luz de las lámparas. Nosotros con ganas de no dormir.

  -¿Qué tal si nos dedicamos a contar historias de miedo? -dijo Daniel con cierto retintín al mirarnos a Andrea y a mí.
  -No tenemos diez años -reproché mientras lo miraba-. No nos vamos a asustar como entonces.
  -Razón de más para hacerlo -dijo Diego mientras me abrazaba y dejaba un tierno beso en mi mejilla.
  -Yo no sé si quiero oírlas -susurró Andrea. Andrea la eterna niña de ojos claros y trenzas infinitas. La eterna muñeca a la que todos adorábamos. Esa que siempre está aquí. La que te cede un abrazo cuando no quedan fuerzas. La que te mira y te arregla el mundo. Esa era Andrea.
  -¡Yo te defenderé si los monstruos atacan! -Gritó Daniel mientras saltaba del sofá al suelo y luchaba contra el aire-. Nada te pasará bella dama -le dijo mientras depositaba un beso en la pálida mano de Andrea y ésta dejaba escapar una melódica risa que inundó la casa.

Primero comenzó Andrea, quien no pasó de las tres primeras palabras, porque sólo de imaginarlo el corazón se le ponía a mil. Le siguió Daniel, quién contó la historia de un perro que cada noche le lamía la mano a su dueña, la que era una niña. Casualmente el día que la dejan sola, un loco se escapa del manicomio. Esa noche todo es igual, la niña se va a dormir, el perro le lame los dedos y a la mañana siguiente se encuentra con el perro muerto en el suelo y en el espejo escrito con sangre, una nota absurda: "Los locos también sabemos chupar".
Y luego llegó Diego. Diego que siempre quería ser el mejor, el mejor en todo. El más listo. El que necesitaba hacernos sentir unas hormigas para ser alguien importante. Diego quién erizaba mi piel con sus labios, quién cuidaba de mí y me abrazaba en las noches de tormentas. Ese Diego. 
Aquella noche me abrazaba. Pero dejó de hacerlo cuando su turno llegó. Entonces apagó las luces, encendió varias velas y nos miró a todos tras aclararse la garganta.
  -Mi historia es verídica -susurró con un tono ronco-. Pasó hace ya algún tiempo en Londres. Tal vez la conozcáis... Yo os hablaré de Jack el destripador -el silencio se hizo y mi cuerpo se erizó tras escuchar el sonido de ese nombre. Mil historias se habían contado sobre él. Mil películas se habían hecho y realmente lo tomaba más como un mito que como un misterio, pero aquella noche fue diferente. Diego sólo se centró el asesinato de una joven muchacha llamada Annie Chapman. No fue nada del otro mundo, pero su forma de contarlo nos congeló a todos la sangre. El miedo se palpaba y éste no dejó de existir, cuando Daniel dijo nuestra sentencia.
  -¿Qué tal si jugamos a la Güija? -el miedo continuó congelándonos y aunque Andrea y yo nos negamos rotundamente, Diego y Daniel sacaron un tablero de una mochila y apagaron la mayoría de las velas.
  -No tienes que nada temer -me dijo Diego mientras me abrazaba-. Si no crees no puede pasar nada.
Asentí y Andrea asustada me dio la mano.

  -¿Jack estás ahí? -Daniel formuló la primera pregunta y nada ocurrió. No ocurrió nada hasta pasado los diez primeros segundos en los cuales las velas se apagaron. Luego silencio.
  -¡No hace gracia! -dije yo mientras me levantaba furiosa y encendía la luz. Miré hacia adelante y sólo vi la ausencia de Dani, estábamos todos presentes mirándonos unos a otros, excepto Dani, no había rastro de Daniel-. ¿Dani? -llamé varias veces sin que nadie respondiera.
  -¡Venga seguro que se está riendo de nosotros! -Diego me miró con los ojos fijos y yo lo creí. Era la casa de Daniel y nadie mejor que él conocía aquella casa-. Apaga las luces que entonces no tiene gracia.
  -Enciende las velas antes -dijo Andrea que se acurrucaba contra sí misma. Y así lo hice, encendí las velas y apagué la luz-. ¿Puedo hacer una pregunta? -Andrea puso el dedo sobre el vaso y Diego y yo la observamos sin acabar de creérnoslo-. ¿Estás aquí Jack?
El silencio volvió a hacerse, pero esta vez las velas no se apagaron y cuando miré a Andrea, ésta miraba  o al menos lo había hecho, hacia el frente. Sus ojos estaban teñidos de rojo. En su frente un destornillador marcaba el centro y de su boca bajaba un hilo de sangre que goteaba contra el suelo. 
Un grito de horror salió de mi boca. Diego se apresuró en encender las luces y se acercó a Andrea para averiguar si aquello seguía siendo parte de una broma absurda. Supe que no lo era cuando me cogió de la mano y me dijo "¡Corre!".

Corrimos por los pasillos a oscuras, hasta que tropecé y él me soltó de la mano. El sueño se apoderó de mí. Un sueño acompañado de un frío que congeló mis huesos. El grito ahogado intentando escapar de la garganta de Diego fue lo último que escuché.
Me levanté lo que me pareció una eternidad después. Abrí los ojos con cuidado y todo seguía a oscuras. Mi cabeza parecía estar siendo taladrada cuando me pegué contra la pared en busca de algún interruptor. Lo encontré a los pocos segundos y la luz volvió a la casa. 
Ante mí un charco de sangre inundaba el pasillo y llegaba hasta mis pies. Mis manos sofocaron un grito cuando mis ojos observaron el cuerpo de Diego bañado en su propia muerte. Corrí hacia él y lo giré con el mayo cuidado posible. Las náuseas se apoderaron de mí cuando observé las cuencas vacías de los que habían sido sus preciosos ojos muertos. Una nada había reemplazado al mar que tenía por ojos y la sangre brotaba de ellos cayendo mejilla abajo. Le acaricié el rostro con delicadeza y entonces vi que lo peor no era eso. Su barriga había sido perforada y de él salía un collar de vísceras que se esparcían en el suelo en un mar rojo que teñía la moqueta.

