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jueves, 8 de septiembre de 2016

En el silencio de quienes saben componer amor.

Se miraron con mucha magia e incluso me atrevería a decir que en sus miradas se escondía el principio de un universo que estaba por inventarse. Fueron tantas las ganas escondidas en miradas furtivas, que podría apostarme la vida en que en aquel primer instante ya había amor y que si no se desató fue porque todo era más complicado que conocerse y enamorarse. Estoy segura de que si no fuera porque ya existía una vida antes de conocerse, el amor hubiera arrasado con cada poro de sus pieles y ellas se habrían dejado amar instante a instante.
 -Si te digo que no puedo dejar de pensar en lo mucho que te quiero creerías que estoy loca... -Naira descubrió sus ojos al apartarse el flequillo con un movimiento rápido de dedos. Lainna la observó hacerlo y no pudo evitar mirar aquellos dedos estrechos y cortos que parecían ágiles e inquietos.
 -No sería tan raro como decirte que siento que eres mía y yo soy tuya -desvió su mirada en un intento de no ser intensa puesto que en las pocas horas que llevaban conociéndose podía enumerar mil y una cosas que le resultaban incómodas a su nueva compañera y otras tantas que parecían encantarle-. Siento que es un momento decisivo en el que si no apuesto por ti perdería la oportunidad de entender el mundo tal y como me lo estás mostrando en este momento, tal y como lo entiendes tú.
 -No es raro -suspiró Naira y una sonrisa tímida intentó esconderse tras las imágenes de una noche que a pesar de parecer surrealista seguía sugiriendo que el principio de un nuevo mundo y de un nuevo tiempo estaba por crearse-. Quizás sea el mundo el que es raro y el que intenta obligarnos a seguir unas pautas y unos tiempo… hoy he decidido ignorar todo los supuestos porque encontrarte ha sido casualidad y si existen casualidades tan bonitas como tú quiero arriesgarme a vivir casualidad tras casualidad.
 -¿Soy una bonita casualidad? -Lainna escondió su rostro en un movimiento de cuello que apartó esos ojos acaramelados del campo visual de Naira. Esta se puso tensa, ¡vaya tontería arrestar las vistas más bonitas del mundo y esconderlas de ella! Suspiró frustrada, tal vez demasiado fuerte.
Naira cogió la mano de Lainna, una mano que creaba infinitos caminos en su pantorrilla.
 -Quien entiende de cosas bonitas no justifica su elección -obligó a que sus miradas se encontraran y murió en el arrebato de liberar el labio inferior que Lainna había apresado entre sus labios. No lo hizo. Se arrepintió.
 -¿Desde cuándo me has elegido? -su voz fue la melodía más bonita que los oídos de Naira habían escuchado hasta entonces y fue en ese momento cuando comprendió que la había elegido porque todo en ella era bonito, porque sólo estando junto a ella podría componer la canción más perfecta del mundo. En ese instante supo que de no besarle en ese preciso momento, se arrepentiría de no haberse arriesgado y  haber perdido los primeros acordes de aquella partitura que empezaba a escribirse. Y fue el miedo a no conocer el último acorde de aquello que estaba ocurriendo lo acabó por impulsar sus ganas.
Naira alargó una mano, acarició el rostro de Lainna y un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo y se quedó dormido en el hueco de su garganta. Las ganas feroces de devorarla se hicieron dueña de su cuerpo y la delicadeza del primer gesto perdió la batalla contra la intensa necesidad de besarle hasta el límite de la locura. Entonces sus gestos que en un principio fueron tímidos se transformaron para así raptar el cuerpo del Lainna y dejarlo a tan sólo unos centímetros de sí misma.
  -Desde que por fin te he visto bien –acercaron sus  rostros y  respiraron el aliento de la otra dando paso  a un beso torpe que no acababa de formase. Bastaron dos segundos para que los labios de las dos se sincronizaran y Lainna, la compositora de voz, se atrevió a acariciar la lengua de la otra provocando que el gemido que estaba por empezar en la boca de Naira acabara en la boca de la otra hasta que ambos cuerpo se deshicieron dando paso al fuego intenso de quererse y estar seguras del momento.

En aquella noche que empezaba a dar paso al despertar de la mañana, hubo un momento, un instante fugaz en  la que se creó la contradicción de la seguridad de todo un mundo y el desconocimiento del mismo. Ambas se miraron y en una sonrisa absurda se prometieron descubrir lo oculto y reinventar lo inventado creando así su propio universo y su propia melodía.

Y son pocas las personas que oyendo la primera nota de una melodía
comprenden que esa es la definitiva.

martes, 13 de enero de 2015

Palabras mudas

Y te espero y te siento, pero tu no llegas. Y paciente, sin prisas, entre pausas y suspiros te espero y tú decides hacerte rogar. Y yo me siento en el abismo de mi ser acompañada por el compás de este viejo corazón que me acompaña entre pasos de hielo, entre cordones rotos y sueños sin cumplir. 
Y late, comienza una carrera porque a él al igual que a mí, le da miedo oír su propia soledad. 
Y tú no llegas y no te enteras, que sólo una mirada tuya recorre hasta mis huesos, que me conformo con un suspiro que significa tu vida y mi vida si me miras. Y no lo entiendes, que tu presencia, tu presencia me llena de mi vida y tus latidos me devuelven la vida si me la arrebatas en una guerra de miradas que siempre gano yo, porque tú nunca me miras como quiero me mires.
Y pienso, y me pregunto ¿Por qué seré transparente? ¿Por qué la vida me hace invisible a ti? ¿Por qué? si soy de carne y hueso y bajo todo este pellejo pálido aparentemente sin vida late un corazón que grita tu nombre y siente tus besos, imaginarios, sombríos, siempre con una triste despedida que agoniza entre destellos de día.

Y es que no te das cuenta, y no me escuchas o lo haces y no prestas atención pero yo te grito en silencio y te reclamo entre sonrisas. Te quiero por las noches y me enamoras por el día. Te siento sin sentirte y mi cama está vacía. Y mis besos te extrañan sin haberte besado y mis manos te acarician sin haberte tocado y yo tiemblo, tiemblo cuando entre gemidos a media noche, me despiertas de la vida y entre sueños que saben a miel me miras con tus ojos de cielo y tu boca de fuego. Y entonces me besas y mi corazón grita y yo bailo entre mariposas que me taladran y me hacen volar. Y luego me miras, me miras y  me sonríes, y yo sonrío por no morir frente a ti de las ganas que me muerden por dentro de tocarte y hacerte mío.
 -Te amo -tu voz habla por mí y yo me estremezco. Me hago valiente y aunque mis ganas son mudas mis manos me traducen y con suavidad dejo que recorran tu cara y se acomoden en el limbo de tus dedos.

Y abro los ojos y te miro a lo lejos, con el círculo de gallinas que te persigue vayas donde vayas y quiero gritar pero no puedo, y quiero demostrarte que yo sí te quiero, que ellas te codician pero que yo te dejaría libre entre mis ganas. Te dejaría libre entre mis sábanas y mi pelo, entre mis caderas y entre mis besos. Te amaría sin límites y te entregaría mi alma, te escribiría los te quiero que se colapsan en mi garganta. 
Y apareces frente a mí, como cada mañana, con la sonrisa de canalla y el pelo despeinado y tu sonrisa me gana, pero tu mirada, tu mirada me enamora. Y entonces sin dejar de mirarme apartas a las gallinas y como cada día de cada semana de cada mes de cada año desde que apareciste en mi vida levantas la mano y te la llevas a la frente y la agitas en el aire y al movimiento le sigue una frase, siempre la misma "Hola bonita" y yo me río o al menos lo intento. Y sonríes. Y siento que muero "¿Todavía no has aprendido a hablar?" el silencio acapara el pasillo y con una sonrisa abierta intento reír y casi lo consigo, porque me haces posible los imposibles y aunque tal vez nunca te lo he dicho y no porque no quiera sino porque este tonto cuerpo mío no puede "Te quiero".


Y mis signos y mis manos que son mi voz, son tuyas
y te escriben esos Te quiero que no nacen de mis labios.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Una palabra, Una historia: Chocolate

Recuerdo las tardes de invierno con manteles de nubes grises y el sol brillando por su ausencia. Recuerdo el olor a chocolate y esos besos desnudos que me miraban desde la puerta. Recuerdo el aroma a jazmín y esos lirios marchitos que amenazaban con dejarse morir.
Lo recuerdo sí, y cómo no recordar si el chocolate era nuestro invitado especial acompañado siempre por el frío de enero y las mantas de terciopelo.
Recuerdo el olor a felicidad y el chocolate. Ese dulce aroma que siempre que me invade recorre mis recuerdos y se instala en mis pensamientos y yo, yo simplemente te hecho de menos.
Añoro esos besos de hielo, esas ganas de fuego y el hecho de comernos con la mirada mientras el cielo fingía ser un espectador de nuestros besos de hielo.
Sí lo recuerdo, y cómo no recordar ese aroma a vida, esa vida que desprendías entre besos y abrazos. Entre tus ganas que me comían y mis ganas que te bebían.