Me levanté a duras a penas, con los ojos anegados en lágrimas y siendo perseguida por un olor nauseabundo que me esperaba en cada esquina de la casa. Corrí por el pasillo hasta la puerta principal y entonces la contestación a la primera pregunta se hizo visible. 
Daniel colgaba de la pared. El palo para mover la leña de la chimenea había atravesado su cráneo y lo incrustaba a la pared. La sangre resbalaba pared a bajo y un charco se formaba bajo a él. Miré hacía todos lados y entonces lo vi. Un escarlata que parecía vivir pintaba las paredes de toda la entrada con una respuesta que yo había sido la última en ver "Sí".
Miré hacia el espejo que había a mi derecha y pude ver esa sonrisa metálica que me ha perseguido hasta entonces. Una sonrisa fugaz que desapareció en cuanto mis ojos se cerraron.

Abrí los ojos días después, éstos dolían y pesaban como el plomo. Cuando miré a mi alrededor, paredes acolchadas me envolvían. Todo era blanco y esterilizado. Creía que seguía en mi propia pesadilla e intenté salir corriendo pero mis brazos no se movían y cuando lo hacían rozaban con lo que parecían ser  grilletes. Me miré en un espejo que había frente a mí, estaba pálida, el pelo caía sobre mi cara, la que solía ser mi cara. Mi cuerpo estaba atado en una camisa de fuerza y la sonrisa. Esa sonrisa que había acabado con todos ellos y me había respondido me miraba des del otro lado del espejo. 
El juego no había acabado.

Sonrisas bañadas en sangre. Sonrisas con respuestas.


jueves, 24 de octubre de 2013

Capítulo ocho.


El alcohol se había apoderado de mi cuerpo. Corría por mis venas y me cedía esa seguridad que nunca nadie me había brindado. La confianza del poder. De poder hacer todo lo que rondaba por mi cabeza. Me sentía alguien diferente, poderosa y aunque sabía que eso sólo era un estado pasajero, preferí arriesgar y arrasar con todo. No más penas durante una noche, no más lágrimas. No más extrañar. Sólo disfrutar. Sólo yo en cualquier bar. Sólo yo en cualquier cama, con cualquier boca que no hablara, que sólo besara. Los lamentos ya vendrán después. Esa noche era mía.

Y así fue. La noche era oscura y la gente no paseaba por las calles. Sólo había un desierto. Desierto de nada, donde el frío azotaba y acariciaba mi piel con garras de acero. En los bares las situaciones eran amenas, casi siempre parecidas. Iluminación tenue, gente en los rincones, barras llenas de vasos vacíos. Botellas que se abrían llenas, botellas que se perdían en un mar de humo que aquella noche no parecía asfixiarme. Era yo de noche. En una noche que no quería acabar bien. Una noche que me cedía la oportunidad de perder el título a la mayor gilipollas del mundo.  
Entré en el primer bar y me acerqué a la barra. En ella un chico moreno de ojos oscuros intentaba deletrear el nombre de algún ron que el camarero no conocía. El tono de la conversación parecía crecer y como niños pequeños se enfrentaban en una pelea de quien puede más. Pude yo. 
Me acerqué segura de mí misma impidiendo que los quince centímetros que llevaba de más aquella noche me dejaran en ridículo. No aquella noche. 
Y no por aquellos palurdos que me miraban como a una diosa, sino por la chica del fondo con ojos negros que me miraba de reojo desde la oscuridad.
  -Lo más fuerte que tenga -intenté coordinar las palabras ya que éstas intentaban brotar desesperadas.
El camarero siguió a mis labios con tanta fidelidad que tuve que repetirle la frase para que éste entrara de nuevo en el mundo y me trajera una copa de whisky. Respiré el olor del vaso medio lleno y mi cuerpo se estremeció. Era aquello lo que buscaba aquella noche. Sentirme yo, ser como una persona. Guiarme por mis instinto, sin tener seguro que siempre sería, que jamás dejaría de existir.

No pasaron dos segundos cuando el chico moreno se levantó de la silla y se escapó al baño con la rubia que me había observado. Entonces entendí que su mirada sólo había sido la de otra fiera que ansiaba una noche con premio. Una cazadora que había obtenido su presa.
Los miré marchar hasta que la puerta se cerró tras ellos. No conté el tiempo, pero para cuando me cansé de mirar ellos seguían dentro y el resto que quedaba en mi vaso bajó por mi garganta abrasando mis cuerdas vocales.
  -¿Cuánto es? -pregunté al camarero que me observaba desde lo lejos.
  -Estas dos las paga la casa -me guiñó un ojo y algo se revolvió en mi interior. Tuve que respirar dos veces, aguantar la respiración y fingir una sonrisa amable para no vomitar el último trago-. Buenas noches.

Salí de aquel antro con expectativas de algo más. Con ganas de perderme entre la multitud que aquella noche no abrasaba las calles. Quería algo que no había conseguido y mis pasos dubitativos me llevaron hasta otro lugar. Un lugar que me parecía familiar, familiar como todo en aquella noche. 
Empujé la puerta y entré intentando controlar mis sentidos que cada vez patinaban sobre capas de hielo más finas.
La poca gente que había estaba en grupos, reían y hablaban de temas convencionales. Sólo un par de borrachos se escondían en la oscuridad y vaciaban botellas y botellas del vino más barato. 
La duda me abarcó, ¿Me veo como ellos? ¿Estoy haciendo lo mismo que ellos? ¿Me estoy rebajando a este nivel? ¡No! Yo no era como ellos yo no quería morir en una de aquellas mesas entre botellas de un licor barato. Yo quería olvidar los problemas y perderme en la cama de una cualquiera que estuviera lo suficientemente ebria para no saber qué querer aquella noche. Yo no era como aquellos borrachos, porque ellos eran las presas de sus miedos y yo era la fiera que acababa con ellos.