Y te recuerdo, te recuerdo y duele casi tanto como el chocolate en invierno. Duele y la lengua escuece y no hay quien la sane, ni besos de hielo que me acaricien. Y nada sana el hecho de que no estés y todavía te recuerde. No hay nada que no duela si pienso en ti. No hay nada porque ahora en enero el chocolate quema demasiado y las nubes ya no son mis manteles y la manta de terciopelo parece que enfría, tanto como tus besos en invierno.
Pero no estás y nada te devuelve y a mí el chocolate me recuerda a esas tardes de invierno en la que tus brazos eran mi cama y el chocolate nos daba la vida.


Y en tu ausencia procuraré que el chocolate no se vuelva amargo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Entre las ganas y el carmín.

Dos cuerpos se reconstruyen formando uno cuando el deseo aparece y gana la batalla.
Recuerdo el día en que apareció. Apareció con un vestido de flores y unos zapatos negros, pelo desordenado y el pintalabios reclamando ser borrado. Sí, recuerdo aquel manto de estrellas que recorría la noche y podría explicarte detalladamente la tinta que recorría su cuerpo y se condensaba en esos lunares que se grabaron a fuego lento en mi cabeza.

Ella y yo.
Yo y ella.
Nosotras y la noche. 
Las estrellas.
Y el incesante ajetreo de nuestras respiraciones mordiendo el placer.

Recuerdo su nombre, al menos ese que se inventó para mí. Recuerdo sus ojos, aquellas dos gotas de agua sí eran reales, tan reales como esos labios disfrazados de carmín. Y qué decir que ese cuerpo esculpido, cubierto de un puñado de harapos simulando ser un vestido. Sus piernas, sus piernas sí eran caminos por los que perderse y sus manos, sus manos eran el transporte a aquella dimensión de oscuros deseos y prohibidos placeres.

La noche que la conocí el día no era perfecto, era un día normal que pasó a ser un día singular. 
  -¿Puedo invitarte a una copa? -le pregunté con el miedo al rechazo y las ganas de huir de allí, con ella o sin ella. Quién sabía lo que pasaría por mi cabeza...
  -¿Pretendes sacarme de aquí o serás cobarde y lo dejarás en la primera rodaja? -sus ojos me miraron y entre el enredo de sus pestañas mis fuerzas ganaron la batalla contra el miedo.
  -Comencemos por el segundo y después te diré si ganan mis ganas por besarte o el impulso de salir corriendo.
Sonrió. Sonrió y me conquistó y siento ser drástica o burra o ambas cosas pero las bragas me resbalaron piernas abajo. Respiré, inhalé el aroma de la noche y me enredé en su juego.

La noche se hizo larga, y de forma inesperada en un cuarto piso las luces yacían apagadas. Dos corazones latían con ganas, se desbocaban y el tiempo perdía sentido en una noche de locura.
El tequila recorría mi cuerpo y sus manos cogieron las mías, o las raptaron. No lo recuerdo. Sólo recuerdo a una diosa ancestral con aún demasiado pintalabios y entonces mis ganas fueron soberbias y decidieron no quedar de cobardes. Mis manos, que no eran mías, que eran suyas, recorrieron su cara con sumo cuidado y bajaron lentamente por el mundo que era su cuerpo. Una vez en la cintura descansaron y mi cara cogió el relieve. Primero acortando la distancia, después haciéndola nula y finalmente unos labios se unieron y el carmín, el carmín simplemente traspasó de labios.
Dos corazones que recorren a oscuras los pasillos. Dos corazones que se desprenden de un peso que es la ropa. Dos corazones que piden vida. Dos corazones, solitarios o no, que piden vida.
Y esa vida que nace entre sábanas frías. Esa vida que comienza entre besos tímidos y caricias torpes. Caricias que se vuelven oscuras y se adentran en la oscuridad más remota de dos cuerpos. Besos que se desraman. Caricias sin sentido y la frenética sensación de que falta tiempo y sobra vida.
Yo que me hago valiente y mis besos que se vuelven osados, exploro su placer con mi lengua y la vida que se abre paso entre gemidos que la devoran a ella, entre gemidos que me devoran. 
Su cuerpo que tiembla al ritmo de su voz acompasada, cálida, casi suplicante de más y mi cuerpo que ya es un simple soldado de sus órdenes. Y entonces el más húmedo de sus placeres se contrae en un último suspiro, en un último beso. Y los papeles cambian y  yo me vuelvo sumisa y ella mi meretriz. Yo que me transformo en puras ganas y ella en puro placer, placer que recorre mi espalda despacio, que pellizca mi sed y la sacia con esos dedos. Dedos que como mínimo deben ser de pianista. Y me toca. Y rujo con las ganas de gemir una sinfonía, con las ganas de sentirla dentro. Y la siento y me derrito, me derrito sin prisas y entonces ella que me saborea y deja escapar un gruñido. Un gruñido de vida y de ganas, porque la vida son ganas.
Y la noche pasa entre estrellas y gemidos. Entre caricias y estrellas. Entre mordiscos y sábanas. Entre la humedad que nos arropa envuelta en placer.

Y yo me pierdo, sabiendo que su historia ha sido creada para mí, que mañana ya no existirá una tal Yohenne. Y yo que saldré a buscarla entre vasos de tequila, sal y limón y unos labios disfrazados de carmín. Unos labios que ¡Dios cómo follan! y sobretodo ¡Cómo besan!

No culpes al placer de devolverte la vida...



jueves, 27 de noviembre de 2014

Entre sueños de papel.

El día que la conocí el cielo parecía contento y como si de una película se tratara los pájaros cantaban, las nubes bailaban y la lluvia, la lluvia nos concedía un momento eterno.
  -Me enamoré en cuanto te vi...
  -Seguro que se lo dices a todas -una sonrisa se dibujó en sus labios al mismo tiempo que su olor conseguía asfixiarme.
  -Sólo a las importantes -le guiñé el ojo mientras me enamoraba de cada centímetro de su piel-. Eres especial. Eres jodidamente normal pero a la misma vez eres ese puto caos que me envuelve en la locura.
  -Y se supone que tengo yo la culpa de tus sinsentidos -dijo mientras reía y se tumbaba en el césped-. Eres tú quien ha querido intentarlo, yo ya te he dicho que no puedo enamorarme, que las piedras no aman.
  -Una piedra no puede tener esos labios -me encontré devorándola con la mirada y ella me enredó en el aleteo de sus pestañas-Yo... yo no sé lo que has hecho conmigo -me puse de pie y con la duda en el cielo miré las nubes blancas, ese trocito de algodón que baila de vez en cuando.
  -Eres muy dramática Naira, sólo estamos hablando -ella suspiró y sus ojos azules, grandes, eternos, me miraron a mí, sólo a mí.
  -Y realmente no sé qué hacemos hablando -el sudor comenzó su carrera y mis nervios como buenos compañeros de viaje decidieron acudir en mi ayuda-, si podrías estar besándome.
Yohenne se rió y la melodía acaparó mis oídos, mis sentidos y mis recuerdos. Ella que no existía hasta minutos antes, ella que no era nadie, acaparaba mi vida y eso me daba miedo. Tanto miedo como las ganas de besarla. Tanto miedo como sentir que la quería sin llegar a imaginarla.
  -¿Besarte? -su lengua recorrió el mapa de sus labios y mis ganas crecieron en ese segundo-. ¿Quieres que te bese? -se levantó y creí que lo haría. Quería que lo hiciera. Deseaba un momento compartido con esos labios mágicos, con esas fresas prohibidas-. Podría hacerlo ¿sabes? -su cara se acercó a la mía y el mundo comenzó a vibrar lleno de vida, lleno de ella, lleno de mis ganas, de sus sabores, de sus olores. Lleno de un todo.
  -Hazlo -la miré sin parpadear por miedo a perderme un gesto.

Y su rostro se acercó, se acercó tanto que temí su belleza. La tuve a tan pocos centímetros que creí fundirme en ella... Y esos labios... qué decir de esos labios que me atrapaban sin tocarme...
  -Podría hacerlo justamente ahora -sus labios rozaron los míos y en un intento de atrapar los míos el mundo perdió sentido o tal vez ganó demasiado y yo me quedé en poco. Sus labios sobre los míos, sin distancia que nos alejara-. Puedo hacerlo... -una sonrisa se abrió en abanico y su rostro se alejó del mío.