Me senté una vez más en la barra. Esta vez, la barra estaba limpia y tras ella había una mujer de unos cuarenta y tantos. Tenía en pelo oscuro y caía desordenado sobre sus hombros desnudos. Sus ojos claros parecían cansados, su cuerpo exhausto, pero la sonrisa permanecía y cuando me acerqué no fue distinto.
  -Buenas noches -dijeron sus labios delgados al mismo tiempo que daba un trago a lo que fuera que llenaba su vaso.
Asentí con la cabeza y miré las botellas que habían a su espalda. Vodka, Cacique, Ron, Whisky, Vinos,  Tequila, y licores de frutas adornaban una estantería bajo otra. Y muy estúpido habría que ser para no reconocer que las botellas estaban pulcramente ordenadas por colores. Que en el suelo no había una sola mancha, que la gente estaba cenando comida y no basura. Que la música que sonaba era agradable y que la sonrisa que había en los labios de aquella mujer. Era la sonrisa de quien ayuda a los demás, de la que escucha mil historias e intenta apartarte la copa cuando ésta cree que ya no era necesario acabarla.
Le sonreí al instante y pensé durante dos segundos. En aquella noche todos los rostros me habían parecido tristes, enfermos, pero realmente sólo había estado buscando lugares donde no desencajar.
  -¿Va a tomar algo? -la camarera me preguntó con dulzura mientras dejaba su vaso vacío sobre la barra. Respiré con profundidad y olí ese sabor dulzón que caracteriza a la Coca-Cola. La cabeza pareció explotarme.
  -Lo más fuerte que tenga -repetí automáticamente.
Ella me miró con sus ojos y sentí que me abrazaba, que me brindaba la mano. La ignoré y esta vez procuré hablar más claro.
  -Lo más fuerte que tenga -me reafirmé y ella obedeció. Al fin y al cabo yo era la clienta, yo mandaba y ella obedecía. 
La observé girarse en un giro gracioso. Un hombre corpulento salió de la cocina y entonces ella lo miró, él la miró y con una sonrisa se acercó a ella y le dejó un casto beso en los labios. Un patético y absurdo beso que odié. Un beso que envidié, que deseé. Ella con más alegría cogió una botella de tequila y sacó dos pequeños vasos del lavavajillas. Los miró a contraluz y con un trapo verde quitó tres pequeñas motas de polvo que bailaban en él. Me miró sonrió y llenó los vasos a la mitad. Uno me lo acercó a mí, otro lo dejó cerca de ella.
  -Gracias -dije sin poder reprimir una sonrisa amable. Cogí el vaso, pero antes de poder llevármelo a los labios, ella cogió mi mano y volvió a dejarlo sobre la barra de mármol blanco.
  -Con el limón el sabor se rebaja mucho, siempre intento convencer a mis clientes de que lo tomen, porque así el sabor no es tan margo. Y no creo que necesiten más amargura en esas noches -la escuché atenta-. Realmente tomarlo con sal y limón no es más que un ritual porque anteriormente el tequila era de muy mala calidad -la camarera sonreía mientras cortaba finas rodajas de limón-. Yo personalmente no puedo tomármelo solo, posiblemente sea eso. Que si yo no puedo tomármelo solo, no me gusta que lo demás sí puedan -me miró y me sonrió mientras me entregaba una rodaja del cítrico amarillo y me esparcía sal en la misma mano-. Puro egoísmo y orgullo -me guiñó un ojo y luego cogió su vaso-. ¿Quieres que brindemos por algo? -negué por la cabeza, lamí la sal, me tragué mi vaso y mordí el limón mientras el tequila arrasaba con mi garganta a medida que bajaba por ella-. Yo sí, por ti -después de eso, ella siguió el ritual y se limpió la boca con la mano libre-. Delicioso.
  -¿Puedo pedir otro? -la observé con un poco de desconfianza-. Como este último.
Ella sonrió y volvió a preparar otro. Se bebió dos más conmigo, luego tuvo que atender algunas mesas y llevar platos de comida que olían deliciosos a mesas nuevas. Sin darme cuenta el bar se había ido llenando de gente que cenaba y familias que venían a disfrutar de un lugar agradable. Yo no encajaba allí, yo no tenía nada y si lo tenía no era conocido.
Miré el reloj que había en la pared sobre las estanterías llenas de botellas. Sólo eran las diez y media y sin embargo hacía horas que había anochecido. Horas que el cielo había perdido toda luz.
Esperé a que la camarera se acercara y dejé un par de billetes sobre la barra.
  -Ha sido un placer -sonreí confusa.
  -El placer ha sido mío -dijo devolviéndome el dinero-. Espero volver a verte por aquí... A ser posible con una sonrisa -me sonrió y yo me marché dejando el dinero sobre el frío mármol.

Caminé dirección a la puerta, no quería desentonar, no ahora, cuando había gente normal con una vida perfecta. No quería hacer el papel ahora cuando había gente disfrutando. Caminaba hacia la puerta, cuando ésta se abrió y ella entró. Una muñeca de porcelana caminaba hacia mí con una sonrisa amplia. Una muñeca que me parecía familiar. Una muñeca con la que me parecía haber jugado.