El mundo se detuvo y mis ganas de detenerla superaron el deseo de permanecer quieta ante semejante diosa. Alargué mi fuerza y cogí su brazo. Giró su cara y acortó mi tortura, durante un segundo, luego se prologó.
  -Lo haré cuando dejes de pedírmelo en sueños -su sonrisa se desvaneció y el latido de mi corazón o tal vez el despertador, no lo recuerdo bien, me invadió.

La cama estaba fría, las sábanas empapadas, mis ganas en aumento y a un día de distancia esos besos que noche tras noches prologaban mi desvelo.

Eres ese sinsentido que acuna mis ganas de amar...

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Lluvia de vida

Llovía, llovía como aquel día en la estación. Aquel primer día de muchas primeras veces que siguieron a un "¿Eres tú?" "Soy yo"
Llovía y la tarde siguió en su sitio y nuestros cuerpos tocaron el cielo, ese cielo demasiado simple entre tus besos.
Llovía como la primera vez que te vi, como el primer amanecer de mi vida, como esas ganas tuyas de volar. Llovía y no paró, no paró, pero tampoco importó, porque recuerdo bien que tu eras mi paraguas y yo aquel toque de color que falta en los días de lluvia.

Sí, amor mío, cuando nos conocimos llovía y ahora sólo oigo la lluvia que repiquetea en la ventana. Y llueve, sigue lloviendo, como si hubieras abierto un grifo inagotable de lluvia, de vida. Porque la lluvia es vida y tú eres lluvia. Y me das vida.
Y me das vida al mirarme porque tus ojos me recuerdan a la lluvia. Y me das aire de tus alas, de esas alas imaginarias en las que me envuelves y me haces volar. Sí, vida mía llueve. Llueve y mil te amos caen esta tarde en la que llueve de todo, de todo menos dolor.

Llueve en tus ojos y mil te amo se derraman. Y ya sólo te siento a ti, en esta tarde de lluvia.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Entre flores marchitas.

Ocurre que cierras los ojos y entonces todo se pierde. Ocurre que cierras los ojos y entonces te desvaneces...
Pero también ocurre que al abrirlos la luz es blanca y los sueños se rompen con el doble filo de la realidad. Yohenne era así, una cuchilla oxidada, un juguete viejo, un trapo antiguo del que cuesta desprenderse. Era todo, pero también era nada. Era un mundo, era mi mundo, y mi mundo se desvanecía entre sueños rotos.
El día que Yohenne se fue, el silencio ganó importancia y el ruido pasó a ser sordo.
Recuerdo bien que el cielo se tiñó y los colores murieron en el fondo de una boca oscura, en el fondo del miedo. 

De ese día también recuerdo su sonrisa, una sonrisa rota pintada de color carmín. Lo recuerdo, y cómo no recordarlo si el mundo se detuvo en aquella sonrisa olvidada. En aquella sonrisa rota, en aquellos sueños perdidos que quedaron a medio camino.
Aquel día... aquel día todo se detuvo.
  -Creo que se ha acabado -dijo ella con esa voz de terciopelo que acariciaba espectros.
  -¿Crees que se ha acabado? -pregunté indecisa.
  -La vida... -sus ojos me miraron y el tiempo se detuvo en un segundo infinito.
En aquel momento las palabras adquirieron sentido, pero el sentido se perdió entre sus pestañas infinitas, entre sus besos ausentes, entre la felicidad marchita. En aquel momento Yohenne desapareció, el mundo se quedó vacío aunque su cuerpo seguía conmigo. Delante. Cerca. Casi acariciándome. 
Temí, temí su valentía, temí su coraje, las ganas de desaparecer. La temí a ella porque no era la misma, porque estaba hermosa, pero la muerte también es hermosa y no precede nada bueno. Así era Yohenne, dulce, buena, bondadosa y con el infierno escondido entre su mirada. Dulce pero temible, así era ella y así lo dejó firmado en el tiempo. 
Recuerdo su última sonrisa, ella me miraba a mi, pero no era a mí a quien observaba y eso dolió porque aunque su adiós era una despedida, también era un reencuentro y no conmigo.
Ella se fue entre niebla y al sonreír desapareció el tiempo. Mi mundo se paralizó en un instante, en un gesto, en un intento de seguir que fracasó en su muerte.
Su muerte ganó a la vida y Yohenne perdió la batalla. A su lado, entre las sábanas teñidas de miedo, la muerte se abría paso y ganaba la batalla.


"La muerte es más fácil" -fue su despedida.