(El capítulo continuará)

lunes, 21 de octubre de 2013

Una palabra, una historia: Realidad

Duele, la verdad es que duele y mucho. Intento no pensarlo porque si lo pienso hay algo, una brecha, una pequeña herida que se abre y deja que el daño fluya. Permite que las pesadillas se apoderen de mí. Que el miedo me paralice y me impida avanzar.
No avanzo. No puedo, ¿Cómo hacerlo? ¿Se puede avanzar cuando el miedo te paraliza? ¿Cuándo prefieres dormir porque la realidad te asusta? ¿Cómo sigo? ¿Tengo opción? ¿Me quedaré siempre sumergida en este pozo? ¿Siempre seré la presa? ¿Cuál es mi camino? ¿Qué dirección coger?
Miles de preguntas retumban en mi cabeza, suenan como relámpagos y explotan como bombas. La realidad. Eso es lo que ocurre, temo a la realidad. Esta realidad que es de plomo. Esta realidad que parecía perfecta. De cristal.

Y ahora lo pienso, o mejor dicho, lo recuerdo. Recuerdo aquellos labios que me prometían el cielo. Una vida eterna a su lado. Recuerdo esos sentimientos de cristal. Unos sentimientos tan frágiles que se rompieron. Unos sentimientos que nunca existieron. O sí, sólo en mi cabeza.
Y la pienso, ¡Claro que la pienso! Es como si ella se hubiera apoderado de mi cabeza. Su rostro aparece cada pocos segundos con cara de niña y sus labios traicioneros. Unos labios que me dicen que me quieren. Unos labios que escupen veneno entre palabras. Pero unos labios que al hablar me devuelven la vida y apaciguan al dolor que lucha por invadirme.

No, no es cierto. Ella no me quiere. Lo sé, ella no me quiere. Nada es real porque abro los ojos y veo mi reflejo. Esto es el mundo. Esto es la verdad. La realidad. El mundo tal cual. Duele. Duele que ella no esté. Duele que la sangre fluya y yo no la pueda detener.


Y es que en la realidad las flores se deshojan.

sábado, 19 de octubre de 2013

Metamorfoseando hacia la nada.


Ella siempre hacía lo mismo. Justificaba que la rutina le gustaba, porque permanecer siempre en el mismo lugar, a la misma hora no la mareaba. Pero no hacía falta ser muy lista para entender que tras aquellas gafas de sol oscuras se ocultaban unos ojos que ocultaban la infelicidad de una eterna tortura. El miedo a los cambios era tan sólo una excusa.
Pero hacía tiempo que la conocía, tanto tiempo que mi cabeza siempre nos asociaba juntas pero distintas, porque mi Yohenne se había visto obligada a metamorfosear hacia alguien invisible. Hacia la nada.

Si me dirijo a mis primeros recuerdos con ella, encuentro colores que ya no existen, sonrisas que se han perdido. Sonrisa, un gesto que ya no parece tener sentido para ella. También palabras han dejado de existir en su vocabulario, los sentimientos están tachados con carbón y la felicidad es algo que carece de sentido.
Mientras avanzo por ese baúl, sus sonrisas empiezan a menguar, sus ojos acaban por apagarse haciendo que aquella pequeña oruga, se estanque en un gusano que no acaba de crecer.
Aparece la infelicidad, el cielo eternamente gris y las ganas de intentar huir de este mundo donde parece no haber un lugar para ella.

Pero sé que todo es miedo cuando la miro, con su pelo infinito azabache, sus incoloros ojos detrás de unas eternas y viejas gafas de sol mientras intenta fumarse unas preocupaciones que no acaban de incinerarse. Mientras le da caladas a una paz que nunca acaba de llegar, que no existe.
La miro y veo a una persona que conozco de toda la vida, una persona que ha tenido que adaptarse a un mundo que no la ha sabido tratar. Una pequeña mariposa intentando hacerse un hueco entre gusanos rodeados de desechos, de sentimientos podridos.

Hay veces en que la miro durante horas. Veces en las que ella está durmiendo y su pecho baila al ritmo de su respiración. La miro y soy feliz mientras su rostro parece despreocupado y relajado. Pero entonces comienzan las pesadillas, gritos eternos que no cesan hasta que mi voz la trae a, la también, dura realidad.

La última vez que la vi, vestía un jersey negro y pantalones grises. El cielo parecía querer llorar, querer consumirse entre las cenizas muertas de algún viejo cenicero. Ella se fumaba un cigarro, su último cigarro, mientras miraba al horizonte. Parecía ser la misma de siempre. Pero algo cambió en su mirada y supe que se había rendido cuando una sonrisa fugaz apareció en su rostro.
Horas después el cuerpo de mi querida Yohenne aparecía desnudo en una cama que no era la mía, la cama del monstruo que vivía con ella, el monstruo de sus pesadillas la había vencido, o tal vez ella se había dejado ganar. 
Su cuerpo frágil se había roto en manos de su propia pesadilla.

Y quiso crecer, pero se quedó estancada en un mundo de mierda que le impedía avanzar.




Relato (un poco modificado, porque el límite de palabras eran pocas) para un concurso  del que nunca dieron resultados.

jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo siete.


El mundo parecía caótico por no decir desconcertante o absurdo. La noche anterior ahora parecía un sueño difuso que carecía de sentido. Una noche llena de verdades que se camuflaban en una cama desecha entre los brazos desnudos de un demonio con cara de ángel. Una noche llena de caricias que me habían hecho olvidar las verdades, pero una noche llena de verdades que nadie podía negarme.
Mi cabeza había entrado en un huracán donde yo intentaba asimilar la historia, las verdades que los labios de Suhaila habían dejado escapar en la oscuridad.
Mi cabeza intentaba no pensar, intentaba dejar todo en un baúl cerrado con una llave que no tenía. Quería dejarlo a un lado como había hecho con tantas cosas.
No podía, no aquella vez, porque tal vez mi madre podría haber seguido viva si no hubiera sido por ese maldito demonio. Porque en mi vida había podido acostumbrarme a la soledad, a ser lo que era y ahora había un mundo paralelo que desperdigaba en mi mente todo lo conocido.

Me dejé caer en el sofá y el pequeño gato se paseó a mis pies con ganas de mimos. Lo odié durante un segundo, un segundo lo suficientemente largo como para entender que no había nada de mi vida que conociera. Un momento en el que el caos se desató totalmente y me sumergí en la oscuridad más absoluta. Una oscuridad que además caía en picado hasta lo desconocido y se estancaba entre los desechos de una vida que nunca había sido real, ¿O lo había sido? Tal vez Suhaila podría haberme descifrado aquella pregunta. Pero Suhaila no estaba, se había ido una vez más, esta vez dejándome el mundo patas arribas. Esta vez se había ido sin mentiras, pero se había ido, había huido y se había alejado de mi dejándome sola entre aquellas paredes frías donde las verdades retumbaban unas contra otras y me ataladraban los oídos. Entré en coma, o tal vez no, tal vez me dejé caer en un estado mental donde nada existía, donde mi mente recordaba a mi madre sin respiración. Donde mi mente recordaba mis primeros llantos debidos a la falta de comida. Mi mente me estaba obligando a recordar, tal vez para poder saber la verdad de todo lo que me había llevado hasta aquí.
  No te conoces, no sabes nada de tu vida. Tal vez todo ha estado planeado. Tal vez tu eres el plan de alguien, ¿De tu padre? Porque tal vez tu padre no esté muerto. Tal vez estés sola, pero porque te han abandonado. Tal y como Suhaila lo ha hecho. Siempre te abandona. Estás sola y siempre lo estarás...

Me derrumbé, lloré, porque las verdades dolían, porque más que doler estaba enfadada con el puto mundo en el que me había tocado vivir. Estaba dolida, furiosa y deseaba enfrentarme a la mierda que me había venido. Deseaba gritar y acabar con todo. Pero no quería ser débil como siempre. No quería darme por vencida. Porque siempre me había conformado y ahora tenía la oportunidad de que eso cambiara.
No lo hice. Pasé la tarde entre botellas de tequila y vodka. El sabor amargo ardía en mi garganta y ésta comenzaba a quemar tanto que la habitación comenzaba a sofocarme y asfixiarme. No paré, todo parecía menos real si las botellas se gastaban. Todo parecía mejor si las botellas explotaban. Todo mejoraba si mis mejillas ardían y la garganta dolía. destruí la última botella cuando la última gota de tequila bajó abrasando mi garganta y produciendo que mis manos se cerraran al rededor del cuello de la botella.
  Eres una inútil. No sirves. Estás sola. Siempre lo has estado. Ni siquiera le has importado a Suhaila. Todo ha sido una mentira. Vives una mentira y siempre lo vas a hacer. Ya no sirves. Nunca has servido y ésto es lo que te espera.
Las lágrimas amanecieron e intentando olvidar el dolor, me levanté con fuerza. Lo que hizo que mi mundo se tambaleara durante medio segundo antes de recobrar la compostura y que mi mundo se basara sólo en girar a una gran velocidad. Me limpié las lágrimas intentando recordar que era una estúpida. Mi cara quemaba y me odié por ser débil. Con amargura e intentando hacerme daño sequé las lágrimas y miré a lo lejos. El dolor me asfixiaba y luché por no ahogarme en él, logré no hacerlo cuando mi mano libre agarró mis pelos y tiró de ellos llevándose un puñado de viejos pelos que crecían y crecían y que siempre iban a crecer. El cuero cabelludo escocía, pero no demasiado, podía con ello. La mano libre se aferró a la botella y la estrelló contra la pared gris. Los cristales volaron por la habitación y yo deseé que éstos me agujerearan, que acabaran conmigo. No lo hicieron. Seguía viva.

El mundo seguía girando pero mis pies eran firmes y conseguí el tiempo suficiente para vestirme frente al espejo. Mi cara irradiaba rabia y mis lágrimas se anudaban en los ojos en un intento de aflorar. No las dejé. En su lugar, cogí de mi armario los pantalones más ajustados y la camiseta más escotada. Cogí los únicos zapatos de tacón e intenté mantenerme firme sobre ellos y lo conseguí. Los pantalones grises se ajustaban a mis piernas y se estrechaban a medida que bajaba lo que parecía hacerme más alta. La camiseta negra se abría en escote por delante dejando al descubierto mi sujetador rojo de encaje que pedía ser devorado, la espalda quedaba al descubierto y dejé que mi pelo cayera desordenado sobre ella. Cogí el rímel y cepillé las pestañas en un intento de hacerlas infinitas. Perfilé los ojos de negro y me encontré con una pantera sedienta de algo que acallara su interior. Del mármol frío cogí el pintalabios carmín y lo dejé correr sobre mis labios.
El resultado me dio miedo. Era yo, al menos lo parecía. Pero era ese parecido lo que temía. Era yo, alguien que buscaba algo. Alguien que esperaba encontrar una presa entre las calles de aquella ciudad. No estaba dispuesta a volver sola, aquella noche sería yo la dueña. Sería yo la fuerte. Sería yo la mentirosa y no los demás. Esa noche era la mía y en las calles se escondía mi pesa.

Sentí que era presa del miedo. Y antes de dejarme morder decidí arrasar con mi presa.
(Esta noche no me permití ser presa del miedo. Presa de nada)

Nueva iniciativa: Club Literario de "Vidas de Tinta y Papel"

Pues bien hoy vengo con una nueva entrada que la verdad me hace ilusión. He pertenecido con anterioridad a otros clubs literarios, pero siempre se me hacían diferentes y presiento que esta vez va a ser diferente con el club de Vidas de Tinta y Papel, un club que pretende unir a nosotros, estos bloggeros que tanto leemos como escribimos. Porque de alguna forma estamos conectados, al menos eso creo. Ya que en mi caso, sin libros no habría comenzado a escribir y no habría creado este mundo tan especial para mí. 
La iniciativa realmente es original y estoy deseando que empiecen las actividades para darle a este blog (mi pequeño mundo) un poco más de vida a parte de mis historias y mis cosas.

Os dejo el enlace de las bases aquí

domingo, 6 de octubre de 2013

Una palabra, Una historia: Años (La mitad de nada)

Y realmente no sabía lo que estaba ocurriendo. Por entonces no entendí porque el silencio reinaba en la casa y nadie mencionaba su nombre. Era como si Julia hubiera desaparecido de nuestras vidas. Como si ya nadie se acordara de ella. Cómo si sólo fuera un recuerdo con el que jugaba de vez en cuando.
Y pasaron los días, a los que le siguieron las semanas. El tiempo siguió y Julia nunca volvió, jamás se oyó su risa corretear, tampoco se vio su pelo dorado revoloteando. Julia se esfumó y todos lloraban de vez en cuando.


Fue con los años, cuando entendí lo que ocurría. Fue con el tiempo que comprendí que Julia, aquella niña de ojos azules. Aquella parte de mí, mi alma gemela, se había desvanecido entre las sábanas de su cama aquella última noche que me miró con el rostro sudoroso y la voz trémula. Estaba cansada, agotada, pero no dejaba de sonreír. Ella me cogía de la mano y me pedía que no me fuera. Yo no lo hice, no podía dejarla allí e irme a jugar si no era con ella.
Fue aquella noche, el momento en que Julia despareció de mi vida al menos físicamente, porque hubo un lugar de mi mente donde ella jugaba conmigo en las tardes largas y dormía conmigo en las noches oscuras. Julia se quedó conmigo al mirarme en el espejo. Julia se fue pero se quedó conmigo porque era mi alma gemela, era esa mitad de mí que había crecido conjuntamente conmigo en el vientre de mamá.

Ella desapareció pero no lo entendí hasta que pasaron los años, tal vez no quise entenderlo. Tal vez prefería jugar con un fantasma a aceptar que Julia, mi propio reflejo, había desaparecido y ahora era la mitad de nada en un mundo sin sentido. 
Julia se fue, dejó de jugar conmigo, ya no cantaba, sus tirabuzones no caían sobre la espalda y los vestidos dejaron de inundar la casa. Sus zapatos no repiqueteaban y yo me quedé vacía. Vacía sin Julia, porque Julia ya sólo era fantasma, un retazo de mi vida que aparece de vez en cuando, cuando me siento en el sillón y la lloro. Cuando me acuerdo de que ya son años y no meses. Cuando me doy cuenta de que han pasado años desde que ella se quedó fría y pálida con una sonrisa en aquella cama. 

Ella aparece delante del espejo sí, pero no es ella, sólo soy yo que me parezco. Tal vez por eso mamá y papá no me quieren. Porque mirarme a mí es aceptar que ya no somos dos, que sólo soy y que yo nunca he podido ser lo que fue ella. Perfecta.

Todos tenemos ese alma gemela. Algunos nacemos con ella....
Pero yo la perdí hace Años desde que no está. Y ahora sólo soy la mitad de nada.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo seis.


  -Tendrías que haberte quedado conmigo... -susurré mientras su cuerpo desnudo se adhería al mío y su mano exploraba mi cuerpo con caricias sin vergüenza. Tal y como había sido en un pasado-. No tendrías que haberte ido...
  -No tenía más remedio -ella suspiró y se alejó de mi para sentarse con las piernas flexionadas y la barbilla reposando sobre las rodillas. La observé mientras su mente volaba en otra dirección, quizás aquel momento en el que nuestros caminos se separaron. Aquel momento en el que ella yacía en el suelo y me pedía huir. Aquel momento donde segundos más tardes no quedaba más que el aroma de lo que un día había sido mi persona favorita en el mundo. Aquel momento en el que ella desapareció totalmente de mi mundo y se convirtió en un recuerdo al que me dirigía cada vez que no encontraba el rumbo para salir de toda esta mierda que me rodeaba. La observé después de tantos años y la seguí encontrando perfecta, su rostro tenía unas arrugas en la frente que parecían ser eternas. Las eternas arrugas del miedo, de la impotencia, pero si no se miraba nada más seguía siendo mi Suhaila-. Créeme cuando te digo que te estuve buscando, es más tú no te acuerdas -sus ojos miran a mis manos inquietas que se mueren por tocarla una vez más-, pero nos hemos visto tantas veces... Me he encontrado contigo a tan pocos metros, te he seguido en tantas ocasiones...
  -Podrías haber hablado, podrías haberte acercado -suspiré mientras el dolor se acentuaba al pensar que tal vez ella no me había echado tanto de menos como yo a ella. Al fin y al cabo después de esa noche, ella volvería a irse y yo me quedaría tal vez un poco más destrozada por haberla tenido entre mis brazos, por saber que seguía viva en alguna parte del mundo y saber que de alguna forma era inalcanzable para mí. Otra vez volvía a perderla. Otra vez tenía que conformarme con su ausencia, con su existencia en mi mente, con ella a kilómetros de mí-. No voy a poder hacerlo... no estar contigo. Me va a resultar el mismo infierno si vuelvo a perderte.
  -Tal vez no tendría que haber venido -dijo ella al mismo tiempo que se levantaba y comenzaba a vestirse-. He sido una estúpida -susurró para sí misma lo suficientemente fuerte como para que la oyera- ¿En qué estaba pensando? -se giró hacia mí mientras se ponía el jersey marrón de lana y dejaba escapar unas lágrimas que era incapaz de contener-. ¡Te estoy poniendo en peligro! -gritó en medio de un sollozo que llenó la oscuridad de la casa e hizo que el pequeño gato despareciera de mi lado-. ¿Sabes? Debes odiarme -ella escupió las palabras con odio y yo me quedé muda, esperando una respuesta a esa ilógica frase-. Naira ese que intenta matarte... Es mi padre.

Respiré varios segundos sin entender lo que realmente significaba aquella frase. A decir verdad la frase no tuvo sentido hasta que la repetí en mi cabeza y oí 'Es mi padre'. Después de eso mi cabeza se volvió frenética intentando recordar si Suhaila en algún momento había hecho mención de un padre psicópata. No, no había hecho mención. Es más siempre había hablado de que llevaba años sola, de que desde hacía siglos ella vagaba sola por el mundo. Suspiré y un click sonó en mi cabeza. Realmente ella dijo que vagaba sola, no que estuviera sola en el mundo. Una pieza encajó en un puzzle que no entendía. La observé mirarme, ella lloraba, yo incapaz de reaccionar pensaba en todos los momentos en que aquel ser, Dámian, lo había llamado ella momentos antes, había aparecido en mi vida. Siempre con sed de sangre, deseando acabar conmigo. Seguí mis recuerdos hasta el primer momento y sin darme cuenta mi mente viajó a un momento que jamás había sido capaz de recordar, tal vez porque la inmensidad de la mente a veces es incapaz de llegar a esos extremos en los que eres únicamente algo que depende de  otro algo (un bebé).

Estaba tirada en el suelo, hacía frío y yo me acurrucaba contra mi madre. Ella intentaba abrazarme mientras respiraba con dificultad. Aún así luchaba por mantenerse con vida, por darme un poco más de tiempo, para no morir de frío. Olía a hierba húmeda, los animales pululaban alrededor pero sin acercarse. Y entonces aparecía alguien, algo, oscuro. El bosque se calló y mi madre hizo el intento de arroparme, esconderme bajo ella. Pero era imposible no oler a la muerte, porque siempre que ésta se presenta aparece con un olor característico, un olor que años después sería capaz de reconocer en cualquier parte del mundo. Mi pequeña nariz, siendo todavía tan pequeña, comenzaba a funcionar deprisa. A decir verdad, cualquier persona habría creído que tenía varios meses de vida, pues en nuestra especie se nace totalmente alerta, todos los sentidos trabajan y el crecimiento va por hora, tal vez sea eso lo que mata a nuestras madres. 
Una vez me explicaron que las de mi especie (únicamente existimos mujeres) crecen por horas hasta tener la apariencia de una niña de dos años, sólo por instinto. Nuestras madres mueren tan repentinamente en el parto, que con el tiempo  -según dicen es evolución, yo digo que es magia-, nuestras especie se obliga a crecer hasta una edad en la que es capaz de comenzar a valerse por sí misma. Mis veinticuatro primeras horas de vida, suponen los dos primeros años de vida de cualquier humano. Con la diferencia de que en nuestro caso estamos solas des del momento cero.
Pues bien, la respiración de mi madre se volvió bruta, grave, hasta que llegó un momento en el que el latir de su corazón se volvió pesado y minutos más tardes este calló para siempre, mientras yo, intentaba pegarme al calor que poco a poco desaparecía de mi ya muerta madre. Lo siguiente que acude a mi mente es la cara de una niña. Un rostro angelical me observa con cierta diversión, en mi mente lo confundo con un ángel.
  -¡Mátala! -pronuncia una voz abrupta que interrumpe el canto que aquella niña me dedica. Sus ojos turquesas me observan fascinada. Miro a Suhaila y encuentro los mismos ojos. El mundo se para y mi mente sigue trabajando.
  -Padre es tan pequeña... -ella sonríe con la sonrisa más dulce del mundo y gira la cabeza en busca de ese olor a putrefacción que arruga mi nariz-. ¿No podemos quedárnosla? -ella pronuncia con inocencia mientras vuelve a mirarme. El silencio se hace presente durante un segundo, mis pequeños pero atentos ojos se quedan con cada pequeña fracción de aquella cara. La nariz respingona, los labios con forma de fresa, el suave toque rosa que inunda sus mejillas. Su olor exquisito. Para nada como el del supuesto padre.
  -Te he dicho que la mates.
  -No puedo -vuelve a girar la cabeza en busca de alguien-, es tan pequeña y huele tan bien... -dice con toda la inocencia del mundo.
Segundos más tarde el olor a muerte me invade, la sonrisa de la niña desaparece y segundos más tarde estoy envuelta en una manta cerca de un árbol. Unos labios que me besan tiernamente la mejilla. Y después nada.

Levanto mi cabeza y la observo. Ella está sentada, es obvio que se ha introducido en mi cabeza a pesar de saber que odio que ande merodeando por mis lugares privados.
  -No me gusta que lo hagas -la escruto con la mirada con recelo.
  -No hablabas -ella me observa con cansancio, saliendo de mi mente.
  -Recordaba la primera vez que te vi -dije como si fuera algo tan obvio como lógico para mí.
  -Eras tan pequeña... -una sonrisa se dibujó en su rostro y durante un segundo sentí que podría perdornarla. Me obligué a no hacerlo-. Tan bonita. Me enamoré en ese instante ¿sabes? Yo quería tenerte conmigo siempre, pero no pude -suspiró y agachó la cabeza-. Le hice prometer a mi padre que jamás te haría daño. Pero Naira yo no soy como tú, no del todo -me observó con los labios entre abiertos-. Pero tú no eres capaz de olerte... Hay algo en ti -sus ojos se cerraron mientras respiraba profundamente-, Hay algo en ti que no existe en ninguna más de tu especie... Tú sangre es diferente.
  -¿Qué soy? ¿Qué eres? -mi voz perdió fuerza al carraspear esas palabras.
  -Soy mitad demonio mitad ninfa -escondió su rostro entre su larga melena-. Mi madre murió en el parto como la tuya... -la miré con odio y ella retrocedió en sus palabras-, como la mayoría. Mi padre ya sabes quien es...
  -¿Qué soy? -volví a preguntar esperando a que me aclarara todo lo que ahora alborotaba mi mente y me hacía más rara de lo que ya era.
  -Mi padre opina que eres hija de una ninfa, pero no creemos que seas humana, tú olor no existe en este planeta. No hay un olor parecido al tuyo. Los humanos son demasiado vulgares para haberte dado ese olor... Creo que tienes algo de ángel.
Exploté en una risa y segundos más tarde lloraba como una niña que acaba de perder a su madre, como una niña a la que habían arrebatado todo. Como una niña que se perdía en un mundo sin sentido al que realmente temía. 
Suhaila se acercó a mí y me abrazó,al principio fui reacia, pero al oler su olor y recordar como realmente me había salvado aquella vez, entendí que ella me quería. Me había querido, me había buscado y me seguía buscando a escondidas.
  -No estás sola... -sus labios dejaron un tierno beso en mis mejillas y mis labios salados fueron al encuentro de sus labios. Me besó. La besé. Eramos las mismas, tal vez no. Pero seguíamos siendo nosotras.
  -Quiero seguir oyendo -me sequé las lágrimas con cierto odio y ella se separó de mí.
  -No sé nada más -se hundió de brazos-. Mi padre se obsesionó contigo, con tu olor y se dedicó años a estudiarte. Todavía cree que no has sacado todo lo que tienes dentro -masculló con cierto odio y suspiró-. Ahora simplemente se está guiando por su instinto. Creo que tiene una teoría pero no quiere compartirla conmigo -apretó los puños-. A veces me gustaría verlo muerto -sus labios se aprietan en una tensa línea y yo le acaricio la mano con suavidad, esperando a que vuelva a hablar-. Me separé de él, cuándo me dijo que había pensado rastrearte y matarte. Me fui sin decir nada y me dediqué a buscarte -una sonrisa fugaz apareció en su rostro-. Te encontré en aquel lago desnuda y supe que te había encontrado, que te había estado amando desde aquel momento. Tú tenías veintitrés años, yo treinta y cinco, luego sabes lo que viene...
  -¿Por qué tanto empeño en mí? ¿Por qué te fuiste? -la observé exasperada y cansada.
  -Te juro que no lo sé, no quiere compartirlo, supongo que sabe que en cualquier caso podría matarlo si llega a tocarte -cerró los ojos-. Sé como controlarlo. Me quiere, no desea que vuelva a irme de su lado y eso lo que te mantiene con vida Naira.
  -Entonces no quiero vivir -las palabras salieron como una verdad irrefutable. Si no podía tenerla, no quería estar en ese mundo.
  -Dame tiempo.
  -¿Más? -me tiré sobre la cama y ella se sentó sobre mí para poder mirarme.
  -¿Tienes prisa? -una sonrisa traviesa atravesó su cara y en sus ojos se encendió una pequeña llama de algo prohibido. 
  -La tengo ahora -farfullé mientras me levantaba y le quitaba la poca ropa que tenía-. Porque te quiero ahora.

En aquel instante mi mente se olvidó de todo lo hablado, su cuerpo parecía ahora un motivo más importante. Mis labios me urgían besarla, mis manos iban al encuentro de su piel desnuda aferradas al deseo de redescubrir aquellos lugares ocultos que ya había profanado en un pasado. Las respiraciones se volvieron superficiales y caóticas a la misma vez que se compenetraban. Mi cuerpo la ansiaba a la misma vez que ella me buscaba. Me dejé encontrar en una cama deshecha, me dejé encontrar sin ropa, ardiente. Deseando que sus labios rozaran cada parte de mi cuerpo que una vez más volvía a ser suyo. Encontré un lugar en el cielo cuando sus manos comenzaron a investigar esos lugares oscuros que se humedecían por segundos con sus caricias. Me instalé en el cielo, cuando mis labios habían recorrido todo su cuerpo y se hicieron con su sabor. Aquel sabor salado que me daba entre gemidos que se intensificaban con cada segundo hasta que su cuerpo se contoneó desesperado y se entregó entera a mí. 

Cerré los ojos y me dejé caer en el cansancio mientras sus manos seguían acariciando mi cuerpo y este recibía oleadas de placer que me impedían dormir.
Sin embargo en algún momento de la noche mis ojos se cansaron, mi cuerpo siguió estremeciéndose pero yo me quedé dormida en los brazos de Suhaila mientras ella cantaba alguna canción. Aquella noche ella, se convirtió en la protagonista de mis sueños y sus caricias se prologaron durante toda la noche adentrándose en mis sueños. No había más que ella.
Desperté a la mañana siguiente, la cama estaba vacía, sólo estaba yo y el pequeño gato que dormía ajeno a todo lo ocurrido en la noche. La cocina olía a café.
Me vestí con una camiseta larga y fui al encuentro de aquella mujer que me había traído con ella el caos, que me había devuelto la vida. No estaba. En su lugar, el café caliente me esperaba, una taza ya utilizada estaba sobre la encimera. Pegada a la cafetera había una nota.
'Prometo volver. No me olvides'.
Me sentí frustada un segundo. Al segundo vertí el humeante café en la taza donde Suhaila había posado sus labios, busqué su olor y bebí de allí donde sus labios habían dejado una señal. Me imaginé besándola, pero segundos más tardes todo lo dicho la noche anterior se apoderó de la mente y el caos dejó de hacerme feliz.